.

Pandillas en El Salvador: continuidad de violencia en la posguerra

Gangues em El Salvador: continuidade da violência no pós-guerra

Gangs in El Salvador: Continuity of Violence in Post-war

 

 

 

Juana Marisol Garzón Rivera

Instituto Mora

marisol_garzonrivera@hotmail.com

 

 

 

Resumen: En este artículo se analiza el fenómeno de las pandillas o maras en El Salvador a la luz de los legados y las secuelas de la guerra civil (1980-1992), y de la incidencia de los mismos en la continuidad de la violencia en la posguerra, periodo en el que el cese de la violencia política coincidió con un fuerte desbordamiento de violencia social. En el escenario de continuidad y reconfiguración de violencia que fue la posguerra, las pandillas juveniles emergieron como uno de los actores más emblemáticos; nuevo y visible rostro de una nueva vorágine de terror y muerte, aquéllas son también espejo y reflejo de una sociedad desgarrada y violentada por la guerra, y de un legado de violencia y terror del pasado que se reconfigura y manifiesta en el presente.

 

Palabras clave: Pandillas, violencia, terror, guerra, posguerra.

 

 

Resumo: Neste artigo é analisado o fenômeno das gangues ou maras em El Salvador à luz dos legados e as sequelas da guerra civil (1980-1992), e da incidência dos mesmos na continuidade da violência no pós-guerra, período no que a cessação da violência política coincidiu com um forte estouro de violência social. No cenário de continuidade e reconfiguração de violência que foi o pós-guerra, as gangues de jovens emergiram como um dos atores mais emblemáticos; cara nova e visível de um novo vórtice de terror e morte, aquelas são também espelho e reflexo de uma sociedade rasgada e violentada pela guerra, e de um legado de violência e terror do passado que se reconfigura e se manifesta no presente.

 

Palavras-chave: Gangues, violência, terror, guerra, pós-guerra.

 

 

Abstract: In this article, the phenomenon of gangs or maras in El Salvador in the light of the legacies and the aftermaths of the civil war (1980-1992), along with their incidence in the continuity of violence in the post-waris analyzed; period in which the cessation of political violence coincided with a strong social violence overflow. In the scenario of continuity and reconfiguration of violence that was postwar, the youth gangs emerged as one of the most emblematic actors; becoming the new and visible face of a new maelstrom of terror and death. They are also mirror and reflection of a society torn and violent by war, and of a legacy of violence and terror of the past that is reconfigured and manifested in the present.

 

Key words: Gangs, violence, terror, war, post-war.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Citar este artículo:

 

Garzón Rivera, Juana Marisol. 2016. “Pandillas en El Salvador: continuidad de violencia en la posguerra”. Revista nuestrAmérica 4 (8) julio-diciembre: 102-18

 

 

 

 

1. La violencia en El Salvador

 

Desde el siglo XX, la historia de El Salvador ha estado marcada por la violencia; en distintos contextos históricos y sociales ésta ha tenido diferentes rostros, pero sus manifestaciones han sido siempre agudas. Fundamentalmente, dos momentos de estallido de violencia configuran la historia reciente de El Salvador: el primero, la guerra civil, cruento periodo de violencia política, marcado por la atrocidad, el terror y la muerte, que azotó al país en los años ochenta y que dejó tras de sí decenas de miles de muertos, una sociedad profundamente desgarrada y violentada, e innumerables secuelas y legados de horror;[1] el segundo, la posguerra, periodo de fuerte desbordamiento de violencia social que, con nuevos actores y expresiones, desde los años noventa ha sumergido al país en un nuevo torrente muerte y miedo, y lo ha convertido en uno de los lugares más peligrosos y violentos del mundo.[2]

 

La violencia política de la guerra, y la violencia social de la posguerra, constituyen dos escenarios de violencia con sus propias especificidades, pero entre ambos se configura un continuum, un proceso de continuidad y reconfiguración de violencia, en el que el cese de la violencia política, con sus secuelas y legados, dio paso a un estallido de violencia social, en el que las huellas y resabios de la violencia de la guerra persistieron e incidieron en las formas de violencia que emergieron en el escenario posbélico; en el que los legados del pasado trastocan y se manifiestan en el presente.

 

A grandes rasgos, la violencia política vivida durante la guerra en El Salvador constituyó un escenario de institucionalización de la violencia y el terror, marcado por la irrupción de manifestaciones de violencia exacerbadas, atroces e inéditas, así como por el uso sistemático de la misma en el marco de la represión estatal. Asesinatos, masacres de población civil, desplazamientos forzados, secuestros y encarcelamientos clandestinos, brutales torturas, desapariciones forzadas, así como formas sumamente atroces de perpetrar la muerte y un exhibicionismo macabro del horror, expresado en la exhibición pública, en las calles o en “botaderos de cadáveres”, de cuerpos mutilados, decapitados y lacerados y otras escenas macabras, fueron los rostros de la violencia en este contexto (Comisión de la Verdad 1993).

 

Por otra parte, la guerra civil supuso la presencia de numerosos actores armados: por un lado, combatientes de la guerrilla; y por otro, las fuerzas del Estado, es decir, el ejército y los cuerpos de seguridad, así como fuerzas paraestatales como los grupos paramilitares o defensas civiles, y fuerzas clandestinas como los escuadrones de la muerte, las cuales fueron los principales perpetradores de la violencia, la represión y el terror en aquel contexto (Comisión de la Verdad 1993).

 

La experiencia de la guerra, y la convivencia permanente y cotidiana con la violencia, el terror y la muerte, así como con las formas más atroces de perpetrarlos, fueron generando procesos normalización de la violencia, así como de trivialización del horror, que supone una adaptación a sus peores manifestaciones; y finalmente una configuración e introyección de una cultura del terror, que legitima la violencia del Estado contra el otro, así como una cristalización y  exacerbación de la cultura de violencia, que se refiere a aquellas actitudes y normas que legitiman su uso en otras esferas de la vida social(ECA 1997; Figueroa 2001, 24-5; Figueroa 2000, 76-7; Torres Rivas 2001); de igual forma, fueron desgarrando el tejido social, fueron deteriorando, desquiciando y deshumanizando las relaciones sociales, y distorsionando las sensibilidades sociales; entre muchos otros aspectos que desgarraron y violentaron a la sociedad(Martín-Baró1988; Samayoa 1987; Bourgois 2005).

 

Finalmente, cuando la guerra llegó a su fin tras doce años, el cese del conflicto armado y el fin de la violencia política, no significaron el cese de la violencia; y la posguerra fue un escenario de continuidad y desbordamiento de violencia social, una violencia con nuevos rostros y nuevas manifestaciones, resultantes de realidades sociales nuevas, pero que tuvo la presencia de las huellas del pasado reciente.

 

El telón de fondo de este escenario de continuidad de violencia que fue la posguerra fue, entonces, el legado de la guerra. Aunque ciertamente la violencia social es un fenómeno que emerge por diversas causas, y surge no sólo en sociedades posbélicas y postautoritarias, la guerra y la violencia política dejan tras de sí un legado de violencia y terror que configuran sociedades en cuyo seno perviven las consecuencias de la violencia vivida y los resabios del pasado reciente, y dichos legados y secuelas inciden en las  nuevas formas de violencia que cobran impulso tras dichos contextos (Koonings y Kruijt 2001, 22-3). De este modo, tanto el estallido y desbordamiento de esta nueva ola de violencia en El Salvador de la posguerra, como la configuración de muchas de sus expresiones, se posibilitaron por los legados y las secuelas de la guerra que persistieron tras ella.

 

Entre dichas secuelas y legados que dejó tras de sí la guerra civil, y que incidieron en la continuidad de la violencia en la posguerra, figuran, por una parte, los procesos de normalización e introyección de la violencia, de deterioro del tejido social y de desquiciamiento de las relaciones sociales antes señalados, que dejaron una sociedad desgarrada y violenta. Por otra parte, la presencia de distintos resabios del conflicto armado, entre ellos, la presencia de viejos actores armados, especializados en el uso de la fuerza, que no fueron reinsertados a la vida civil y continuaron haciendo uso de la violencia, pero ya no con las motivaciones de carácter político del pasado, sino fundamentalmente de orden criminal; la presencia de una gran cantidad de armas de fuego remanentes de la guerra que terminaron en manos, tanto de los viejos actores de la violencia, como de civiles; la profunda debilidad del Estado y los vacíos de control dejados; el deficiente desmantelamiento de la maquinaria de terror y represión construida en el pasado; la presencia de distintos agravios engendrados por la vivencia de la guerra que no fueron resueltos tras su finalización, creando nuevas irrupciones y espirales de violencia, como el desencadenamiento de venganzas y ajustes de cuentas; y finalmente, los escenarios de devastación dejados por la guerra que deterioraron las ya precarias condiciones sociales y de existencia, y nutrieron otras formas de violencia (Cruz 2003 a).

 

La posguerra fue, entonces, escenario de continuidad y reconfiguración de violencia; concretamente, de estallido y desbordamiento de violencia social. Al tiempo que se desdibujaba la violencia política, emergieron otras formas de violencia, más tuvieron remanentes del pasado. En este desbordamiento de violencia social de la posguerra se distinguen dos fuerte oleadas: la primera de ellas se dio justo en los primeros años de finalizada la guerra, a mediados de los años noventa, que se caracterizó, fundamentalmente, por un dramático ascenso de los asesinatos, cuyas magnitudes fueron incluso mayores que las de los últimos años de la guerra, y donde además de haber más muertos que en el pasado reciente, continuaron viejas formas y prácticas de violencia, y también emergieron nuevas formas de violencia que convivieron con las remanentes del pasado; la perpetración de masacres, la emergencia de bandas armadas integradas por viejos actores armados desmovilizados; la continuidad de escuadrones de la muerte en tareas de limpieza social, y la emergencia de nuevos actores de violencia, constituyen algunas de ellas. La segunda oleada de violencia en la posguerra se dio a principios del siglo XXI, en la que ocurrió una nueva escalada de los asesinatos, en la que la presencia de nuevos actores de violencia se hizo más contundente e inquietante, y cuya presencia legitimó una regresión autoritaria y una reavivación represiva por parte del Estado que desenterró formas de violencia del pasado, es en este contexto cuando El Salvador se perfiló como uno de los lugares más violentos del mundo.

 

En este contexto de continuidad y reconfiguración de la violencia en la posguerra emergió un nuevo actor social que se perfilaría como el rostro más visible, inquietante y brutal de la violencia social de este escenario: las pandillas o maras. Las pandillas de la posguerra constituyeron, entonces, un nuevo sujeto, un nuevo fenómeno social con características inéditas y particulares, un actor nuevo actor violento que, eventualmente, se convertiría en el rostro paradigmático de un nuevo terror, de una nueva guerra, y de una nueva vorágine de violencia.

 

Si bien el fenómeno de las pandillas o maras en El Salvador es complejo, y posibilitado por distintos factores; el telón de fondo su surgimiento, exacerbación y masificación en la posguerra, así como de la configuración de muchas de sus especificidades, lo configuran los legados y las secuelas de la guerra, así como su emergencia en el seno de una sociedad desgarrada y violentada por la guerra.

 

 

2. La guerra: vivencia de la violencia y legados del horror

 

Desde finales de los años setenta del siglo pasado, en El Salvador se vivió un fuerte ascenso de la violencia política que culminó con el estallido de la guerra civil en enero de 1981 y que hundiría al país en una vorágine de violencia y terror durante doce años. En este contexto la violencia tuvo manifestaciones exacerbadas, inéditas y atroces: asesinatos, masacres, desapariciones, configuraron el escenario de terror. En un escenario de guerra civil, caracterizado por la barbarie y por una violencia indiscriminada de la que la población civil no combatiente fue una de sus principales víctimas, los niños fueron víctimas y testigos del horror, y crecieron en un entorno marcado por la violencia. El fenómeno pandilleril que emergería en los primeros años de la posguerra, estaría integrado por estos niños.

 

En la guerra, los principales perpetradores de la violencia fueron las fuerzas del Estado, tanto el ejército, que con la guerra aumentó su número y se profesionalizó en violencia contrainsurgente (como fue el caso de los Batallones de Infantería de Reacción Inmediata, creados en el contexto de la guerra) como también las fuerzas de seguridad, es decir, la Guardia Nacional, la Policía Nacional y la Policía de Hacienda, que eran cuerpos policiales militarizados que figuraron más como instrumentos de represión y control social, que como instancias de seguridad y combate al crimen; conviene señalar que el escenario de guerra sofisticó y violentó el accionar coercitivo del Estado. De igual forma, hubo la presencia de cuerpos paramilitares, como ORDEN (Organización Democrática Nacionalista) y las defensas civiles, que configuraron un gran contingente de civiles armados que participaron en la represión y sembraron el terror. Finalmente, existieron escuadrones de la muerte que, con diferentes denominaciones como “Escuadrón de la Muerte” o la “Mano Blanca”, constituyeron un importante instrumento de aniquilación y terror, perpetrando la muerte con enorme sadismo.

 

Cuando finalizó la guerra, aunque los Acuerdos de Paz estipulaban la desaparición tanto de las unidades militares creadas en el marco del conflicto armado, así como la desarticulación y proscripción de cuerpos paramilitares y escuadrones de la muerte, las políticas de desmilitarización y de desmovilización tuvieron muchas deficiencias. Muchos de estos viejos actores armados no fueron desmovilizados ni reinsertados a la vida civil, y en el contexto de posguerra continuaron haciendo uso de la violencia, formando bandas armadas y criminales, algunos de ellos ingresaron a pandillas. Asimismo, quedó circulando una enorme cantidad de armas de fuego remanentes de la guerra, tanto en manos de excombatientes como de civiles, incidiendo en la presencia de actores armados, entre ellos las pandillas, Por otra parte, en los primeros años de la posguerra se constató la persistencia de escuadrones de la muerte, que continuaron aniquilando físicamente tanto a viejos como a nuevos enemigos; en este sentido, en medio del desborde de violencia y crimen de la posguerra, las pandillas se perfilaron como un nuevo enemigo al que era preciso aniquilar, y para ello surgieron escuadrones de la muerte para hacer tareas de limpieza social, como fue el caso de la “Nueva Mano Blanca” y, particularmente de “Sombra Negra”, escuadrón de la muerte surgido en 1995 para aniquilar a miembros de pandillas (Grupo Conjunto 1994).

 

Por otra parte, la participación de los cuerpos de seguridad en tareas de represión y control social generó vacíos de control en esferas ajenas a lo político; ello explica que en la posguerra, otras violencias que habían estado invisibilizadas por la guerra emergieran con toda su fuerza. Cuando finalizó la guerra, una de las estipulaciones de los Acuerdos de Paz fue la desmilitarización de la seguridad pública, la disolución de los antiguos cuerpos de seguridad y la constitución de una nueva policía de carácter civil; sin embargo, este proceso tuvo muchas deficiencias, entre ellas, el nacimiento de la Policía Nacional Civil, cuerpo policial poco preparado para el combate al crimen, que tuvo un lento despliegue territorial que creó vacíos que fueron llenados por otros actores violentos, y que mantuvo entre sus filas a miembros desmovilizados de los viejos cuerpos de seguridad, manteniendo un importante bagaje de violencia en su accionar.

 

La dinámica de la guerra generó la incorporación de numerosos niños en las filas de ejército a través del reclutamiento forzado; se estima que durante la guerra el ejército reclutó de manera forzada cada año entre 12,000 y 20,000 jóvenes y niños (Portillo 2000, 404). En este sentido, conviene también señalar que dentro de las filas de la guerrilla, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), hubo también numerosos niños, quienes se unieron a la lucha armada, muchas veces porque sufrieron directamente la represión del ejército, y la vivencia de la guerra los hizo testigos de la violencia y el horror, así como de la muerte de sus familiares y seres queridos, y a veces lo perdieron todo (Martín Baró 2003, 295-7).

 

Respecto a la participación de los niños en la guerra, conviene señalar que sería un aspecto que incidiría significativamente en el fenómeno pandilleril de la posguerra, pues muchos jóvenes excombatientes, tanto de la guerrilla como del ejército, educados para la guerra, se integrarían a las pandillas, como una estrategia de sobrevivencia,[3] ya que no fueron insertados eficazmente a la vida civil, no hubo políticas de desmovilización para ellos y no encontraron opciones viables de sobrevivencia, como tampoco nichos de pertenencia; asimismo, el bagaje de violencia adquirido durante la guerra, y la normalización de la violencia, incidiría en la violentación de la acción pandilleril de la posguerra. Así, la experiencia de la guerra y la violencia impactaron significativamente a los niños que fueron actores, testigos y víctimas del horror, y esto a su vez tuvo un impacto significativo en la emergencia y configuración del fenómeno pandilleril de la posguerra; los jóvenes que integraron pandillas en los noventa vivieron el horror de la guerra y esa vivencia reconfiguraría el rostro de las pandillas y su expresión de violencia, mas, como señalara José Miguel Cruz, aunque los pandilleros de la actualidad no vivieron la guerra “sí son receptores de un legado apologético hacia la violencia” (Cruz 2005, 1166).

 

La vivencia de los niños de la guerra, su inmersión en un contexto de violencia exacerbada, así como la participación de muchos de ellos en la lucha armada y la vivencia directa de la violencia y el horror de la guerra, traería consigo importantes efectos traumáticos, así como profundos estragos y secuelas. En este sentido, conviene señalar que muchos de los jóvenes que se integraron a pandillas en los primeros años de la posguerra, vivieron directamente el horror de la guerra, como dan cuenta los siguientes testimonios:

 

Yo vivía en Chalatenango, nos tuvimos que venir por la guerra, de mi familia murieron cuatro. Una vez calló una bomba en mi casa, ahí murieron mi tío y mi tía. Yo me acuerdo de los cuetes de la guerra (Smutt y Miranda  1998, 157).

 

Me quedé sin padre por la onda de la guerra, él era militar, lo llegaron a sacar de la casa todo eso lo tengo bien grabado en mi memoria […]. Nos dejó malas huellas la guerra, porque me dejó sin padres. A mi abuelo lo llegaron a matar a la casa también, mi mamá cuando vio eso se asustó se enfermó y se murió, al año mataron a mi papá […]. Mi abuela es toda mi familia (Smutt y Miranda 1998, 157).

 

[…] llegaron [los del ejército] y barrieron todo […] venían matando todos los de allí […] dando corte parejo, todas las casa corte parejo. […] entonces corrimos. […] nosotros nos logramos ir, a mi hermano lo agarraron allá por donde mi cuñado, por la casa de él. Los mataron a él y a mi cuñado. […] yo, nosotros, toda la gente del valle nos internamos en el monte, todos tuvimos que correr pa’l monte, a los quince días que salimos. ¡Uy! la casa de nosotros toda balaceada, la puerta toda abierta balaceada, la ropa de nosotros llena de sangre, no habían ningún animal, todo estaba desierto, ni el perro ni el gato, desierto, desierto. Y la matanza que había por todos lados, entonces nosotros tuvimos que salir así como andábamos (Zúñiga 2010, 69-70).

 

La guerra y la vivencia de la violencia y el terror fueron, entonces, una experiencia traumática para la sociedad salvadoreña, principalmente en aquellos que fueron víctimas directas de la violencia. En este escenario, los niños fueron socializados en un entorno de violencia exacerbada, y de descomposición de las relaciones sociales. Por otra parte, numerosos niños perdieron a sus familias, vieron morir a sus padres, abuelos, hermanos y otros seres queridos; la desarticulación familiar engendrada por la guerra, fue un factor que posibilitó la emergencia y masificación del fenómeno pandilleril.

 

Muchos otros niños tuvieron de desplazarse de manera forzada para huir de la violencia de la guerra; al respecto, conviene señalar que el desplazamiento forzado tanto interno como externo, fue un factor que incidió de manera significativa en el fenómeno pandilleril de la posguerra. En lo que respecta al desplazamiento interno, la llegada de un enorme contingente de desplazados a lugares menos azotados por la violencia bélica como San Salvador, entre otras cosas, incrementó la existencia de poblaciones de tugurios y barrios marginales en las zonas urbanas, caldo de cultivo para la emergencia del fenómeno pandilleril. Respecto al desplazamiento externo, un enorme contingente de salvadoreños huyó hacia otros países, mas muchos de ellos llegaron a la ciudad de Los Ángeles, en donde muchos niños y jóvenes salvadoreños se unieron a las pandillas ahí existentes, como la Eighteen Street Gang o Barrio 18, o formaron otras nuevas, como la Mara Salvatrucha. La creación de ambas agrupaciones pandilleriles, y su arribo al escenario salvadoreño por las políticas de deportación de principios de los noventa, fue un aspecto determinante en la reconfiguración del fenómeno pandilleril de la posguerra en El Salvador, ambas se convirtieron en las agrupaciones hegemónicas de la escena pandilleril, y le dieron un nuevo rostro a la misma. Sin embargo, cabe señalar que este aspecto no significa que el de las maras sea un fenómeno importado, venido de fuera (en El Salvador ya existían pandillas como la Mara Mao Mao, la Mara Chancleta, la Mara Gallo, o la Mara Morazán), sino que lo transformaron, incidieron en la configuración de una nueva forma de ser pandilla, en la polarización y violentación de la dinámica pandilleril; finalmente, la fusión de elementos de fuera, con las realidades del contexto salvadoreño, tierra fértil para la propagación y expansión, le dio al fenómeno pandilleril salvadoreño una nueva expresión con rasgos específicos(Cruz y Portillo 1998, 49-55; Smutt y Miranda 1998, 32).

 

Finalmente, un contexto social marcado por los legados de la violencia de la guerra, de normalización de violencia, de trivialización del terror, de descomposición social y ruptura del tejido social, daría lugar a la emergencia de un fenómeno pandilleril inédito, violento, en cuyo interior se reproducirían los legados de la violencia del pasado reciente, y se manifestaría las secuelas de la vivencia de un prolongado periodo de violencia política.

 

 

3. La posguerra: continuidad y reconfiguración de la violencia

 

La posguerra, como se ha señalado, fue un escenario de continuidad y reconfiguración de violencia; el desdibujamiento de la violencia política, coincidió con un fuerte desbordamiento de violencia social. Los legados y secuelas de la guerra incidieron significativamente en este continuum de violencia.

 

En este escenario, las pandillas o maras emergieron como el rostro más visible, inquietante y brutal de esta nueva oleada de violencia. Aquellas secuelas y legados de violencia y terror que dejó la guerra incidieron en el fenómeno pandilleril, tanto en su emergencia, como en su configuración. Las pandillas en El Salvador de la posguerra arrastraron el bagaje de violencia del pasado reciente, que se reprodujo y agudizó la violencia del presente; se formaron con actores que vivieron el horror, que fueron socializados en un contexto de violencia y que arrastraron su legado; surgieron en el seno de una sociedad desgarrada y violentada por la guerra, de un tejido social desgarrado, y de relaciones sociales desquiciadas deshumanizadas y violentadas. De este modo, las pandillas fueron una estrategia de sobrevivencia, un espacio alternativo d socialización, un nicho de pertenencia y solidaridad en medio de un entorno adverso y hostil. Cabe señalar que ya no era posible una violencia revolucionaria, en aras de un cambio social, como en el pasado reciente, y a la juventud de la posguerra le quedaron otras formas de violencia, con otras lógicas.

 

El escenario de desbordamiento de violencia social de la posguerra, trajo consigo la emergencia de nuevos enemigos sociales, y las pandillas se perfilaron como el enemigo social más paradigmático, el rostro más visible de la violencia y el miedo, se configuraron como una nueva “otredad negativa”. Sin embargo, en la vorágine de violencia de los primeros años de la posguerra, la acción de las pandillas ocupó en realidad un papel ínfimo. No obstante, la estigmatización y criminalización de las pandillas, dio lugar a una fuerte coerción estatal, y posibilitó y legitimó la implementación de políticas sumamente represivas en su contra: la Mano Dura en 2003, y la Súper Mano Dura al año siguiente. Conviene señalar que esta coerción estatal no sólo engendró más violencia, sino que significó una regresión autoritaria y una reavivación represiva por parte del Estado en contra de la juventud marginal, la cual se materializó tanto en la implementación de estas políticas de seguridad de carácter eminentemente represivo, como en la ampliación de las facultades represivas de la policía y la remilitarización de la seguridad pública.

 

Con el tiempo, y también como una consecuencia de las políticas represivas que agudizaron la problemática y engendraron más violencia, el fenómeno pandilleril de El Salvador se fue reconfigurando y violentando, de ser agrupaciones que en los noventa constituían nichos de solidaridad e incluso protección en sus barrios de pertenencia, a principios del siglo XXI adquirieron un perfil más criminal, y su participación en la dinámica de violencia fue más contundente (Santacruz y Concha 2001). Actualmente se estima que hay alrededor de 60, 000 pandilleros en El Salvador, 10,000 de los cuales están presos. Además han logrado tener una fuerte expansión en todo el país.

 

En los últimos años, pandillas han adquirido expresiones de violencia más exacerbadas e inéditas, y sus acciones violentas recuerdan el horror vivido en el pasado reciente. No sólo constituyen un rostro de violencia y miedo, el más emblemático del actual contexto, cuya existencia para muchos salvadoreños significa una nueva guerra, peor incluso que la vivida en el pasado, que ha dejado miles de muertos, asesinados de formas brutales, y que además ha reproducido prácticas de violencia que se vivieron en el pasado, entre ellas, el reclutamiento forzado, la persecución, el asesinato perpetrado de formas atroces, la tortura, la desaparición forzada, los cementerios clandestinos, entre otras prácticas de violencia que reviven el terror del pasado y perpetúan la violencia y el horror.

 

 

4. Maras y pandillas: el nuevo rostro de violencia

 

Las pandillas y maras se configuraron, entonces, como el nuevo rostro de la violencia en la posguerra, como el rostro más visible y brutal de la violencia hasta hoy. Si bien las maras fueron estrategias de sobrevivencia en un entorno sumamente descompuesto, adverso y hostil, y constituyeron instancias alternativas de socialización, integración, pertenencia y solidaridad que emergieron en un contexto de profunda desintegración, y que llenaron diversos vacíos tanto materiales como simbólicos, la vida pandilleril trajo consigo elevados costos sociales. En términos generales, la pertenencia a las maras se convierte en un aspecto totalizante e irreversible que introduce a sus miembros en un mundo sumamente hostil; por otra parte, la vida pandilleril sumerge a los jóvenes en una cruenta vorágine de violencia ubicua y exacerbada, y en una aguda espiral de odio y muerte; al mismo tiempo, las maras se han convertido en objeto de una fuerte estigmatización, rechazo y aversión por parte de la sociedad, y la pertenencia a la maras se traduce en el reforzamiento y agudización de las condiciones de discriminación, marginación y exclusión social; y finalmente, las maras han sido víctimas de una fuerte represión.

 

La pertenencia a las pandillas confiere a sus miembros de identidad, pertenencia, y solidaridad y afecto. Por otra parte, se convierte para sus miembros en un aspecto totalizante de sus vidas. Esto porque ser mara constituye la principal identidad social, formar parte de una mara se traduce en la aceptación de toda una serie de rígidas normas y valores, así como en fuertes lazos de pertenencia, unión, lealtad y solidaridad, los cuales, no sólo debilitan los vínculos con el resto de la sociedad, sino que muchas veces atentan contra la propia vida.

 

Por otra parte, el ingreso a la pandilla es un proceso irreversible. No es posible renunciar a la pandilla; no se puede dejar de ser pandillero, quien sale de la pandilla no renuncia a ella, sino que “se calma”,  es decir, abandona las acciones violentas, pero no deja de ser pandillero; resulta muy difícil salir de la mara, no sólo porque no está permitido a menos que sea a través de la inserción a alguna iglesia evangélica, por ejemplo, y porque muchas veces el abandono de la pandilla se castiga con la muerte, sino porque el pandillero carga consigo no sólo el estigma de ser pandillero, sino también toda una serie de enemistades, cuentas pendientes y odios acumulados con pandilleros rivales, de modo que al salir de la pandilla su vida se torna sumamente vulnerable, no sólo porque no está exento de peligros y amenazas, sino además porque ya no cuenta con la solidaridad y protección que confiere la pandilla. Finalmente, la mara se convierte para buena parte de sus miembros en una importante instancia de pertenencia e identidad, en una familia, por la cual se está dispuesto a morir. En este sentido, Ricardo Falla concibe a las maras como una “cárcel cultural” señalando lo siguiente:

 

 [L]a mara o pandilla es una cárcel cultural de muchos barrotes de la cual es sumamente difícil salir, no sólo porque el joven puede ser visto como traidor y ser asesinado al dejar la mara, sino porque allí es donde encuentra el grupo que lo estima y que le da identidad social. Si deja la mara es como perder la identidad. Es peor que ser asesinado. Es morir socialmente (ERIC, IUDOP, IDESO, IDIES 2002, IV).

 

Finalmente, los pandilleros se ven sumergidos en una cruenta vorágine de violencia, en donde la agresión, la amenaza, el peligro y la muerte se tornan cotidianos y omnipresentes. La pertenencia a las maras se traduce en  la inmersión en un mundo intensamente violento y hostil, de violencia exacerbada y ubicua, en donde son tanto victimarios como víctimas, en primer lugar porque se sumergen en una  feroz guerra entre pandillas rivales, y en una interminable e irreversible espiral de venganzas, ajustes de cuentas,  odios y muerte, y en segundo lugar, porque se vuelven blanco de una fuerte represión tanto por el Estado, como por otros actores violentos. En suma, la inserción a las pandillas ha traído consigo una vorágine de violencia exacerbada y ubica, y ha engendrado profundas espirales de violencia, horror, odio y muerte. Finalmente, aquello que emergió como una estrategia de sobrevivencia, se tradujo en la inmersión en una vorágine de violencia exacerbada, en la que la sobrevivencia se torna sumamente precaria.

 

 

5. Legados de la violencia del pasado y manifestación en el presente

 

La continuidad de la violencia en la posguerra dio paso a la configuración de nuevos enemigos y a nuevas justificaciones para la violencia estatal. El enemigo más visible, fueron las pandillas, éstas se configuraron como una nueva “otredad negativa”, y quizá un chivo expiatorio, y su presencia legitimó una reavivación represiva y una regresión autoritaria que manifestó resabios de la violencia del pasado reciente. De este modo, la posguerra en El Salvador fue un escenario de continuidad de violencia, más dicha continuidad no se expresó únicamente en el desbordamiento de violencia social, sino también en la persistencia de una violencia institucionalizada con resabios del pasado, como la persistencia de resabios de la vieja maquinaria de terror, como la presencia militar en tareas de seguridad, o la presencia de escuadrones de la muerte en tareas de limpieza social, así como en una regresión autoritaria y una reavivación represiva que desenterró algunas otras huellas de dicho pasado.

 

La presencia de las pandillas y su configuración como una nueva otredad negativa, como en el pasado fue el comunista o el guerrillero, y posibilitó y legitimó entonces la violencia Estatal, las continuidades de represión estatal y las regresiones autoritarias. Así, al igual que había ocurrido en el pasado, para justificar y legitimar la violencia del Estado, se estigmatizó, demonizó y deshumanizó a esta nueva otredad para convertirla en objeto de represión. Sobre ello, Luis Armando González señala lo siguiente:

 

[…] se está siguiendo la vieja estrategia de demonizar a quienes ahora están en el punto de mira de la coerción estatal. La propaganda gubernamental contra las maras solo recuerda la realizada en las décadas de los años setenta y ochenta contra los opositores políticos […], desde la cual se creó un clima destinado a justificar los asesinatos, las desapariciones y las torturas de cualquiera que profesara ideas y opciones distintas a las avaladas por el poder en turno. La lógica es simple, pero efectiva: se suprime la dignidad humana del enemigo –imputándole las peores perversiones-, para luego tratarlo como se merece, es decir, como algo menos que una bestia salvaje, contra la cual se debe (y se puede) proceder, sin ninguna contemplación (González 2003, 785)

 

 

6. Conclusiones

 

La violencia se ha convertido en un aspecto neurálgico de la historia reciente de El Salvador, en cuyas páginas se han escrito estallidos, continuidades y reconfiguraciones de violencia, periodos de fuertes oleadas en donde sus manifestaciones son exacerbadas y atroces, así como la emergencia de distintos rostros. La violencia política de escenario de la guerra y la violencia social del de la posguerra constituyen las dos formas de violencia que han marcado dicha historia, en donde los legados del pasado marcaron significativamente el presente.

 

La guerra constituyó un cruento periodo en el que la violencia y el terror tuvieron expresiones y magnitudes atroces, y tras de sí dejó una sociedad profundamente desgarrada y violenta, así como una serie de legados y secuelas que incidieron en la continuidad de la violencia en la posguerra.

 

Así, en el periodo de posguerra el desdibujamiento de la violencia política dio paso a un fuerte estallido de violencia social, cuyas expresiones aunque tuvieron rasgos inéditos, también tuvieron las huellas del pasado, resabios y  legados de la guerra. La posguerra fue, entonces, un escenario de continuidad, reconfiguración y exacerbación de violencia; en donde el fin de la guerra no significó el fin de la violencia, sino su continuación con otros rostros, y en donde no cesó la muerte, el peligro, el miedo, el dolor y el horror.

 

En este escenario de continuidad de violencia en la posguerra en El Salvador, las pandillas o maras emergieron como un fenómeno social inédito, como los rostros más visibles e inquietantes, y finalmente como los más brutales. Si bien las pandillas o maras son el actor más neurálgico de la violencia, en uno de los lugares más violentos del mundo, son también espejo y reflejo de una sociedad desgarrada por la guerra, de una sociedad y un entorno violentados por un largo y cruento periodo de violencia política, son una estrategia de sobrevivencia y un nicho de integración y solidaridad en un escenario de violencia estructural, de tejido social roto, así como de profunda descomposición social. Las pandillas son, finalmente, parte de una historia y una realidad en las que las violencias no cesan, sino que se reconfiguran.

 

Finalmente, la historia reciente de El Salvador, y la realidad de violencia que en ella se ha escrito, ha confirmado lo que en 1977, Monseñor Óscar Arnulfo Romero en una de sus homilías presagiara:

 

            Los nombres de los asesinados irán cambiando, pero siempre habrá asesinados. Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero habrá siempre violencia mientras no se cambie la raíz de donde están brotando como de una fuente fecunda todas estas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente.

 

 

 

 

Referencias

 

Bourgois, Philippe. 2005. Más allá de una pornografía de la violencia. Lecciones desde El Salvador. En Francisco Ferrándiz y Carles Feixa (edits.). Jóvenes sin tregua, 11-33. Barcelona: Anthropos.

 

 

CEPALSTAT, Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Bases de Datos y Publicaciones Estadísticas. Disponible en: http://estadisticas.cepal.org/cepalstat/WEB_CEPALSTAT/Portada.asp (Consultado 12 de octubre de 2016).

 

Coimbra, Cecilia. 2001. Operação Rio. O mito das classes perigosas: um estudo sobre a violência urbana, a mídia impressa e os discursos de segurança pública. Rio de Janeiro: Intertexto.

 

Comisión de la Verdad. 1993. De la locura a la esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador. Informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador, San Salvador/Nueva York: Naciones Unidas.

 

Cruz, José Miguel. 2003 a. “La construcción social de la violencia en El Salvador de la posguerra”. Estudios Centroamericanos 661-662 noviembre-diciembre: 1149-71

 

_____. 2003 b “Violencia y democratización en Centroamérica: El impacto del crimen en la legitimidad de los regímenes de posguerra”. América Latina Hoy 35: 19-59.

 

_____. 2005. “Los factores asociados a las pandillas juveniles en Centroamérica”. Estudios Centroamericanos 685-686 noviembre-diciembre, 1155-82

 

_____. 2007. Violencia, inseguridad ciudadana y las maniobras de las élites: la dinámica de la reforma policial en El Salvador. En John Bailey y Lucía Dammert (coords.). Seguridad y reforma policial en las Américas. Experiencias y desafíos, 239-369. México: Siglo XXI.

 

_____ y Nelson Portillo. 1998. Solidaridad y violencia en las pandillas del gran San Salvador. Más allá de la vida loca. San Salvador: UCA Editores.

 

_____, Álvaro Trigueros y Francisco González. 2000. El crimen violento en El Salvador. Factores sociales y económicos asociados. San Salvador: IUDOP.

 

_____, Luis Armando González, Luis Ernesto Romano y Elvio Sisti. 2000. De la guerra al delito: evolución de la violencia en El Salvador. En Juan Luis Londoño et al. (eds.). Asalto al Desarrollo: Violencia en América Latina, 173-204. Washington: BID.

 

ECA. 1997. “La cultura de la violencia”, Estudios Centroamericanos 588 (octubre): 937-49.

ERIC, IUDOP, IDESO, IDIES, comps. 2001. Maras y pandillas en Centroamérica. Vol. I. Managua: UCA Editores.

 

_____. 2004. Maras y pandillas en Centroamérica. Pandillas y capital social. Vol. II. San Salvador: UCA Editores.

 

Feierstein, Daniel. 2000. Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad, exclusión y exterminio. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires.

 

Figueroa Ibarra, Carlos. 2000. “Violencia y cultura del terror. Notas sobre una sociedad violenta”. Bajo el volcán 1 (1): 67-83.

 

_____. 2001. Naturaleza y racionalidad de la violencia, en Conflicto, violencia y Teoría social. Una agenda sociológica, Sergio Tischler y Genaro Carnero, 13-28. México: Universidad Iberoamericana Golfo Centro/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

 

FUNDAUNGO. 2012. Atlas de la Violencia en El Salvador (2005-2011). Resumen Ejecutivo. San Salvador: FUNDAUNGO.

 

GES Y FMLN. Gobierno de El Salvador y Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.1992. Acuerdos de Paz. México.

 

González, Luis Armando. 1997. “El Salvador en la postguerra: de la violencia armada a la violencia social”, Realidad 59 septiembre-octubre: 441-58.

 

_____. 2003 “El plan ‘mano dura’: burda politización de un problema social”, Estudios Centroamericanos 657-658 julio-agosto: 783-87.

 

Guido Bejar, Rafael. 1998. El Salvador de posguerra: formas de violencia en la transición. En Violencia en una sociedad en transición, AAVV, 96-105. San Salvador: PNUD.

 

Grupo Conjunto. 1994. Informe del Grupo Conjunto para la investigación de grupos armados ilegales con motivación política en El Salvador.

 

IUDOP. Instituto Universitario de Opinión Pública. 1998. La violencia en El Salvador en los años noventa. Magnitud, costos y factores posibilitadores. Documentos de Trabajo. Washington: BID.

 

Koonings, Kees y Dirk Kruijt, eds. 2001. Las sociedades del miedo. El legado de la guerra civil, la violencia y el terror en América Latina. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca.

Martel, Roxana. 2007. Las maras salvadoreñas: nuevas formas de espanto y control social. En José Manuel Valenzuela Arce et al. (coords.). Las Maras. Identidades juveniles al límite, 83-125. México: UAM/Colef/Juan Pablos.

 

Martín-Baró, Ignacio. 1988. “La violencia política y la guerra como causas del trauma psicosocial en El Salvador”, Revista de Psicología de El Salvador 28 abril-junio: 123-41.

 

_____. 2003. Poder, ideología y violencia, Madrid: Editorial Trotta.

 

OPS, Organización Panamericana de la Salud. Disponible en http://www.paho.org/Spanish/SHA/coredata/tabulator/newTabulator.htm (Consultado 12 de octubre de 2016).

 

Pirker, Kristina. 2004, La rabia de los excluidos: pandillas juveniles en Centroamérica. En Raquel Sosa Elízaga (coord.). Sujetos, víctimas y territorios de la violencia en América Latina, 133-57. México: UACM.

 

PNUD. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.1998. Violencia en una sociedad en transición. San Salvador: PNUD.

 

Portillo, Nelson. 2000. “Juventud y trauma psicosocial en El Salvador”, Estudios Centroamericanos 618 (abril): 395-415

 

Ramos, Carlos Guillermo, editor y compilador. 1998. América Central en los Noventa: Problemas de Juventud. San Salvador: FLACSO.

 

Sala Negra. Crónicas y reportajes. El Faro. El Salvador. Disponible en http://www.salanegra.elfaro.net/es/201106/cronicas/ (Consultado 12 de octubre de 2016).

 

Samayoa, Joaquín. 1987. “Guerra y deshumanización: una perspectiva psicosocial”, Estudios Centroamericanos 461marzo: 213-25.

 

Santacruz Giralt, María y Alberto Concha-Eastman. 2001. Barrio adentro: la solidaridad violenta de las pandillas. San Salvador: IUDOP.

 

Santacruz Giralt, María y Rubí Arana. 2002. “Experiencias e impacto psicosocial en niños y niñas soldado de la guerra civil de El Salvador”. Biomédica 22: 383-97.

 

Savenije, Wim. 2009. Maras y barras: pandillas y violencia juvenil en los barrios marginales de Centroamérica. San Salvador: FLACSO.

 

Scheper-Hughes, Nancy. 1997. La muerte sin llanto: violencia y vida cotidiana en Brasil. Barcelona: Ariel.

 

Smutt, Marcela y Jenny Lissette Miranda, coautoras. 1998. El fenómeno de las pandillas en El Salvador. San Salvador: FLACSO/UNICEF.

 

Torres Rivas, Edelberto, 2001. Reflexiones sobre el terror, la violencia, el miedo y la democracia. En  Koonings y Kruijt (eds.). 2001: 297-312.

 

UNODC, Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, 2014, Global Study on homicide. 2013. Informe de la UNODC.

 

Zúñiga Núñez, Mario. 2010. “Heridas en la memoria: la guerra civil salvadoreña en el recuerdo de niñez de un pandillero”, Historia Critica 40 enero-abril: 69-70.



[1] La violencia política se refiere, fundamentalmente, a la violencia y el terror ejercidos por el Estado en el marco del combate a la subversión, la lucha armada y la presencia guerrillera; la violencia política significa la institucionalización de la violencia, y constituye la represión estatal perpetrada por fuerzas coercitivas estatales y paraestatales, e implica el uso sistemático y exacerbado de la violencia y el terror, con prácticas como el asesinato, el secuestro, la tortura y la desaparición forzada, por mencionar algunas (Bourgois 2005, 12-4; Martín-Baró 2003).

[2] La violencia social se refiere, esencialmente, a la violencia común o cotidiana; es decir, aquella que ocurre en la esfera microsocial y que se expresa en distintos actos y manifestaciones de violencia que se tornan ordinarios, como crímenes de distinto carácter: robos, asaltos, secuestros, linchamientos; asesinatos y otras “pequeñas brutalidades”; como también, como señalara Nancy Scheper-Hughes, “crímenes en tiempos de paz”, es decir, actos perpetrados por actores estatales y no estatales que preservan o reproducen prácticas del pasado, de tiempos de terror: “pequeñas guerras”, “genocidios invisibles”, nuevas prácticas de coerción, aniquilación y desaparición, entre otros; violencias que se explican dentro de la realidad social en las que se producen, que a menudo tienden a ser legitimadas, invisibilizadas, normalizadas y naturalizadas, pero que no obstante suelen ser brutales y despiadadas (Scheper-Hughes 1997, 213-61; Bourgois 2005, 12-5).

[3] El trabajo de investigación del fenómeno de las pandillas de José Miguel Cruz y Nelson portillo realizado en 1996, revelaría que el 10.2  por ciento de los 1025 pandilleros que formaron parte de él, tuvieron una participación directa en la lucha armada, 3.7 por ciento lo hizo de lado del ejército, y 6.5 de lado de la guerrilla (Cruz y Portillo 1998, 85-6).



   


  • Revista nuestrAmérica

  • Trazos de nuestrAmérica

  • Cuadernos de descolonización y liberación

  • Blog nuestrAmérica

  • Sello editorial Ediciones nuestrAmérica desde Abajo

  • Directorio de revistas Deycrit-Sur

¿Cómo publicar?


Directrices y normas de publicación

 

Manifiesto Deycrit-Sur sobre la descolonización del conocimiento

Síguenos en redes sociales

       

Editado desde la ciudad de Concepción, Chile. Todas las publicaciones y trabajos de Ediciones nuestrAmérica desde Abajo se realizan bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No Comercial-Compartir Igual-Internacional. Ninguno de nuestras revistas realiza cobros por procesamiento de artículos, publicación o lectura (No APC).