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El mito de las lenguas mixtas y los criollos franco-caribeños

O mito das línguas mistas e os criollos franco-caribeños

The myth of mixed language and French-Caribbean creoles

 

 

 

Paola C. Carrión González

Doctora mención internacional en Traducción e Interpretación

Profesora asociada de la Universidad de Alicante

Alicante, España

p.carrion.gonzalez@gmail.com

http://orcid.org/0000-0001-8081-1089

 

 

 

Resumen: Las lenguas criollas han sido tradicionalmente consideradas como variedades de las lenguas colonizadoras, dominantes, con las que comparten una relación diglósica y por tanto una consideración y reconocimiento institucional relativo, y que cuentan con diversas aportaciones de otros sistemas lingüísticos. De esta forma, se han categorizado como lenguas “mixtas” o lenguas “planeadas”, olvidando no solo el carácter múltiple de su composición sino también las diferencias del contexto en que se desarrollan. En estas páginas, veremos brevemente las influencias que reciben así como algunos conceptos que nos ayudarán a comprender su situación actual.

Palabras clave: criollo, pidgin, creolización, colonización, Antillas

 

Resumo: As línguas crioulas tradicionalmente foram consideradas como variedades de línguas dominantes e colonizadoras, com as quais compartilham uma relação diglossica e, portanto, um reconhecimento institucional relativo e que têm diversas contribuições de outros sistemas linguísticos. Desta forma, eles foram classificados como linguagens "misturadas" ou "planejadas", esquecendo não só a natureza múltipla de sua composição, mas também as diferenças no contexto em que elas são desenvolvidas. Nessas páginas, analisaremos as influências que recebem bem como alguns conceitos que nos ajudarão a entender sua situação atual.

Palavras-chave: criollo, pidgin, criollização, colonização, Antilhas.

 

Abstract: Creole languages have been traditionally considered as varieties of colonizing and dominant languages, sharing with them a diglossia relationship and therefore, they have a minor institutional recognition. As they possess several contributions of other linguistic systems, they have been labelled as “mixed” languages or “planned” languages, so the multiple character of their composition as well as the context in which they develop have been forgotten. Throughout these pages, we will briefly see their influences, besides some concepts that will help us to understand their current situation. 

Key words: creole, pidgin, creolization, colonization, Antilles.

 

 

Fecha de recepción: 28 de agosto de 2017.

Fecha de aceptación: 21 de noviembre de 2017.

 

 

 

 

Citar este artículo:

Harvard

Carrión González, Paola C. 2018. “El mito de las lenguas mixtas y los criollos franco-caribeños”. Revista nuestrAmérica 6 (11): .

 

APA

Carrión González, P. (2018) El mito de las lenguas mixtas y los criollos franco-caribeños. Revista nuestrAmérica, 6 (11), .

 

 

Introducción: ¿lenguas planeadas o lenguas de contacto?

Las lenguas criollas han sido comúnmente etiquetadas como lenguas “mixtas”, pues su estratificación y la dificultad de su categorización han llevado a simplificar su origen en la unificación de estratos de naturaleza diversa. Así pues, si la denominación de “mixta” refiere a un conjunto composicional bien definido, ¿podríamos considerar las lenguas criollas como lenguas planeadas, obviando el carácter sociológico que determina sus componentes lingüísticos? ¿O bien deberíamos recoger los argumentos ecológicos y contextuales que entran en contacto para su formación? De ahí que surja la necesidad de plantear una nueva perspectiva que desmienta el “mito” de tal denominación, situándolas preferentemente bajo la categoría de lenguas de contacto, enfoque desarrollado a partir de las obras de carácter lexicográfico que más tarde se citarán. De esta forma, esta nueva visión de las lenguas criollas a las que se hace alusión nace de una óptica empíricamente justificada y demostrable, pues el legado escrito de quienes presenciaron la evolución de las mismas es buena prueba de esta nueva taxonomía. La metodología por tanto partirá del análisis de ciertas obras de corte lexicográfico y sociológico que se han ido perpetuando a lo largo de los años, y que muestran el desarrollo de los sistemas aquí analizados.

En el caso de las lenguas criollas de base léxica francesa de las Antillas, dichos argumentos han sido cruciales para poder redefinirlas como lenguas de contacto, teniendo en cuenta los estratos composicionales, pero también las circunstancias que han rodeado al proceso de comunicación en que se han generado.

En ninguno de los casos, se debería confundir un origen multicultural o heterogeneidad composicional con el concepto de “mixto”. Si nos remitimos a la definición de “lengua mixta” como conjunto de diversos estratos que componen una lengua, siendo los mismos bien definidos y delimitados, veremos que esta idea choca con la realidad sociológica e histórica que ha visto nacer estas lenguas, pues las fronteras entre tales estratos son porosas y permeables, dando lugar a múltiples variantes. En el caso de las lenguas criollas de territorios francófonos del área atlántica, es preciso tener en cuenta, además de la multiplicidad de orígenes de sus hablantes, la segmentación territorial que aporta el carácter isleño, como característica más evidente, que dará lugar a los elementos diferenciales entre las variantes de Guadalupe, Martinica o Haití entre otros. Estas variantes diatópicas son consecuencia al fin y al cabo del contacto de sus usuarios, lo cual es improbable en el caso de las lenguas planeadas, donde su perfecta delimitación lingüística impediría tal realidad.

La concepción de las lenguas criollas viene marcada históricamente por el contacto de diferentes segmentos poblacionales en un contexto político-económico bien definido. Sería irrealista mencionar estas lenguas olvidando las circunstancias que las rodean, y sería imposible obviar el fenómeno de la colonización como desencadenante de unas lenguas de formación rápida, por la imperante necesidad de comunicación del momento. En este caso, los estratos africanos, colonos y amerindios no surgen de la casualidad, sino que remiten respectivamente a la población esclava importada en barcos negreros durante siglos, las variantes regionales derivadas de los orígenes diversos de los colonos así como la población original de las tierras colonizadas. Si comparamos este fenómeno con el caso más significativo de lengua planeada, esto es, el Esperanto, veremos que nada tienen que ver unos sistemas lingüísticos derivados de la situación de contacto, que precisan de estandarización por su rápida formación y que cuentan con numerosas variantes, con un sistema rico en normalización y superficialidad constructiva pero que carece de plano oral espontáneo, que se puede adquirir mediante la integración de reglas pero que no parte de la transmisión de una generación a otra de forma natural en el seno de una comunidad de hablantes. Así, la lengua planeada vendría en primer lugar por la norma escrita y más tarde por su utilización en un contexto comunicacional determinado, mientras que la lengua de contacto alteraría el orden de esta situación: primero el contacto para más tarde la creación de un sistema lingüístico en continuo movimiento, es decir, primero el uso frente a una posterior normalización. Si nos remitimos a la característica fundamental como es la territorialidad y delimitación isleña en este caso, veríamos que dicha condición desdibuja los límites composicionales en las lenguas de contacto, siendo inocua ante la lengua planeada, donde no importa el origen de los hablantes, pues la lengua no se verá alterada.

Por otra parte, la existencia de variantes diatópicas podría alterar de forma importante dicho proceso de normalización, como es el caso que aquí nos ocupa, interviniendo en la formalización de las lenguas elementos contextuales relacionados con los factores económicos, políticos y reconocimiento institucional, que hacen que estas lenguas se encuentren en una realidad diglósica y no bilingüe, segmentando el plano comunicacional institucional del cultural, y limitando el uso de las lenguas criollas a este último. Estas variantes diatópicas hacen pensar que las lenguas criollas deberían ser consideradas como familias de lenguas, noción descartada por teóricos sobre esta cuestión, pues  no existe comprensión posible entre un jamaicano que hable criollo inglés, un habitante de Curaçao que hable papiamento o un haitiano (Hazaël-Massieux 2008a, 3). A este respecto, es preciso tener en cuenta el plano léxico, que no siempre conlleva una comprensión total, pese a la  familiaridad fonológica consecuencia del continuum léxico francés, que únicamente cubriría el estrato más superficial de las lenguas, y cuyas formas gráficas en muchos casos no coinciden. Si atendemos al resto de aportaciones lingüísticas, observaríamos claramente la brecha comunicacional entre las distintas lenguas criollas. Es más, si nos remitimos a las definiciones aportadas, vemos que su naturaleza cambia, pues atienden a distintos criterios.

 

Creolización, descreolización, hipercreolización

Con el fin de comprender la noción de lengua criolla, es preciso abordar su definición, y para ello las perspectivas son múltiples, pues cada una atiende a un factor distinto. Dicha definición podría concebirse según el plano lingüístico, sociológico, porcentual, político-económico, histórico o ecológico. Pero lo que sí es cierto es que la estratificación de estos sistemas lingüísticos nos va a aportar un enfoque distinto a través del cual llegaremos a comprender su génesis. A este respecto, la familiaridad fonética del estrato léxico será lo que determine en numerosos casos la lengua criolla a tratar, ya que simplifica su clasificación o categorización. Ejemplo de ello es la designación que propone Chaudenson, mediante la que se superpone el plano léxico al resto de estratos, pues considera que dichas lenguas son variedades de lenguas que se encuentran en antiguas colonias europeas y que provienen claramente de las lenguas de los colonizadores, constituyendo sistemas lingüísticos particulares y autónomos (Chaudenson 1995, 4).

No obstante y pese a ser la perspectiva más utilizada con el fin de facilitar su categorización, existen otras nociones que se alejan de este enfoque para centrarse en cómo se transmiten de una generación a otra, y cómo se convierten en lengua vernácula, con la consecuente conversión de pidgin a criollo y la normalización de sus formas con fines estandarizantes e institucionales, apareciendo al mismo tiempo el concepto de “creolización”. Así, y siguiendo el enfoque más tradicional del concepto de lengua criolla, ésta habría sido evolución de un pidgin y se establecería como lengua principal de comunicación de una comunidad determinada,  con una norma autónoma y con cierto grado de elaboración, y pasaría a la siguiente generación como lengua materna (Valdman 1978, 40). Con la noción de “creolización” surgen los conceptos de “descreolización” e “hipercreolización”, como los extremos posibles de la evolución de estas lenguas de contacto, dos cuestiones de suma importancia en cuanto al reconocimiento social e institucional de las mismas, que tanta polémica han suscitado en las últimas décadas. Siendo la descreolización un proceso de desdibujamiento lingüístico de la lengua criolla, mediante el cual ésta adquiriría cada vez más características de la lengua que aporta el superestrato convirtiéndose así en una mera variedad de la lengua estándar estratificadora, se posiciona la hipercreolización, por la cual evolucionaría hasta convertirse en una nueva lengua (Tichacek 2003, 6). A este respecto, veremos que la grafía adoptada es un arma de doble filo, pues en ella radica fundamentalmente la cuestión de la descreolización que, desde la perspectiva de numerosos teóricos, pondría en peligro la supervivencia de las lenguas criollas, por ser uno de los aspectos que establece la relación de poder en este tipo de mestizaje lingüístico, donde los distintos sistemas no gozan del mismo reconocimiento, o tan siquiera de la oficialidad necesaria. La carencia de una grafía estándar da lugar a diversas fórmulas gráficas para las mismas realidades referenciales, lo cual impide la normalización de la lengua y en consecuencia, su reconocimiento. La falta de fuentes lexicográficas aquí cobra especial relevancia y marca los límites entre vehículo comunicacional y cultural, relegando en muchas ocasiones las lenguas criollas para intercambios únicamente familiares o en un contexto coloquial.

 

Continuum léxico y grafía

El continuum léxico, esa falsa familiaridad que aporta el vocabulario proveniente (en parte) de la lengua colonizadora, sería el principal detonante de la descreolización. Sobre esta cuestión, son muchos los teóricos que aportan estudios y nuevas nociones, como la llamada “déviance maximale” (Bernabé 1983) más tarde remplazada por el concepto de “contraste optimal” (Bernabé 2008) y que se opone a la idea tradicionalmente impuesta de adquirir el léxico faltante de la lengua colonizadora. Así, en el marco del GEREC-F (Groupe d'Études et de Recherches en Espace Créolophone et Francophone), activo desde 1975, Jean Bernabé nos propone la estrategia opuesta, esto es, la creación de neologismos alejados de las formas acrolectales que puedan cubrir estas lagunas léxicas y contribuyan a la elaboración de ese anhelado sistema lingüístico autónomo y particular de Chaudenson. Estos procesos han sido igualmente mencionados por otros autores como Raphaël Confiant, cuya labor en la confección de recursos lexicográficos es notable, así como en relatos literarios como pueda ser “Atipa”, primera novela enteramente escrita en criollo, escrita en 1885 y atribuida al autor guyanés Alfred Parépou, donde se observaba un doble proceso: para las palabras que claramente provenían del francés, se respetaba la ortografía francesa, mientras que para las palabras de origen amerindio, africano u otros, se hacía uso de una “grafía fonética”.

 

Lenguas criollas y pidgins

¿Cómo deberíamos posicionarnos ante estos enfoques de tan diversa índole? ¿Cuál sería la frontera entre una lengua criolla y su proceso de creolización frente al superestrato léxico de la lengua colonizadora? Bickerton nos ofrece una solución al respecto, pues determina la diferencia en términos porcentuales dejando de lado cualquier enfoque lingüístico posible. Desde su punto de vista, la palabra “criollo” designa lenguas que o bien provienen de un pidgin previo que no ha existido durante más de una generación (lo cual entraría en conflicto con la posición de Valdman), o bien crece entre una población donde solamente un 20% de los hablantes nativos se comunicaran en la lengua dominante y un 80% estuviera compuesto por grupos lingüísticamente diferentes (Bickerton 1981, 4). Esta teoría, conocida por “bioprograma”, nos sugiere esa forma natural de perpetuar el lenguaje, en este caso convirtiendo el pidgin de los progenitores en lengua materna, en circunstancias donde ninguna de las lenguas vernáculas cubriría el total de la población (más bien un pequeño porcentaje) y las culturas y comunidades asociadas a dichos sistemas estuvieran desapareciendo. Entonces, los hijos nacidos de padres hablantes de esos pidgins, no tendrían más opción que perpetuar dicho lenguaje, sea o no apropiado.

El hecho de delimitar condiciones como marco histórico y territorial es de gran utilidad a la hora de concretar el estudio en un grupo determinado de lenguas, ya que pese a los elementos definitorios comunes a éstas, la evolución no ha sido la misma en todos los casos. Si tomáramos como referencia todas las lenguas de contacto en todas las condiciones posibles, formadas una necesidad comunicacional determinada, podríamos llegar a pensar que la totalidad de las lenguas existentes han sido, en algún momento de su historia, lenguas criollas. No obstante, tomemos como ejemplo la gran diferencia evolutiva entre criollos con influencia léxica francesa e influencia léxica española, a pesar de haber compartido circunstancias históricas similares e incluso el carácter archipiélico o isleño de los territorios caribeños. Muchas son las teorías que nacen alrededor de la ausencia de criollos con aportación de la lengua española, y muchos son los sistemas que afirman tener algún elemento, como puedan ser algunas variantes del español en Islas Filipinas, el “palenquero” (en San Basilio de Palenque, situado en el departamento de Bolívar en Colombia) o incluso el “papiamento” de las Antillas holandesas, aunque sin duda el más representativo sea el español de los negros bozales en zonas como Cuba o Puerto Rico. Sobre esta cuestión, los teóricos destacan dos factores principales: las condiciones demográficas así como la llegada de los españoles a territorio africano a finales del siglo XIX, es decir, cuando los criollos afroatlánticos ya se habían formado. Mientras que estos últimos nacieron en esas mismas regiones (como por ejemplo el haitiano, que goza de un estatus oficial), los anteriores (papiamento y palenquero) eran fruto de criollos formados en el continente africano, antes de que los barcos negreros los trajeran al área caribeña. Al mismo tiempo y en el caso de Cuba, la breve concentración de africanos bozales impidió la formación de estas lenguas (Lipski 2004, 466).

Volviendo a los términos “pidgin” y “criollo” a los que Valdman hace referencia, veremos que surgen no como contraposición conceptual sino como evolución del primero al segundo. Ahora bien, no todo pidgin evoluciona ineludiblemente a criollo, de la misma forma que todos los criollos no provienen forzosamente de pidgins iniciales, pues estos últimos no tienen hablantes nativos, mientras que los criollos sí (Muysken y Smith 1995, 3). Además, una de las características más relevantes es la rápida formación de estas lenguas, derivada de una situación de déficit comunicacional, como era la necesidad de comprenderse entre esclavos en las haciendas coloniales durante los siglos XVI, XVII y XVIII para el caso de Francia. Estos esclavos eran traídos en barcos negreros desde distintos puntos del continente africano con el fin de impedir su comunicación y así evitar cualquier tipo de sublevación o levantamiento. La formación de criollos en estos casos era por tanto notable e insoslayable. Sin embargo, esta necesidad de comunicación nace con los comienzos de la globalización en el mundo del comercio, aunque las nuevas comunidades multiétnicas consecuencia del proceso de colonización presentan la formación de una nueva lengua vernácula, de mayor complejidad (Mufwene 1999).

Por su parte, el teórico Chaudenson añade a las nociones de “pidgin” y “criollo” la categorización en dos subgrupos, “endógeno” y “exógeno”, recogiendo así las dos situaciones posibles en este contexto histórico. En el primer subgrupo se recogen aquéllos que se han desarrollado a partir del contacto entre la población indígena y la población inmigrante, por lo cual los criollos de base léxica francesa no tendrían cabida aquí. En el segundo grupo, se recogen aquellos sistemas lingüísticos consecuencia del contacto entre los inmigrantes y las poblaciones “trasplantadas”, siendo con frecuencia variedades insulares, como en el caso de estos criollos que denomina “franceses”. En este caso, la población nativa tiene un papel muy limitado, que desaparece con la importación de la población esclava (Chaudenson 2001, 22-23).

En cuanto a las nociones de “endógeno” y “exógeno” que nos proporcionaba Chaudenson, encontramos una corrección conceptual por partir de un enfoque únicamente procesal, y es que la relevancia está en el resultado más que en el proceso, siendo así “endogénico” y “exogénico” el tipo de creolización. Así, l’Étang afirma que son los términos “endogénico” y ”exogénico” (y no “endógeno” y “exógeno”) los que definen las dos condiciones que rodean a la creolización. Criollo endógeno sería una lengua criolla nacida en un territorio determinado; sin embargo, criollo exógeno se refiere a una lengua criolla nacida en un territorio determinado e importada a otro territorio. En resumen, lo que se caracteriza como endógeno o exógeno no es el proceso sino el resultado. La creolización exogénica y endogénica caracterizaría respectivamente a los procesos donde las interacciones se producen con o sin contacto con el exterior (L’Étang 2012, 79).

 

 

La importancia de los estratos como elemento definitorio

La composición de las lenguas criollas ha sido siempre un elemento crucial para la definición y comprensión de las mismas, y resulta un factor fundamental a la hora de su clasificación. Dada la dificultad existente para categorizar de forma rotunda la tipología de lenguas, y dadas las diferencias entre un criollo y otro según las condiciones ecológicas que le rodean, tradicionalmente se ha tomado como referencia el superestrato que las conforma, así como el territorio en que se encuentran. En este caso, sería el francés el responsable de aportar el mayor porcentaje de léxico, y el territorio las Antillas francesas, por lo que las lenguas que aquí nos ocupan serían las lenguas criollas de base léxica francesa de la zona americano-caribeña (ZAC). Esta área comparte otras características comunes, como es el carácter insular o archipiélico de las zonas en que dichas lenguas se desarrollan, y será precisamente esta segmentación territorial la que haga surgir distintas variedades de la misma. Así, encontraremos diferencias entre el criollo de Martinica y de Guadalupe, y nos servirá como referencia el haitiano, por ser este último el que cuenta con un mayor número de hablantes.

Una vez delimitadas y localizadas estas lenguas criollas, es preciso recordar que según el marco teórico tradicional, su composición viene dada especialmente por un superestrato léxico proveniente del francés y un substrato gramatical aportado por diversas lenguas de origen africano. A este respecto, cabe recordar que ni el léxico francés es un léxico estándar y contemporáneo, sino que depende de las variedades diatópicas cuyo origen dependía de los grupos de colonos y la región de la que partían, ni la sintaxis era homogénea, pues los esclavos venían de distintos puntos del continente africano y bien es sabido que las lenguas africanas son numerosas e incluso en ocasiones difícilmente cuantificables. Si a esto añadimos las diferencias contextuales que rodeaban a las múltiples situaciones de comunicación y a las variaciones de población entre un territorio y otro, podremos observar que no todas las lenguas criollas evolucionan de la misma forma y que por tanto el resultado no es siempre homogéneo, de ahí la importancia de considerarlas lenguas de contacto. Por otro lado, veíamos que la frontera entre un estrato y otro no está completamente delimitada, por lo que todo el léxico no es francés como tampoco las sintaxis es completamente africana. Se añade aquí la importancia del componente amerindio, cuya población original fue desapareciendo paulatinamente para abrir paso a un sector considerado por los colonos más fuerte para explotar las riquezas del territorio caribeño, el africano. Sin embargo, el contacto de los dos estratos principales con las lenguas autóctonas es un factor que no debemos dejar de lado, ya que influyó notablemente en el plano léxico de estas lenguas.

Si bien es cierto que la trata negrera acabó con la población amerindia (en el caso del territorio caribeño, encontramos casos de últimas reservas amerindias en la isla de Dominica), las aportaciones léxicas son bastante relevantes en el caso de las lenguas criollas que aquí nos ocupan. Ejemplo de ello es el trabajo elaborado por el Reverendo Padre Raymond Breton en 1665 durante su misión evangelizadora en las islas de Guadalupe y de Dominica, un diccionario que recoge el léxico de los “Caraïbes” y su traducción al francés, y que nos ofrece la riqueza léxica que aún encontramos en las lenguas criollas actuales con unidades como “coúlirou” (un tipo de pescado) y “oüallóman” (para designar una cesta de mimbre). En el primer caso, la forma gráfica de la unidad léxica en francés regional sería “coulirou”, mientras que la forma “koulirou” se reserva a la lengua criolla. En el segundo caso, se ha integrado la forma “arouman” en criollo guyanés y “wanman” por el criollo antillano. En este trabajo lexicográfico, se recogen otras unidades derivadas de la influencia del español en lengua caribe (“latacároni” para “lata de conservas”, donde se observa la influencia del español “lata”), la proximidad de algunas unidades al tupí-guaraní (“manicou” para designar al “zorro”, que en tupí-guaraní es “miku”), o la influencia del francés a su vez sobre la lengua caribe (“pouriéba”, de significado “rogar” y proveniente del verbo “prier” en francés).

Sobre este tema, otros autores actuales como Teodor-Florin Zanoaga trabajan en corpus literarios de origen amerindio, con unidades léxicas que actualmente están presentes en el francés regional actual (entendiendo “francés regional” no como las lenguas criollas de base léxica francesa, sino las variedades interlectales entre acrolecto y basilecto, surgidas a partir de un proceso de descreolización). Algunas de esas unidades serían “agouti”, “anoli”, “balaou”, “boucan”, caïmite”, “canari”, “coui-calebasse”, “giraumon”, “manicou”, “maracudja”, “migan” o “ouassou” (Zanoaga 2010). Si tomamos como referencia estas unidades, veremos que no hay consenso en grafía, por lo que encontraremos algunas de ellas escritas de forma distinta, como “coui”, que se recoge como “kwi” (según la teoría de la “déviance maximale” de Bernabé) en diversos trabajos lexicográficos. Ahora bien, no siempre esta metodología nos llevará a buen puerto, pues estas formas gráficas creolizadas nos pueden llevar a error, como el caso del falso amigo “kannari” que no haría alusión a “canari”, un tipo de pescado, sino a un recipiente (Ludwig, Montbrand y Poullet 2002, Moïse y Recoque 1995).

 Es evidente que la lengua de los “Caraïbes” influyó enormemente en el léxico de los criollos de entonces y que su huella sigue siendo evidente en las lenguas criollas contemporáneas; no obstante, no podemos obviar la presencia de otras lenguas como como por ejemplo el “tupí”, (con unidades léxicas como “manicou”, un tipo de animal), una familia de 66 lenguas vivas que cuenta con más de 5 millones de hablantes repartidos entre Bolivia, Brasil, Guayana francesa, Paraguay y Perú, o claramente la influencia de las lenguas africanas que no está recogida en los escritos de parte de los misioneros que asistieron al nacimiento de estas lenguas (Hazaël-Massieux 2005, 22).

Las dos cuestiones más relevantes aquí parten por una parte del plano lingüístico y composicional estratificador, y por otra de las circunstancias sociológicas que rodean a dichos estratos, ya que siempre existe uno de ellos que predomina sobre el resto. De ahí la realidad diglósica y de ahí la dificultad de normalización y por tanto de reconocimiento institucional y no solo cultural, que ponen en peligro la supervivencia de gran parte de lenguas criollas. Si éstas no fueran más que porcentajes de estratos de naturaleza mixta, las distintas aportaciones se encontrarían en igualdad de condiciones, mientras que la situación actual nos sugiere un contexto completamente diferente. Para dar cuenta de ello, basta con echar un vistazo a la realidad franco-antillana y observar cómo las lenguas criollas que encontramos en regiones francesas como Guadalupe o Martinica son relegadas al plano cultural, mientras que el francés es utilizado como lengua oficial. La consideración social de ambas difiere, pues sus habitantes utilizan las primeras para comunicarse en un entorno familiar o coloquial, mientras que se hace uso de la lengua francesa en la administración y situaciones de carácter más oficial. Igualmente, se impone esta última en el plano de la educación, dejando las lenguas criollas como parte de la formación (a veces opcional) pero una vez implantado el francés como lengua materna. Es por ello que no se habla aquí de bilingüismo, sino de diglosia.

Esta relación de poder entre la dicotomía lenguas criollas / lengua francesa es la que va a determinar mayormente la definición del objeto de estudio, y la que parte de la concepción errónea de las mismas como lenguas planeadas. Dentro de este enfoque se encuentra la tipología de lenguas “mixtas” donde la estratificación nos lleva a pensar una delimitación de cada elemento composicional. Cierto es que el estrato léxico es en gran parte aportado por la lengua francesa, mientras que el estrato gramatical proviene de lenguas africanas; sin embargo y como se decía anteriormente, no todo léxico es francés ni toda sintaxis africana, por lo que los límites entre una aportación y otra han ido desapareciendo conforme las lenguas criollas han ido desarrollando sus propias estructuras gramaticales y las fuentes léxicas se han ido diversificando, tal  y como se ha visto con la contribución de las lenguas autóctonas territoriales primeras o bien la creación de neologismos siguiendo con la metodología de la “déviance maximale” ya mencionada. Así, nos vamos alejando de esta fácil identificación que caracterizaba una lengua mixta para centrarnos en unas lenguas que, pese a su variedad genética y rápida composición, siguen unas pautas de desarrollo natural como cualquier otra lengua. En esta corriente de pensamiento nos encontramos con las consideraciones de Mufwene, quien condena la etiqueta de lenguas mixtas para las lenguas criollas, y es que el factor económico tiene mucho que decirnos en estos casos. Es lo que determina la supervivencia de una lengua en su medio, su perpetuidad de una generación a otra. A esto hay que añadir su falta de reconocimiento, basada en la carencia de aportaciones académicas que tachan estos sistemas lingüísticos como menos desarrollados. Para este teórico, las “lenguas mixtas” donde los criollos se han incluido, al igual que los individuos y culturas híbridas (siguiendo la concepción del siglo XIX), han sido estigmatizadas, consideradas como aberraciones bajo la influencia de estructuras primitivas de las lenguas de las que han sido herederas (Mufwene 2006, 65-66). Asimismo, considera los factores ecológicos que rodean al acto comunicacional, fundamentales para poder delimitar estas lenguas, dado que acota la génesis de este fenómeno lingüístico al periodo histórico del siglo XVII, siempre en zonas de plantaciones, áreas tropicales y/o costeras e islas, caracterizadas por una segregación racial de la población y con un crecimiento mayor por importación que por nacimiento (Mufwene 2001), situación que encajaría perfectamente en el caso de las lenguas criollas franco-caribeñas.

En esta misma línea se desarrolla la concepción de De Camp, anterior a Mufwene, quien critica el reduccionismo en la noción de lengua criolla y hace hincapié en el peligro de etiquetar criollos y pidgins en el saco de lenguas mixtas, donde no serían más que un popurrí sin estructuras uniformes y coherentes propias. Se reafirma en la idea de lenguas de carácter genuino, con derechos propios, y no como el resultado de la corrupción interlingüística de lenguas estándar (De Camp 1968, 30). De hecho, la apelación que han recibido no siempre ha sido la de “lenguas criollas”, sino “broken English”, “bastard Portuguese” o “nigger French” (Knapik 2009). No es raro escuchar aún en muchos lugares de la Francia metropolitana designaciones como “patois” o “petit nègre”, dado el tratamiento marginal que se les ha otorgado a estas lenguas.

Desde el punto de vista estructural y relacional encontramos la definición de Robert Hall, quien identifica los pidgins como el desarrollo de una única lengua (generalmente europea y contemporánea) con fuertes influencias de otras lenguas, en ocasiones numerosas y no europeas (Hall 1966, 25). Así pues, partiríamos aquí no de una “fusión bilateral” sino un estrato principal rodeado de aportaciones porcentualmente menores de otros sistemas. No obstante, ¿convendría volver a la idea de que las lenguas criollas de los territorios francófonos de las Antillas son meras variedades de un francés más o menos estándar? ¿Sería pertinente delimitar un estrato principal con origen en una única lengua? Entran en juego sobre esta cuestión los conceptos de “superestrato” y “substrato”, que vendrán determinados por el grado de aportación de cada una de las lenguas intervinientes en el proceso de formación de estas lenguas, siendo el primero la lengua colonizadora y residiendo en el segundo la responsabilidad gramatical del conjunto de lenguas africanas en contacto durante la trata negrera. Enfoque tradicional que no tiene en cuenta otros factores como la contribución léxica de las lenguas amerindias, mediante por ejemplo el vocabulario de la flora, o la contribución sintáctica del francés a través de los verbos intransitivos en el caso del haitiano (Lefebvre 2014, 181).

Así pues, aunque la consideración composicional concebida en estratos nos ayuda a diseñar la definición de las lenguas criollas, la categorización tajante de las distintas aportaciones se aleja de la evolución natural que estos sistemas poseen, como consecuencia de su naturaleza como lenguas de contacto.

 

Inicios de los criollos franco-caribeños

Sin duda, los inicios de las lenguas criollas y la estratificación que les caracteriza provienen del contacto entre los distintos habitantes que, por cuestiones históricas, compartieron territorio durante un largo periodo de tiempo. Los inicios de las lenguas criollas se forjaron en las haciendas coloniales entre los siglos XVI y XVIII, dando lugar a sistemas lingüísticos que aún hoy siguen en formación. La rápida necesidad de comunicación que surgió entre los núcleos de población tan diversos (colonos, esclavos, amerindios) hizo que cada nueva aportación a la lengua fuera notable de cara a los misioneros que, como el Padre Raymond Breton, pronto advertirían la presencia de elementos lingüísticos incomprensibles. De este modo, hoy en día es preciso remitirse a sus relatos, al igual que los del Padre Labat para poder entender el fenómeno lingüístico que en aquel momento tenía lugar:

Ceux qui avaient soif allèrent se désaltérer avec de l’eau, quelques uns se mirent à fumer, une partie se mit au lit et le reste entra dans une conversation où je n’entendais rien parce qu’elle était en langue caraïbe (Labat 2001, 159)

Vemos aquí que la misión evangelizadora europea se imponía en los territorios recién descubiertos, donde a través de la enseñanza vería nacer las lenguas criollas en las Antillas. El Padre Labat, misionero dominicano ordenado sacerdote y él mismo estando en posesión de esclavos, ya utilizaba la palabra “criollo” para referirse a la población de origen mestizo, denominación que más tarde vendría a designar el nuevo sistema lingüístico:

On me donna, pour me servir, un nègre appelé Robert Popo, âgé de quinze à seize ans (…) Le nègre qu’on m’avait donné était créole; il avait déjà servi d’autres curés, il connaissait le quartier où j’allais, il parlait français et, d’ailleurs, j’étais déjà accoutumé au baragouin des nègres (Labat 2001, 43)

E incluso nos mostraba ya en el siglo XVIII las primeras transcripciones de esta lengua que ya contaba con elementos léxicos y gramaticales definitorios:

Je dis au Caraïbe de virer, mais il fe contenta de me dire en fon baragouin: Compere na pas tenir peur, fi canot tourné toi tenir coeur fort. Les Negres qui parloient mieux que lui me dirent qu’il étoit impoffible de virer, & qu’il falloit fe refoudre à perir, ou a continuer le voyage (Labat 1724, 543).

Este misionero clasificaba las lenguas utilizadas en aquel momento por los “Caribes” en tres tipos. El primero era descrito como el más cotidiano, el que utilizaban los hombres; el segundo era propio a las mujeres, y el tercero, era el utilizado por los más ancianos, aquéllos que conocieron la guerra. Describía su forma de hablar como una “jerga” que no presentaba especiales dificultades en cuanto a comprensión, pues no poseía ni conjugaciones ni declinaciones (Labat 1724, 161). 

Por otra parte, llama la atención la segregación en cuanto al habla de los hombres y de las mujeres. De ello observamos otros testimonios, como el del Padre Pelleprat, jesuita, quien también percibiría la diferencia de habla entre ambos sexos, y quien igualmente advertiría la ausencia de flexión verbal en estos sistemas:

Il serait bon de les former dans leur langue maternelle (…) nous nous conformons à cette façon vulgaire de parler. Généralement, ils utilisent les verbes à l’infinitif Moi prier Dieu, Moi aller à l’église, Moi pas manger, ce qui veut dire J’ai prié Dieu, Je suis allé à l’église, Je n’ai pas mangé. On ajoute un adverbe de temps pour le futur ou le passé: Demain moi manger, Hier prier Dieu, ce qui veut dire Je mangerai demain, J’ai prié Dieu hier, et ainsi de suite. Nous utilisons cette façon de parler lorsque nous commençons à les former (Pelleprat 1656).

Estos testimonios dan fe de los intercambios de comunicación durante el proceso de colonización que configuraban la realidad histórica de las Antillas francófonas, y del marco plurilingüístico y multicultural en que las lenguas criollas se han ido forjando. Se mencionaba anteriormente la novela “Atipa” (Parépou 1885) como una de las primeras huellas literarias de lengua criolla en la Guayana francesa; hoy en día, la proliferación literaria antillana nos muestra la riqueza simbólica, cultural y lingüística de estos vehículos de comunicación.   

 

 

Conclusión

Estas son algunas muestras de los inicios y composición de lenguas criollas de territorios francófonos en las Antillas; ahora bien, estos sistemas han ido evolucionando con el paso de las décadas hasta conseguir una sintaxis y carácter propios. Sin embargo y a pesar de la existencia de diccionarios bilingües, la mayoría de estas lenguas aún carecen de recursos lexicográficos monolingües que normalicen la grafía de sus formas y consigan de esta forma la institucionalización que les otorgue un estatus de lengua oficial, al mismo nivel de la lengua francesa con la que comparten áreas geográficas, con el fin de alejarse de la situación de diglosia en que conviven.

 

 

 

 

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