Desarrollo, migración, refugio y geopolítica en tiempos de Donald Trump

Desenvolvimento, migração, refúgio e geopolítica na época de Donald Trump

Development, migration, refuge and geopolitics in the days of Donald Trump

 

 

Daniel Villafuerte Solís

Doctor en Ciencias Sociales

Centro de Estudios superiores de México y Centroamérica

 Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, México.

gasoda2000@gmail.com

 

María del Carmen García Aguilar

Doctora en Ciencias Sociales

Centro de Estudios superiores de México y Centroamérica

 Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, México.

mcgarcia2005@yahoo.com.mx

 

Resumen: En el marco de la pandemia COVID-19 y de la recesión económica, la presente comunicación plantea una reflexión en torno a cuatro temas articulados: Desarrollo, migración, refugio y geopolítica. La idea es que la migración y el refugio en el siglo XXI son expresiones del actual ADN del sistema-mundo liderado por el capital financiero, que ha propiciado expulsiones. Estos fenómenos adquieren mayor complejidad en un momento en que países de fuerte atracción migratoria como Estados Unidos están levantando muros físicos y virtuales, que se acompañan con medidas legislativas y acuerdos con terceros países para impedir el ingreso de personas a su país. Esto forma parte una agenda geopolítica mayor de la Casa Blanca que busca recuperar su hegemonía mundial para reposicionarse frente a un mundo que avanza a la multipolaridad.

 

Palabras clave: COVID-19; recesión económica; expulsiones; capital financiero.

 

Resumo: No quadro da pandemia COVID-19 e da recessão económica, esta comunicação suscita uma reflexão em torno de quatro temas articulados: Desenvolvimento, migração, refúgio e geopolítica. A ideia é que a migração e o refúgio no século 21 são expressões do DNA atual do sistema-mundo liderado pelo capital financeiro, que levou às expulsões. Esses fenômenos se tornam mais complexos em um momento em que países com forte atração migratória como os Estados Unidos estão construindo paredes físicas e virtuais, acompanhadas de medidas legislativas e acordos com terceiros países para impedir a entrada de pessoas em seu país. Isso faz parte de uma agenda geopolítica mais ampla da Casa Branca, que busca recuperar sua hegemonia mundial para se reposicionar diante de um mundo que avança para a multipolaridade.

 

Palavras-chave: COVID-19; recessão econômica; expulsões; capital financeiro.

 

Abstract: In the context of the COVID-19 pandemic and the economic recession, this paper presents an analysis about four articulated themes: Development, migration, refuge and geopolitics. The idea is that migration and refuge in the 21st century are expressions of the real DNA of the world-system led by financial capital, which has caused expulsions. These phenomena become more complex at a time when countries with strong migratory attraction, such as the United States, are building physical and virtual walls, which are accompanied by legislative measures and agreements with other countries for the entry of people into their country. This is part of a larger geopolitical agenda of the White House that seeks to regain its global hegemony to reposition itself against a world that is advancing to multipolarity.

 

Key words: COVID-19; economic recession; expulsions; financial capital.

 

 

Fecha de recepción: 12 de mayo de 2020.

Fecha de aceptación: 29 de junio de 2020.

 

 

Introducción

El presidente Trump amenaza a todos, lo mismo que un congresista, exfuncionario público de su país, que a jefes de Estado y de gobierno: Corea del Norte, China, México, Venezuela, Colombia, Cuba, Rusia, Irán, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, la lista sigue. Cualquier gobierno que se atreva a pronunciar una palabra en contra de alguna declaración o política de Estados Unidos es interpelado y amenazado, y en muchos casos intervenido militarmente. El historial de agravios en Medio Oriente es un lugar común. ¿Qué tipo de orden-desorden internacional es el presente? ¿Qué tipo de derecho internacional es que no sanciona, que no aplica para hacer respetar a los países amenazados por un gobierno extranjero que se arroga el derecho sobre otros países? No cabe duda de que vivimos tiempos difíciles que ni la ONU puede parar la andanada del gobierno de Estados Unidos.

La extrema agresividad de Estados Unidos, como el virus que causa la enfermedad COVID-19, se relaciona con el deterioro y la pérdida de control que ha venido experimentando este país en las últimas dos décadas. Esto ocurre en un entorno de crisis que vive el sistema-mundo donde se observa una encarnizada competencia entre países centrales y emergentes por el control del comercio, los recursos estratégicos y la propiedad intelectual.

En esta contribución nos proponemos analizar cuatro dimensiones en las que se expresa la crisis sistémica, así como la reacción de Estados Unidos para hacer frente a estos fenómenos, en un escenario agravado por la pandemia y la recesión económica. Estos son, desarrollo, migración, refugio, y geopolítica desde el ángulo de un reposicionamiento de la hegemonía perdida.

 

El desarrollo cabalga de nuevo

Vivimos tiempos de crisis, de crisis estructural que nos coloca en un ángulo de reflexión desde una visión histórica-estructural, con una exigencia crítica y una mirada desde el Sur global, en particular desde América Latina. La segunda crisis de la globalización que comenzó a finales de 2007 en Estados Unidos, con la crisis de las hipotecas, vinculadas a los llamados “bonos basura”, mostró que el actual modelo de globalización comandada por el capital financiero ha llevado al sistema-mundo capitalista por un callejón que no tiene salida sino a condición de un rediseño global.

La crisis de 2007 que golpeó a Estados Unidos infectó a Europa.  Países como Grecia y España, principalmente, enfrentaron una de las peores consecuencias de la crisis con la caída de sus economías, desempleo y deterioro del sistema de pensiones y, en general, de las condiciones de vida. La crisis se ensañó con Grecia que durante siete años (2000-2007) había registrado un crecimiento de su Producto Interno Bruto (PIB) de 4.2 por ciento; luego de una inflación moderada, a partir de 2013 se produce una deflación generada por una contracción de la demanda interna articulada al crecimiento del desempleo y la contracción del gasto público. Lo mismo ocurrió con España que afectó seriamente el mercado laboral, sobre todo en la población joven, alcanzando porcentajes superiores al 20 por ciento.

La crisis llevó a la intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI), cuestión que llama la atención porque en crisis pasadas se dirigía a los países subdesarrollados con las consabidas recetas centradas en las llamadas políticas de “ajuste estructural”. También es interesante ver la intervención de la Troika donde, además de la injerencia del FMI, figuran el Banco Central Europeo y la Comisión Europea que sometieron a los países a garantizar el pago de la deuda y reducir el déficit.

A la Troika se añaden las calificadoras crediticias, una de estas es Standard & Poor’s. Estas cuidan celosamente la reposición y el rendimiento del capital dinerario mediante el cumplimiento de las obligaciones de los países contratantes. Cuando el gobierno griego dio prioridad al pago de pensiones y salarios en lugar de pagar la deuda la calificación bajó a “CCC” que significa nivel especulativo.

Esto ilustra el cambio fundamental que se comenzó a dibujar al inicio de la era del neoliberalismo, es decir la hegemonía del capital financiero. Incluso hoy con la crisis de la COVID-19, el FMI ha ofrecido, salvo para el caso de Venezuela, créditos para enfrentar la emergencia.

A mediados de marzo, cuando el precio del barril del petróleo se cotizaba en 24 dólares y la pandemia había llegado a Venezuela, el gobierno de Maduro solicitó al FMI un crédito por 5 mil millones de dólares para hacer frente a la contingencia. Un vocero del FMI indicó que “lamentablemente, el Fondo no está en condiciones de tomar en consideración esta solicitud” (Moleiro y Singer 2020), trascendió que fue porque “no hay claridad” entre los miembros de ese organismo porque más 50 países han reconocido a Juan Guaidó como presidente interino, asunto que puede ser leído como una presión de Estados Unidos.

La deuda en el mundo sigue aumentando, así lo reconoce la CEPAL en un informe reciente: “La acumulación de deuda a nivel mundial, impulsada en parte por las reducidas tasas de interés de los principales bancos centrales, está creciendo a una tasa más alta que el nivel de ingreso mundial y ha alcanzado niveles récord” (Cepal 2019, 18). En América Latina, el organismo indica “…que Chile y el Brasil tienen los mayores niveles de deuda en relación con su PIB (el 224,2% y el 199,9% de sus respectivos PIB en el segundo trimestre de 2019 y el 208,4% y el 195,4% en el mismo trimestre de 2018)” (Cepal 2019, 38).

Muchos países han contratado nueva deuda para hacer frente a la recesión económica y la pandemia, lo que evidentemente agrava la situación de los países endeudados y contribuirá a mantener el sistema como hasta ahora. México ha resistido la presión interna y externa para la contratación de nueva deuda, a pesar de que no se encuentra dentro de los países más endeudados. A la proyección del crecimiento de la deuda, se añade lo nuevo con la pandemia: “Esta continúa su trayectoria al alza y llega a una cifra récord de 251 billones de dólares en el segundo semestre de 2019, que representa el 320% del producto interno bruto (PIB) a escala mundial e implica que la deuda crece por encima del PIB y el ingreso” (Cepal 2019, 35).

Dado este contexto y frente a la crisis convergente de COVID-19 y recesión económica conviene hacer un repaso de lo que nos parece central en el tema que nos ocupa: el desarrollo.  Samir Amir, uno de los economistas contemporáneos más lúcidos, plantea:

El capitalismo no es un «sistema de desarrollo» que pueda oponerse, por ejemplo, a la «doctrina socialista». De ahí que considere imprescindible distinguir entre la realidad que produce el capitalismo, la expansión del capital y el concepto de desarrollo. El primer fenómeno, estudiado, como realidad social, debe considerarse a dos niveles: como tendencia abstracta, inmanente; y como realidad concreta, histórica. El concepto de desarrollo, por otra parte, es por naturaleza ideológico, o lo que es lo mismo, permite juzgar determinados resultados en virtud de criterios definidos a priori, los mismos criterios que contribuyen a definir un proyecto social. Esos proyectos varían, obviamente, son más o menos radicales, emplean diferentes conceptos de libertad o igualdad, de liberación humana, de deficiencia, etc. (Amín 1999, 30).

El desarrollo ha sido el lado opuesto al “proyecto socialista”. La revolución cubana tuvo como antítesis la Alianza para el Progreso; Estados Unidos creó en 1961 la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID, en inglés), con orientación estratégica del Departamento de Estado. En Centroamérica la USAID ha sido un instrumento de injerencia en los “espacios ingobernables”. El proyecto bolivariano ha tenido como contraparte la cláusula democrática de la OEA. Un instrumento asociado a la orientación del “desarrollo” bajo las directrices de Estados Unidos.

Las circunstancias que vive el mundo y América Latina en particular son momentos de definiciones. En este sentido, nos parece importante extraer dos citas de un documento de la CEPAL:

El COVID-19 llegó en un momento en que la economía mundial se estaba desacelerando. Los niveles de deuda eran históricamente altos, y los salarios y la productividad se habían estancado en muchos países en desarrollo y desarrollados. La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto la fragilidad del sistema globalizado y del modelo de desarrollo subyacente. La ruptura de las cadenas de suministro, la desaceleración del crecimiento mundial y el desempeño de los mercados financieros han mostrado que las economías están expuestas a las vulnerabilidades mundiales. Después de la crisis, la comunidad mundial tendrá que afrontar el hecho de que la globalización no ha funcionado como se suponía y que es necesario reformarla profundamente. (…). Las desigualdades entre los países y entre grupos sociales que aumentaron la fragilidad del sistema mundial deben ser abordadas de una vez por todas (CEPAL 2020, 14, cursivas añadidas).

Concluye la CEPAL, y esto es un punto fundamental para pensar un punto de quiebre:

Esta pandemia tiene el potencial de dar nuevas formas a la geopolítica de la globalización, y es también una oportunidad para recordar los beneficios de las medidas multilaterales e iniciar acciones muy necesarias para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible e inclusivo (Ibid., cursivas añadidas).

¿A qué se refiere la CEPAL cuando dice “un modelo de desarrollo sostenible e inclusivo? No es claro si la CEPAL está en su concepción institucional por un giro en la lógica del capitalismo realmente existente, no está claro si se trata de un deseo institucional, o si en verdad todos los mecanismos se enfilen hacia un cambio estructural para transformar la geografía del poder.

Sin embargo, es un buen principio lo que el organismo sugiere, aunque no diga el cómo “abordar las desigualdades sociales” y “alcanzar un modelo de desarrollo sostenible e inclusivo”. Veamos otros componentes que hacen necesario repensar el modelo de “desarrollo” presente.

 

Migración y refugio, la punta del iceberg de la globalización neoliberal

Vivimos un mundo desbocado, los desplazamientos internos, la migración internacional, los refugiados y los apátridas conforman un fenómeno que refleja el mal funcionamiento de una sociedad mundial hipertrofiada, donde los Estados no asumen el papel de proteger a su población. En 2017, según información de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM, 2019) el número de migrantes internacionales en el mundo era de casi 258 millones, de estos, 48.4 por ciento eran mujeres.

La ACNUR resume:

Una cifra sin precedente de 70,8 millones de personas en todo el mundo se ha visto obligadas a huir de sus hogares. Entre ellas hay casi 25,9 millones de personas refugiadas, más de la mitad menores de 18 años.

También hay millones de personas apátridas a quienes se les ha negado una nacionalidad y acceso a derechos básicos como educación, salud, empleo y libertad de movimiento. (ACNUR 2020).

A estos datos habrá que agregar 4.3 millones de desplazados interno y 3.5 millones de solicitantes de asilo. De este tamaño es la anomalía de la sociedad mundial en el siglo XXI, en la era de la revolución industrial 4.0.

Con frecuencia la migración internacional se nos presente con un rostro positivo que se expresa en la suma de miles de millones de dólares por concepto de remesas, dinero que los organismos internacionales como el Banco Mundial han visto como “palanca del desarrollo”. No obstante, no se muestra lo que hay detrás de la remesa: explotación, condiciones de vida precaria, discriminación y riesgo de deportación. La muerte también acompaña a la migración, muchos no llegan al lugar de destino, se quedan en la travesía: la Organización Mundial de las Migraciones ha registrado desde 2014 y hasta 2018 la muerte de más de 32 000 migrantes a nivel mundial. El organismo reconoce que “es probable que esta cifra sea muy inferior al número real de fallecimientos, ya que en muchos casos los restos mortales nunca se encuentran o nunca se llegan a identificar” (Laczko, Black y Singleton 2020, vii).

El mayor número de muertos se ubica en la zona del Mediterráneo donde murieron o desaparecieron 17 900 personas entre 2014 y 2018. En la frontera entre Estados Unidos y México se contabilizó 1 907; y en México, murieron 576 centroamericanos en el tránsito hacia la Unión Americana.

Un dato que conmueve es la muerte o desaparición de niños que, según la OIM, desde 2014 y hasta 2018 es de casi 1 600, “pero los casos no registrados son mucho más. Aunque es sabido que los niños son uno de los grupos más vulnerables, los datos sobre los que desparecen durante la migración tienden a ser limitados” (Laczko, Black y Singleton 2020, vii).

En los últimos años México se convirtió en un país donde confluyen varios procesos: migración de origen, tránsito, destino y retorno. Es un “país frontera”, estratégico para Estados Unidos, tanto en materia económica como de seguridad. Desde el gobierno de Obama la migración centroamericana de tránsito a Estados Unidos fue vista como una amenaza, lo que llevó a reforzar la frontera, incrementando el presupuesto y el número de elementos de la Patrulla Fronteriza. El presupuesto destinado a esta corporación durante el gobierno de Obama creció en 97.9 por ciento con respecto a la administración Bush (véase Villafuerte 2017).

En 2015 México deportó a 163 438 migrantes del Triángulo Norte de Centroamérica (El Salvador, Guatemala, Honduras) y en 2016 a 131 419 (Unidad de Política Migratoria 2017 y 2018). Por su parte, la Patrulla Fronteriza detuvo en 2016 a 226 515 migrantes de la misma región y 162 887 en 2017. En los años fiscales 2018 y 2019, que corresponden a la administración de Donald Trump, el número de aprehensiones se disparó al pasar de 223 604 a 607 863 (CBP 2020).

Las condiciones económicas y sociopolíticas de estos países han venido generando espacios donde no es posible la reproducción familiar y comunitaria. Frente a este panorama y la aplicación de medidas de contención, tanto en México como en Estados Unidos, la población migrante emprendió nuevas estrategias: por una parte, deciden viajar en caravana y, por otra, solicitar refugio en México. Estos son fenómenos nuevos, expresión de la profundización de la crisis del sistema-mundo, que se manifiesta en Centroamérica y otras partes del mundo con extrema violencia.

Las caravanas de migrantes centroamericanos que comenzaron en octubre de 2018 no pueden explicarse sino es por la existencia de la precariedad extrema en que se encuentran amplios sectores de la población, expoliados y sometidos a una violencia estructural y cotidiana. En un clima así, el ser humano vive una experiencia empobrecida, difusa, quebrada, que de modo inevitable desemboca en una pobreza antropológica, descrita por Walter Benjamin con la imagen de la "casa de empeño" (Tamayo-Acosta 1999, 18).

El capitalismo neoliberal no tiene límites para expoliar a la población. Para esta tarea, aliado con el Estado, ensalza el individualismo, cercena el colectivo solidario, destruye la comunidad y los espacios de socialización como la familia. La destrucción creativa (Schumpeter 1942) del capitalismo no conoce fronteras. La usura dio lugar al nacimiento de la institución del crédito, que en sus inicios fue pensado como “palanca” del desarrollo del capitalismo industrial, ahora sirve para la especulación, para extender el consumo hasta los sectores más pauperizados y endeudar a las personas, ejemplo de ello son las tiendas de conveniencia.

Junto a estas pequeñas tiendas, han proliferado las microfinanciadoras y las casas de empeño que en principio recibían oro y joyas, luego se extendió al empeño de electrodomésticos, dispositivos electrónicos, relojes, y ahora a herramientas de carpintería y albañilería, una secuencia que permite el devenir de la pauperización de las masas. En este sentido, resulta interesante recuperar la siguiente idea de Benjamin:

Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo actual (Benjamin 1973, citado por Tamayo-Acosta 1999, 18).

Varias décadas han transcurrido desde que Benjamin escribió esta idea, su importancia radica en que nos transporta a la situación del pasado, pero lo más importante es que nos permite redimensionar el presente-presente, un proceso más descarnado y que lo será más en las próximas décadas.

El individuo predominará sobre el sujeto. La tercera revolución científico-tecnológica de principios de los años setenta del siglo XX, ha dado pasos agigantados. Hoy estamos frente a la tecnología de 5ª generación (5G) que potenciará el capitalismo global mediante la automatización en muchos ámbitos como la agricultura, a través del control de la producción por drones, en la medicina con procesos asistidos remotos, con vehículos autónomos, sin tripulantes, lo mismo en la industria militar y espacial. Nos encaminamos hacia una sociedad de individuos, cuyas características son las de ser “una sociedad sin oposiciones, pero también sin solidaridades” (Vilas 1995,11).

En el caso de las sociedades del norte de Centroamérica han devenido de conflictos armados, en particular El Salvador y Guatemala, y de una historia económica y política donde se formó una oligarquía asociada con el capital norteamericano de plantaciones agrícolas, que ahora se extiende a procesos económicos extractivos. Estas sociedades se encuentran desgarradas por la pobreza y la violencia, cuyas respuestas comienzan a pasar de formas individuales o de pequeños grupos de amigos, vecinos, conocidos, a expresiones más colectivas, es el caso de las caravanas migrantes que desafían el orden legal y generan temor al gobierno de Donald Trump que las ha llamado “invasión”, que puede ser leída como “ocupación”, o desde la perspectiva de las ciencias médicas como una penetración de gérmenes patógenos.

Es temprano para afirmar de manera categórica que las caravanas son producto de la “desobediencia de las masas”, aunque en la práctica es una manifestación de “desobediencia civil” en tanto que violenta el orden legal establecido y genera respuestas de los gobiernos de México y Estados Unidos, el primero flexibilizando el paso fronterizo y el tránsito por el territorio, el segundo levantando más obstáculos, sellando su frontera.

Lo que no puede negarse es que grandes masas de población de la región norte de Centroamérica viven en “condiciones críticas”. No obstante que la emigración hacia Estados Unidos lleva de manera sostenida y creciente casi 20 años (tomando como punto de inflexión el año 2000), los gobiernos de la región, de México y Estados Unidos, como lugares de origen, tránsito y destino, no tienen plena consciencia de la profundidad de la crisis social que padece dicha población. “Vivir en condiciones críticas” significa estar en el límite de la supervivencia.

Se ha dicho que “el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) pueden destinar recursos para crear empleos y detonar el desarrollo” (Muñoz y Urrutia, 2019). Para avanzar, se requiere ir más allá, trascender una lectura superficial, no sólo para entender lo que pasa en los países de origen, sino también en los espacios de tránsito forzado, en particular en la frontera sur de México donde se vive una dis-locación “en términos de juris-diccionalidad y también de su comprensibilidad” (Goldemberg 2012, 20). Si se toma en cuenta que el BM y el BID han sido los soportes financieros e ideológicos del modelo económico neoliberal resulta un contrasentido que puedan destinar recursos para orientar un tipo de desarrollo incluyente.

La sociedad mundial se mueve en una contradicción que no tiene salida sin cambios sustantivos en las prioridades para atender a las necesidades urgentes que pueden referirse como desarrollo (económico, social, político y cultural), entendido como el logro de “más”. Hoy la migración, concebida como proceso de emigración e inmigración, tiene su correlato en las “injusticias económicas y sociales”, traducidas en expulsiones o exclusiones que apartan a la población de toda posibilidad de alcanzar un “vida digna”, de gozo pleno de la vida y los convierten en personas de polvo (Goldberg 2012).

En estos tiempos de globalización neoliberal los migrantes son indeseados, caben en esta categoría los migrantes laborales indocumentados. Son apetecidos sólo aquellos que son funcionales al capital, con cierta magnitud y calificación. Su magnitud no puede rebasar más allá de lo que necesita el capital, su límite se fija a partir de la capacidad del aparato económico y de lo funcional que resulta para el proceso de acumulación de capital.

 

La insostenible desigualdad en el mundo y la pandemia

El modelo neoliberal, que ha creado un tipo de sociedad basada en el hiperconsumo, cuya plataforma fue la tercera revolución científico-tecnológica, y ahora la llamada revolución industrial 4.0, profundizó la pobreza y la desigualdad en el mundo entero.  

La organización internacional Oxfam recién publicó el informe denominado “Tiempo de cuidado. El trabajo de cuidado no remunerado y mal remunerado, y la crisis de desigualdad en el mundo”. El informe desvela el rostro de un mundo que marcha hacia la destrucción del ser humano, donde se profundiza la desigualdad y precariedad extremas, así como también las condiciones de vida miserables de miles de millones de seres humanos.  Los datos que proporciona el informe son aterradores:

En 2019, los 2153 milmillonarios que hay en el mundo poseían más riqueza que 4600 millones de personas. Los 22 hombres más ricos del mundo poseen más riqueza que todas las mujeres de África. Estos ejemplos de riqueza extrema conviven con un enorme nivel de pobreza. Según las estimaciones más recientes del Banco Mundial, prácticamente la mitad de la población mundial vive con menos de 5,50 dólares al día, mientras que el ritmo de reducción de la pobreza ha caído a la mitad desde 2013. Esta enorme brecha es consecuencia de un sistema económico fallido y sexista. Se trata de un modelo económico defectuoso que ha acumulado enormes cantidades de riqueza y poder en manos de una élite rica, cuyos beneficios se deben en parte a la explotación del trabajo de mujeres y niñas y a la vulneración sistemática de sus derechos (Oxfam 2020, 9).

Este modelo destruyó el Estado de bienestar y con ello los sistemas de salud, salvo pocos países. Estados Unidos quizá es el ejemplo paradigmático de la privatización del sistema de salud que con la COVID-19 muestra su incapacidad para contener su expansión, mientras que el gobierno de Trump se dedica a sacar provecho de las crisis.

El desarrollo por el sendero de la globalización neoliberal ha dejado una estela de destrucción, incluyendo los muertos por pobreza, desnutrición y muerte; sin embargo, estos procesos de muerte se han normalizado. La “virtud” que tiene la pandemia del COVID-19 es su carácter “democrático”, donde todos los seres humanos, ricos o pobres, poderosos o sin poder, son susceptibles de contraer el virus que provoca enfermedad. Ahora lo podemos ver en la búsqueda frenética por una vacuna para salvar la vida. Muchos países europeos han planteado en el seno de la OMS que la vacuna debe ser para todos, un bien para la humanidad; sin embargo, Estados Unidos va a contracorriente de esta idea justo porque de nueva cuenta está en la lógica implacable del dinero, a pasar de tener el mayor número de casos positivos y de fallecimientos.

Al corte del 15 de mayo de 2020, de acuerdo con la estadística publicada por el Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins, el número de casos confirmados en el mundo con COVID-19 había llegado a 4 444 670 personas y 302 493 fallecimientos. Los epicentros se localizaban en Estados Unidos con 1 417 880 casos positivos y 85 906 muertos; y Europa, encabezado por Reino Unidos, Italia, Francia y España.

Al 27 de mayo, doce días después, se había agregado poco más de un millón 240 mil de casos positivos en el planeta, al sumar 5 685 512 casos; esto significa 103,400 casos positivos por día; el número de muertos a este día llega a 354 983, un incremento de 17.3 por ciento. Estados Unidos registró 1 691 342 positivos y las defunciones superó la barrera de los 100 mil al sumar 100 274, equivalente a 1 197 muertos por día.

Esto son los datos oficiales, no necesariamente coinciden con la realidad porque técnica y económicamente es imposible aplicar pruebas a toda la población. Sin embargo, el número de infectados y los fallecimientos seguirán creciendo y en esa medida las tensiones en el mundo se irán manifestando de diversas maneras, una de ellas es la lucha por encontrar rápidamente la vacuna, lo cual se traduciría en derecho de propiedad intelectual y obtendría ganancias extraordinarias el laboratorio que la fabricaría, el cual podría determinar el primer país de destino que esté dispuesto a pagar el precio de monopolio. Por ejemplo, “en Francia, el gigante farmacéutico Sanofi suscitó indignación cuando anunció que, si hallaba la vacuna, la distribuiría primero en Estados Unidos, ya que las autoridades de este país invierten en las investigaciones” (Prensa Libre, 14/05/2020).

Mientras se produce la vacuna los respiradores o ventiladores son “la última esperanza” para los pacientes graves con COVID-19. Frente a la escasez de estos dispositivos los países hacen esfuerzos por conseguirlos, otros por fabricarlos, reconvirtiendo algunas industrias como las automotrices. La búsqueda es frenética, en el caso de México el presidente López Obrador pidió a Donald Trump que “nos ayude vendiéndonos 10 mil ventiladores y 10 mil monitores” (Muñoz y Martínez, 2020). A poco más de un mes de la petición de ayuda al presidente Trump, la cancillería mexicana informó que “a la fecha se han recibido 3 289 ventiladores: 2 241 desde Estados Unidos y 1 048 procedentes de China” (SRE, 2020). Esta cifra incluye la donación de 1 000 ventiladores por parte de BBVA México, y 548 ventiladores de distintos tipos donados por Grupo México. El canciller Ebrard expresó “Sí, tenemos un problema muy serio; sí nos hacen falta ventiladores y nos importa estar cerca de las investigaciones para la posible vacuna y el desarrollo de medicamentos contra el coronavirus” (Vargas 2020).

El neumólogo Gustavo Zabert, de la Clínica Pasteur de Neuquén, Argentina, consideró, a propósito del déficit de respiradores, que “estamos en un problema serio, nunca visto, nunca pensado excepto en películas de catástrofe, y la verdad es que lo estamos viendo con preocupación” (Wallace 2020).

Así la COVID-19 muestra el verdadero rostro de un sistema desigual, insostenible, que requiere una transformación sustantiva, y, sin embargo, como veremos en el siguiente apartado, Estados Unidos mantiene su política de agresión en lugar de ofrecer cooperación.

 

La geopolítica estadounidense en tiempos de Donald Trump

En medio de la pandemia del COVID-19 y de la recesión económica mundial, el gobierno de Estados Unidos mantiene su beligerancia con varios países que no están alineados a sus pautas económicas, políticas y militares, en Medio Oriente (Irán, Siria, entre otros) y en el caso de América Latina Venezuela ha sido el blanco de ataques para “estrangular” el régimen del presidente Maduro, varios países de la región reunidos en el llamado Grupo de Lima se han prestado a esta injerencia, reforzada a través de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Los constantes ataques al gobierno de Venezuela, no conforme con el bloqueo y de haber nombrado a Juan Guardó presidente encargado por la Casa Blanca, acusó al presidente Nicolás Maduro de estar coludido con el narcotráfico y en una farsa política ofreció una recompensa de 10 millones de dólares por información relacionada. En seguida ordenó el despliegue de una serie de actividades (Comando Sur) de combate al narcotráfico frente a costas caribeñas. Lo que podría interpretarse como el punto más alto de la agresión es lo que ocurrió en la madrugada del 3 de mayo (2020): el intento de una invasión por vía marítima a través de Colombia el cual fue frustrado por las fuerzas armadas venezolanas, según informes de las autoridades, “en la operación fueron abatidas ocho personas, entre ellos el capitán Robert Colina, alias Pantera, señalado de estar a cargo de un campamento paramilitar en Colombia y vinculado a una millonaria movilización de armamento”. Así mismo, indica la información, que “otros dos ciudadanos fueron capturados en la operación y se determinó que parte del arsenal incautado pertenecía al parque de armas del Palacio Federal Legislativo (Asamblea Nacional)” (RT. Noticias, 03/05/2020).

De manera inmediata el gobierno de Estados Unidos reaccionó a las acusaciones del gobierno de Venezuela y negó que hubiera orquestado una invasión a ese país: En una de las más cínicas declaraciones expresó: “Si alguna vez hiciéramos algo con Venezuela, no sería así. Sería un poco diferente. Se llamaría una invasión". A lo que agregó, “Yo no mandaría un pequeño grupo. No, no no, sería un ejército" (RT. Noticias, 08/05/2020).

No obstante, el diario The Washington Post reveló la existencia de un contrato firmado en octubre de 2019 por representantes de la oposición venezolana y la empresa Silvercorp con el propósito de prestar servicios para invadir y derrocar al presidente Maduro:

El equipo de servicio prestará asesoramiento y asistencia a un grupo de asociados en la planificación y ejecución de la operación para capturar/detener/destituir a Nicolás Maduro (en adelante "el objeto principal"), destituir el régimen actual e instalar al reconocido presidente de Venezuela, Juan Guaidó (citado en Sputniknews, 08/05/2020). 

Por otra parte, la mezquindad del gobierno de Estados Unidos ha llegado a tal grado que frenó la votación del Consejo de Seguridad para una resolución de la ONU para el “cese al fuego global durante la pandemia”, la razón de la objeción es que en la redacción se menciona a la OMS: “Diplomats told AFP that the language used in the draft to describe the World Health Organization was behind the US move to prevent the vote[1]” (AFP, 08/05/2020). Este organismo ha sido acusado por el presidente Trump de haber incumplido sus obligaciones y de aliarse al gobierno chino.

Pero más allá de esta consideración, no debemos perder de vista que la guerra es un negocio jugoso y eso explica el por qué el aparato industrial-militar de Estados Unidos no puede dejar de operar. Si no existe guerra, la normal es generarla, eso explica por qué no está de acuerdo con la propuesta de “cese al fuego”. Es importante recordar que en 2018 el gasto militar en el mundo alcanzó la cifra histórica de 1.8 billones de dólares, encabeza la lista Estados Unidos con 649 000 millones de dólares, que significa 36 por ciento del total y supera a China en alrededor de 200 por ciento, que es el segundo país más representativo en gasto militar, después de Estados Unidos.

No cabe duda de que estamos viviendo una nueva era, que bien podría caracterizarse como la “nueva guerra fría”, donde Estados Unidos no tolera ni siquiera a los llamados “progresistas” quienes, salvo Venezuela de Hugo Chávez, que se declaró socialista, han mantenido una línea de abierta coexistencia con un régimen de economía capitalista y neoliberal. Una de tantas manifestaciones del gobierno de Estados Unidos hacia los gobiernos progresistas son las declaraciones desafortunadas de Mauricio Claver-Carone, enviado del gobierno de la Casa Blanca para la toma de posesión del nuevo gobierno de Argentina, Alberto Fernández:

Jorge Rodríguez y Maduro no le traen ningún beneficio a la Argentina, Evo Morales no le trae ningún beneficio a la Argentina. Rafael Correa no le trae ningún beneficio a la Argentina", […]. "Estos dictadores de segunda y tercera categoría" estaban amenazando y secuestrando al "hemisferio" (RT. Noticias, 11/12/ 2019).

Mauricio Claver-Carone es el asesor del presidente Donald Trump para Asuntos Hemisféricos, ha estado en el tema de los acuerdos en temas migratorios y de refugio con los países del norte de Centroamérica, los cuales se concretaron en acuerdos de Tercer País Seguro. Recientemente, frente a las declaraciones del presidente de Guatemala, Alejandro Giammattei, en el sentido de que Estados Unidos estaba deportando a migrantes contagiados con COVID-19, donde expresó que “eso de aliados con Estados Unidos no es cierto. Guatemala es aliado de los Estados Unidos, Estados Unidos no es aliado de Guatemala” (Morales, 2020), la reacción del asesor de Trump fue:

Estados Unidos no solo es aliado de Guatemala, es el mejor aliado que tiene Guatemala. Entendemos el hecho de que es un gobierno que lleva cuatro o cinco meses y en ese tiempo ha tenido que enfrentar una pandemia lo cual no ha sido fácil, —pero— buscar echarle la culpa a su mejor aliado no es productivo (Morales 2020).

Claver-Carone, aseguró que el gobierno guatemalteco tiene la responsabilidad humana y legal de recibir a sus deportados, “no es un favor el que nos hace”.

Frente al surgimiento de la nueva versión de guerra fría y de la renovación de la Doctrina Monroe, la mayoría de los gobiernos de América Latina están asumiendo un papel de colonizados, fieles a la tradición histórica. El caso más reciente es la formación del llamado Grupo de Lima con el propósito de doblegar al gobierno de Nicolás Maduro. Así mismo, el papel de la OEA ha sido vergonzante al ponerse al servicio del gobierno de Estados Unidos, su alineamiento ha sido total, no sólo para el caso de Venezuela, también para Nicaragua y Cuba, en cambio ha sido tolerante a los gobiernos de Honduras y Guatemala.

Por otra parte, en el contexto de esta crisis, Estados Unidos está desafiando a China, Rusia, India, y a Corea del Norte momentáneamente lo ha dejado de lado. Con México todavía no es claro que ocurrirá si Trump pierde la elección, por lo pronto se mantendrá la línea dura sobre el control migratorio. ¿Qué es lo que mantiene el gobierno de Washington en esta postura? La historia se ha acelerado, después de la caída del socialismo real, y el auge del neoliberalismo Estados Unidos se ubicó en un lugar de indiscutible poder. Sin embargo, en el presente, aunque mantiene un poder innegable en la escena mundial, también es claro que presenta serias fisuras frente al avance de un mundo multipolar, que están limitando su poder en varios campos.

Samir Amín hace una crítica certera sobre la idea simplista de que “la posición de un país en la jerarquía global viene definida por su capacidad para competir en el mercado mundial”. Contrario a este planteamiento, propone que tal jerarquía está sustentada en lo que denomina “los cinco monopolios del capitalismo” (1999. 17-9), estos son: 1) monopolio tecnológico; 2) control de los mercados financieros mundiales; 3) acceso monopolista a los recursos naturales del planeta; 4) monopolio de los medios de comunicación; y 5) monopolio de las armas de destrucción masiva.

Estos monopolios se han convertido en oligopolios porque ahora son compartidos por países emergentes, en particular China, Rusia e India que disputan el campo tecnológico, tanto civil como militar; es cierto que todavía se mantiene la hegemonía del dólar pero hay contrapesos, no sólo por el papel del Euro sino también por la presencia de los poderosos bancos chinos y el uso de criptomonedas; el acceso a los recursos naturales no es exclusivo de Estados Unidos, China ha venido comprando tierras, controla sectores estratégicos en materia de minería, en particular lo que se conoce como tierras raras; los medios de comunicación no están centrado en la cadena CNN, también las agencias rusas y chinas juegan un papel de primer orden; y las armas de destrucción masiva han salido del control de Estados Unidos, este tema es una de sus preocupaciones, de ahí que mantenga fuertes presiones sobre Irán y Corea del Norte, mientras que rusia es muy probable que tenga ventajas frente a Estados Unidos.

 

Reflexión final

Son tiempos de crisis profunda que muestra los límites del sistema-mundo. En estas circunstancias, quizá debiéramos comenzar a tomar en serio la revisión de los marcos teóricos que tienen como base el sistema-mundo. Dejar de sobredimensionar el crecimiento económico, medido por el Producto Interno Bruto, en tanto que nervio del capitalismo. Quizá avanzar en lo que ha intentado plantear el presidente de México sobre volver la vista a la felicidad, en lugar de preocuparse por el crecimiento. Alejarse de la barbarie. Quizá la felicidad tenga mucho de subjetivo, quizá deberíamos utilizar un indicador como la salud integral que es síntesis de múltiples factores: ambiental, social, político, cultural. La buena salud puede traducirse en felicidad, en tanto que significaría ausencia de dolor. Esto pasa por una reestructuración de los sistemas alimentarios, la baja de consumos de sustancias tóxicas: tabaco, alcohol y la diversidad de drogas que hoy se consumen masivamente.

 

 

 

Referencias

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[1] “Los diplomáticos le dijeron a AFP que el lenguaje utilizado en el borrador para describir la Organización Mundial de la Salud estaba detrás de la medida de Estados Unidos para evitar la votación”.

 

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