El pegajoso mito del crecimiento económico y la crítica al desarrollo

O grudento mito do crescimento econômico e as críticas ao desenvolvimento

The sticky myth of economic growth and the critique of development

 

 

Eduardo Gudynas

Investigador principal,

Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES),

Montevideo, Uruguay.

egudynas@adinet.com.uy

 

 

Resumen: Partiendo de una confesión de la CEPAL del agotamiento del desarrollo, se analizar el papel otorgado a las ideas de crecimiento y desarrollo, su construcción histórica y algunas críticas recientes. A pesar de las distintas variedades de desarrollo aplicadas en América Latina, todas comparten la adhesión al crecimiento económico como atributo indispensable del desarrollo. Se identifica a la idea de crecimiento entre los elementos que integran el basamento conceptual y afectivo que sostiene a todas las variedades de desarrollo, y por ello se vuelve inmune a críticas y evidencias. Se discute esa confesión de la CEPAL frente a las experiencias de desarrollo bajo los progresismos y entre la pandemia por Covid-19, donde se repite el apego al crecimiento económico. Se concluye que, para desmontar el mito del crecimiento, el primer paso es abordar ese cimiento, tanto en sus conceptos como sensibilidades, romper su blindaje y ofrecer alternativas más allá de todas las variedades del desarrollo.

 

Palabras clave: desarrollo; variedades de desarrollo; crecimiento económico; América Latina; estudios críticos del desarrollo.

 

Resumo: Partindo de uma confissão da CEPAL sobre a exaustão do desenvolvimento, é analisado o papel dado às idéias de crescimento e desenvolvimento, sua construção histórica e algumas críticas recentes. Apesar das diferentes variedades de desenvolvimento aplicadas na América Latina, todas compartilham a adesão ao crescimento econômico como um atributo indispensável do desenvolvimento. A idéia de crescimento é identificada entre os elementos que compõem a base conceitual e afetiva que suporta todas as variedades de desenvolvimento e, portanto, torna-se imune a críticas e evidências. Essa confissão da CEPAL é discutida considernado as experiências de desenvolvimento dos governos progressistas e entre a pandemia de Covid-19, onde se repete o apego ao crescimento econômico. Conclui-se que, para desmantelar o mito do crescimento, o primeiro passo é abordar essa base, tanto em seus conceitos quanto em suas sensibilidades, quebrar seu escudo e oferecer alternativas além de todas as variedades de desenvolvimento.

 

Palavras-chave: desenvolvimento; variedades de desenvolvimento; crescimento econômico; América Latina; estudos críticos de desenvolvimento.

 

Abstract: Starting from an ECLAC confession of the exhaustion of development, the role given to the ideas of growth and development is analyzed, including a review of its historical construction and some recent criticisms. Despite the different varieties of development applied in Latin America, they all share a commitment to economic growth as an indispensable attribute of development. The idea of growth is identified among the elements that make up the conceptual and affective foundations that supports all varieties of development, and therefore becomes immune to critiques and facts. This confession of ECLAC is discussed considering development strategies by progressivist governments and also facing the Covid-19 pandemic, where the attachment to economic growth is repeated. It is concluded that to dismantle the growth myth, the first step is to tackle that foundation, both in its concepts and sensibilities, break its shield and offer alternatives beyond all varieties of development.

 

Key words: development; varieties of development; economic growth; Latin America; critical studies of development.

 

Fecha de recepción: 12 de mayo de 2020.

Fecha de aceptación: 29 de junio de 2020.

 

 

Introducción

A inicios de 2020, ocurrió un hecho notable en la temática del desarrollo en América Latina. La secretaria de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) admitió en una entrevista que las estrategias de desarrollo que se habían seguido en el continente estaban agotadas. (América Latina ha perdido el tren de la política industrial y la innovación 2020) En esa confesión resaltó además el bajo crecimiento económico de la región junto a otros factores, tales como la desigualdad o la ausencia de políticas en industrialización e innovación. Días más tarde, al señalarse la relevancia de haber admitido ese fracaso, la CEPAL respondió con nuevos llamados al crecimiento económico para justificar un cambio de rumbo en el desarrollo.

Estamos ante un hecho muy relevante ya que primero se admite el fracaso del desarrollo, no en una de sus expresiones, sino en todas las que se aplicaron en América Latina, pero luego, cuando se postula una solución, se vuelve a invocar al desarrollo. Es llamativo que se busque una solución en una postura que se acaba de describir como fracasada. Tanto en el primer paso como en el segundo, la idea de crecimiento económico tiene un papel muy destacado, y ello explica, en parte, que otra vez se vuelva a pensar en el desarrollo, confirmando la íntima relación entre esos dos conceptos.

Este caso no es inusual y en varias ocasiones se observa que por un momento se admite el fracaso del sueño del desarrollo, pero de todas maneras se vuelve a este. Se admite que el crecimiento económico no puede ser una meta privilegiada, pero enseguida se lo vuelve a buscar. Es como si fuera casi imposible pensar más allá del desarrollo y del crecimiento. Precisamente esta particularidad es abordada en este artículo siguiendo una serie de pasos para poder analizar esa confesión de la CEPAL.

En primer lugar se repasa la conformación histórica de las ideas de desarrollo y crecimiento económico, para luego abordar algunas de sus expresiones recientes en América Latina, y que explican apegos como los de la CEPAL. Seguidamente se abordan algunas de las razones por las cuales esos conceptos se consolidaron y generalizándose, argumentándose que ello se debe a que se insertaron en ideas previas basadas en la defensa del progreso, que se originaron en el siglo XVIII, y que se volvieron dominantes en América Latina. Esto permite explicar que más allá de las distintas variedades de desarrollo, existen unas concepciones básicas compartidas, y entre ellas se encuentra la de crecimiento económico.

El análisis sigue la perspectiva de los estudios críticos sobre el desarrollo. Se reconoce que existen múltiples versiones del desarrollo y para ello se utilizar el concepto de variedades de desarrollo, derivado e inspirado en el de variedades de capitalismo (en el sentido de Gudynas 2016). Se considera además que el desarrollo se expresa en distintos niveles, distinguiéndose entre las acciones, los planes y estrategias sectoriales, las posiciones básicas (como son las variedades de desarrollo capitalista o socialista), y que todas ellas descansan sobre un mismo núcleo de ideas básicas compartidas (como se explica en Gudynas 2017). Es en esos cimientos, comunes a muy distintas miradas económicas e ideológicas, donde se ubica el crecimiento económico como indispensable para el desarrollo.

 

El apego al crecimiento económico

A inicios del 2020, casi al mismo tiempo que desde la CEPAL, se admitía el fracaso del desarrollo, los gobiernos, empresarios y analistas discutían sobre las perspectivas de crecimiento económico como un dato fundamental para sus previsiones anuales. Por ejemplo, en Chile, el presidente Sebastián Piñera afirmó: “Yo sé que algunos creen que el crecimiento económico no es un elemento central, yo quiero discrepar” (La Tercera 2020). Esos dichos expresaban ese común entendimiento de concebir al crecimiento económico como indispensable, y en su caso lo consideraba determinante para responder a las protestas ciudadanas que habían estallado meses atrás. Casi al mismo tiempo, del otro lado de los Andes, el presidente de Argentina, Alberto Fernández afirmaba: “que el país primero debía crecer económicamente para poder enfrentar sus dos mayores problemas, que eran a su juicio la deuda externa y la pobreza” (Presidente Fernández afirma que Argentina primero debe crecer para luego pagar deuda externa 2020). Mirando un poco más allá, en Brasil, el presidente Jair Bolsonaro estaba decepcionado en saber que el país había crecido muy poco en el año anterior, apenas 1,1 % en 2019, o sea por debajo de la anterior administración de Michel Temer (Bolsonaro cobra Guedes a entregar crescimento mínimo de 2% neste ano 2020). Bolsonaro exigía un mayor crecimiento para el 2020, y le reclama a su conocido ministro de economía, Paulo Guedes, que por lo menos se debía alcanzar el 2%. Como puede verse, desde todo tipo de posiciones ideológicas se discutía sobre desarrollo, y ese debate una vez más se centraba en el crecimiento económico.

La situación cambió dramáticamente con la irrupción de la pandemia de Covid19 en América Latina. Las medidas en salud pública pasaron al primer plano y respuestas como las cuarentenas desencadenaron todo tipo de efectos económicos. Pero a pesar de la centralidad de la crisis sanitaria, rápidamente regresaron las discusiones sobre el crecimiento económico. En esa nueva situación, la alarma estaba en reconocer que habría un crecimiento “negativo”, o sea la contracción de las economías nacionales; la CEPAL predice con alarma una caída del 5,3 del PBI (CEPAL 2020). Seguidamente se discutían los medios para retomar el crecimiento, tales como aumentar las exportaciones o atraer las exportaciones. El dolor por la falta de crecimiento se combinó con el ansia por más crecimiento económico.

Esta insistencia en el crecimiento económico, aún bajo una situación tan dramática como la pandemia de Covid19, corresponde a entender que este es la esencia o un componente esencial e indispensable del desarrollo. Esa racionalidad considera que si la economía crece se generan derrames económicos que serán beneficiosos para la sociedad, tales como demandar empleo, mejorar los servicios en salud y educación, o incrementar el consumo y el bienestar, y estas y otras consecuencias son las que implican el desarrollo. El presidente Piñera ilustraba esto al señalar que “como muchas veces lo hemos dicho, y a veces se olvida, el crecimiento económico es algo fundamental para la calidad de vida de los chilenos”. Dicho de otro modo, el bienestar solo es posible allí donde crece la economía.

Las ideas del desarrollo y el papel del crecimiento económico pueden rastrearse a inicios del siglo XX. Un antecedente clave es J. A. Schumpeter, cuyo texto original en alemán se publicó en 1912, y que en 1944 ya estaba disponible en castellano como una “teoría del desenvolvimiento económico”[1]. Le siguieron otros aportes ahora considerados clásicos, como fue el texto de W.A. Lewis de 1955 que en inglés era la “teoría del crecimiento económico” y en castellano fue presentado como “teoría del desarrollo económico” en 1958. Esta edición en castellano contiene un Apéndice donde Lewis defiende su idea de desarrollo como crecimiento dejando en claro vinculaciones con elementos clave como el bienestar o el control de la Naturaleza. Afirma, por ejemplo, que la “ventaja del desarrollo económico no consiste en que la riqueza aumente la felicidad, sino que aumenta las posibilidades humanas de elección” o que “éste da al hombre un mayor dominio sobre el medio en que vive y, por lo tanto, aumenta su libertad” (Lewis 1958, 467-8).

Con la publicación de “Las etapas del crecimiento económico” de W. Rostow en castellano en 1961, se dio un paso más en colocar al crecimiento como un elemento indispensable dentro de un esquema más amplio del desarrollo. Esquemáticamente podría decirse que el crecimiento sería el motor del desarrollo, permitiendo el avance desde posiciones rotuladas como atrasadas a otras que eran visionadas como avanzadas. El desarrollo se desplegaba en una linealidad histórica que explicaba el pasado y a la vez anunciaba un futuro. En esto se aplican las conocidas etiquetas de países subdesarrollados y desarrollados, donde los primeros ponían a los segundos como metas a imitar y alcanzar. Estas posiciones eran a su vez parte de una perspectiva política y geopolítica, claramente expresadas en el discurso del presidente H. Truman de 1949 (véase, por ejemplo, Esteva 1992; y que a su vez encauzó la ayuda internacional, véase Macekura 2013).

El contenido ideológico en todo esto no pasa desapercibido, ya que debe recordarse que el subtítulo del manual de Rostow era “Un manifiesto no comunista”. Desde las ideas de Truman al papel desempeñado por Rostow, el desarrollo como crecimiento comenzó a difundirse de la mano de la “ayuda internacional al desarrollo”, con sus ejércitos de expertos, financiamiento, nuevas instituciones (como los “bandos” del desarrollo), diplomacia y hasta intervenciones militares. Por esos y otros medios, estas ideas a inicios de los años 60 eran dominantes (análisis sobre este proceso en Arndt 1978).  

Se comenzaron a utilizar con mucha mayor frecuencia los indicadores numéricos (como el producto bruto interno), se fortalecieron las contabilidades nacionales, y se diseminaron los modelos matemáticos (como el Harrod-Domar o el Rosenstein-Rodan). Eran instrumentos que a juicio de los economistas servían para diagnosticar el desarrollo y trazar planes hacia el futuro (Unceta 2015). Además, fácilmente se insertaron en otras corrientes que tenían direcciones similares, tales como los reclamos por la modernización en América Latina, donde se describía un “desarrollo social” que se articulaba con otro económico (por ejemplo, en 1963 la CEPAL lanzó el informe “El desarrollo social de América Latina en la postguerra”; el sentido de la modernización se muestra por ejemplo en Germani 1969).

No es posible resumir todos los ensayos y discusiones sobre desarrollo que seguidamente tuvieron lugar en América Latina, pero a los efectos del presente análisis es importante advertir sobre algunos puntos. Tanto las posiciones convencionales, al estilo de Lewis o Rostow, como las reacciones heterodoxas, como pudieron ser las de Raúl Prebisch desde la CEPAL y los estructuralistas, o más contestarias, como las distintas versiones del dependentismo o incluso del marxismo regional (ilustradas por F.H. Cardoso, Enzo Faletto, Celso Furtado, Theotonio dos Santos, Ruy Mauro Marini, y muchos otros), todas ellas aceptaban que debía existir algún tipo de desarrollo, y que este avanzaba por medio del crecimiento. La “impugnación de la ortodoxia no vino a cuestionar la cada vez mayor identificación del desarrollo con el crecimiento” como advierte Unceta (2015). En el caso específico de los dependentistas, el paso de los años permite reconocer que terminaron asumiendo “la mayor parte de los postulados de la teoría convencional del desarrollo, aunque busca diferentes vías para alcanzar sus objetivos” (Munck 2017).

Se discutían problemas tales como las vías para la industrialización, la asimetría en el comercio internacional y el deterioro de los términos de intercambio entre el valor de las materias primas exportadas y los bienes de capital importados, la distribución de la renta, o la propiedad de la tierra, las fábricas o la banca. Fueron comunes las miradas sobre los “obstáculos” al desarrollo, donde se enfrentaban políticas para crecer más y mejor, e incluso se insistía en que el desarrollo era un “derecho” de los pueblos (ejemplos de estos y otros abordajes en Aguilar Monteverde 1967; Thesing 1979; también el resumen en Sheahan 1990 y en Urquidi 2005).

Es especialmente interesante que los distintos marxismos y dependentismos latinoamericanos quedaron en su mayoría enmarcados en esa perspectiva. Recordemos que Paul Baran, un destacado, aunque no siempre reconocido inspirador de muchas de esas corrientes, publicó en 1957 el libro “La economía política del crecimiento”, que fue traducido al castellano dos años después. En un revelador pasaje, Baran da por sentado que son intercambiables crecimiento y desarrollo, y lo define como “el incremento de la producción per capita de bienes materiales” en el tiempo (Baran 1959, 69). El socialismo, a juicio de Baran, impone otro orden social, y eso haría posible un “crecimiento económico y cultural” basado en la “inagotable fuerza de la naturaleza” (Baran 1959, 364).

Situaciones similares se repitieron en el espacio de las instituciones multilaterales, la banca y otros sectores empresariales. Por ejemplo, en 1992, el entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), presentaba la agenda económica para los siguientes años multiplicando las dimensiones del desarrollo que se debían atender, incorporando por ejemplo metas en pobreza o ambiente, pero de nuevo apuntaba al crecimiento económico, desplazando la discusión a cómo lograrlo manteniendo los equilibrios macroeconómicos básicos y asegurando cierta justicia social (Iglesias 1992).

Aquellos debates languidecieron a medida que las estrategias de desarrollo amparadas en las posturas neoliberales se diseminaron. Estas reforzaron la adhesión al crecimiento económico, tanto como parte de sus propuestas macroeconómicas como por su sesgo político de mercantilizar la vida social (véase, como ejemplo de evaluación en esos años a Foxley 1988; una revisión más reciente en Saad Filho 2005). A su vez, aún en los casos en que el pretendido crecimiento no ocurría, de todos modos, los gobernantes y la academia reclamaban “sacrificios” para retomar el sendero del crecimiento.

La situación cambió a fines de la década de 1990, y seguidamente, en la década de 2000, proliferaron ensayos de otros modos de organizar el desarrollo, incluyendo cambios en el papel del Estado, la regulación de los mercados y las políticas públicas. Aquel ímpetu se debió a los gobiernos progresistas, cuyos ejemplos más conocidos fueron el novo desenvolvimento conducido por el Partido de los Trabajadores (PT) con Lula da Silva en Brasil, el nacionalismo popular de las administraciones de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, la revolución ciudadana promovida por Rafael Correa y sus apoyos políticos en Ecuador, el Movimiento al Socialismo de la presidencia de Evo Morales en Bolivia, o el socialismo del siglo XXI promovido por Hugo Chávez en Venezuela. Una vez más estamos frente a distintas variedades de desarrollo, que tuvo posiciones moderadas por ejemplo en Brasil y Uruguay, a otras más radicales como las de Venezuela o Bolivia, donde frecuentemente se citaban a Marx o Lenin para rediseñar el desarrollo.

Pero también compartían ideas tales como concebir al desarrollo como un proceso esencialmente político, donde el Estado podía intervenir apelando a distintos procedimientos. Esa particularidad y otras permite diferenciarlos de las políticas aplicadas por los gobiernos previos neoliberales o conservadores. Pero, de todos modos, los desarrollismos propios del progresismo compartieron el apego al crecimiento económico como motor de un desarrollo que, otra vez, también era interpretado como lineal. Son posiciones que han sido analizadas desde distinto modo, pero a los fines del presente artículo, son variedades de desarrollo que se mantienen dentro del capitalismo, cada una con su sesgo o énfasis, y con diferentes retóricas de legitimación.

Ese auge progresista, también calificado como nueva izquierda, a medida que se agotó fue suplantado por distintos gobiernos conservadores (como en Argentina) y de extrema derecha (como Brasil). En estos se mantiene otra vez la prosecución del crecimiento, pero cambian las formas de organizar el desarrollo y los discursos que lo justifican.

La confesión de la CEPAL citada al inicio de este artículo se inserta en este largo derrotero. Cuando se dice que fracasó el desarrollo de una manera u otra, esta historia está por detrás.

 

Crítica y permanencia del crecimiento económico y el desarrollo

Casi al mismo tiempo en el que se consolidó la esencialidad del crecimiento en el desarrollo, surgieron los cuestionamientos. Esa crítica es voluminosa, y no es necesario repetirla en sus detalles aquí, pero si señalar algunos de sus aspectos para el presente análisis.  

Como se adelantó arriba, los cuestionamientos más visibles alrededor del crecimiento no lo ponían en duda como una meta en sí misma, sino que debatían entre distintos modos de alcanzarlo. En ese tipo de discusiones habría un crecimiento negativo, regresivo o inefectivo, y existiría otro, que sería positivo, efectivo y virtuoso. De este modo, no se plantean alternativas a la centralidad del crecimiento, sino que se discute entre distintas formas de crecer. El propio Lewis (1958, 469) reconocía una contracara o costos del crecimiento económico, y entendía que por esa razón las actitudes hacia el desarrollo eran ambivalentes. Aún más agudas fueran los tempranos cuestionamientos de Galbraith sobre un desarrollo consumista orientado al lujo donde la meta no debería ser maximizar el crecimiento sino asegurar acceso a bienes como alimentos, vestimenta, vivienda, etc. (Galbraith 1964).

Otros abordajes negaban la asociación directa del crecimiento con el desarrollo. Existieron redefiniciones del desarrollo ampliándolo a dimensiones más allá de la económica para incorporar otras como las sociales o ambientales. De ese modo, el crecimiento perdería su papel determinante, y el desarrollo es defendido como un proceso múltiple, pero aún en esos casos no desaparecía. Esta es una posición muy común entre las agencias de Naciones Unidas, y sus expresiones más claras son las propuestas de desarrollo humano o desarrollo sostenible. El ejemplo latinoamericano más claro fue el programa de “transformación productiva con equidad” y sustentabilidad de la CEPAL, que intentaba acompasar medidas ambientales con el crecimiento (CEPAL 1991).

También se hicieron duras críticas al crecimiento en sí mismo por sus consecuencias sociales (por ejemplo, en Hirsch 1984) y ambientales como mostró con toda claridad el informe al Club de Roma en 1972 (Meadows et al. 1972). En efecto, existe una imposibilidad ecológica de un crecimiento perpetuo de las economías ya que recursos como el petróleo o los minerales, son finitos, y del mismo modo, la capacidad de los ecosistemas para lidiar con los impactos también está acotada. En un mundo finito es imposible un crecimiento infinito (la cuestión se analiza con ejemplos latinoamericanos en Gudynas 2019). La evidencia que se acumuló en los últimos cincuenta años refuerza esas advertencias, donde el cambio climático es la más evidente, y deja en claro que no habría un futuro viable si persiste la obsesión con el crecimiento económico y el consumismo material (Víctor 2010). Una nueva andana de críticas se organizó sobre todo en Europa occidental y desde el ámbito académico bajo el paraguas del “decrecimiento” (véase D’Alisa et al. 2015, pero además a Unceta 2015 por el contexto de esa corriente dentro de los estudios críticos del desarrollo).

Es evidente que ninguna de esas advertencias, críticas o denuncias tuvieron efectos sustantivos en la centralidad del crecimiento económico ni en el imaginario del desarrollo. Todo eso es muy evidente cuando se observan las prácticas latinoamericanas más recientes. Como era esperable, en sus expresiones conservadoras, neoconservadoras o neoliberales, el crecimiento económico mantuvo su centralidad. Un caso notable ocurre con Chile ya que fue presentado por años como ejemplo de buenos ritmos de crecimiento económico y reducción de la pobreza. Sin embargo, el paraíso de bienestar que todos los años se prometía, nunca se alcanzó, y la acumulación desigualdades e injusticias en sectores clave como salud, educación o protección social sin duda contribuyó en precipitar el estallido social de fines de 2019. Chile, que era exhibido como modelo de crecimiento económico, se convirtió de un día al otro en lo opuesto, en la demostración de la insuficiencia del crecimiento. Pero a pesar de la enorme crisis política, de todos modos, el presidente Piñera volvía a apostar al crecimiento económico tal como se indicó más arriba.

Pero lo que es notable que las estrategias heterodoxas que ensayaron los gobiernos progresistas, incluso aquellas que se presentaban como anti-capitalistas o anti-imperialistas, de todos modos repitieron esa adhesión (un ensayo de revisión desde los estudios críticos del desarrollo en Gudynas 2020).

Esto queda en claro cuando se examina el papel desempeñado por los extractivismos (emprendimientos mineros, petroleros, agropecuarios y de otros sectores, estructurados para la exportación de materias primas). Ninguna de las variedades de desarrollo progresistas rompieron con los extractivismos, aunque se organizaron de otros modos, en varios casos con directa participación del Estado (por ejemplo por medio de empresas estatales), mayor captura de excedentes económicos en algunos sectores (especialmente petróleo), y en legitimarlos como necesarios para financiar acciones contra la pobreza (véanse por ejemplo revisiones que pare distintos países ofrecen Cypher 2010; Ban 2013; Nem Singh 2014; Ramírez 2014). La legitimación discursiva del crecimiento puede cambiar, e incluso se lo puede presentar como inevitable para atacar la pobreza, pero de todos modos está presente como ingrediente clave en una variedad de desarrollo que finalmente sigue siendo capitalista.

Entretanto, los gobiernos progresistas ejecutaron políticas en justicia social que ampliaron los instrumentos de ayudas monetarizadas, lograron reducir la pobreza y junto a otras medidas también mejoraron el consumo. Pero de todos modos persistieron desigualdades en otras dimensiones, como el limitado acceso al agua potable, saneamiento o salud, persistieron o agravaron las violaciones a los derechos humanos tanto en las ciudades como en el campo, y no se detuvo la violencia.

Se produce de ese modo una situación muy tensionada donde se pregonaba un nuevo desarrollismo que buscaba el crecimiento para lograr la inclusión social, pero a la vez otros componentes de la justicia social se deterioran. Esto fue evidente por ejemplo bajo la coalición liderada por el Partido de los Trabajadores en el gobierno Lula da Silva, que tal como advierte Lavinas (2017), fue una articulación del consumo de masas con un desarrollismo extractivista y financiarizado. Por su propia naturaleza, el mantenimiento del consumo y de los programas de asistencia a los más pobres requería mantener el crecimiento económico, y eso era posible por medio de los extractivismos.

Esas mismas condiciones requerían mantener el crecimiento económico a toda costa, y con ello se buscaba atraer la inversión y aumentar las exportaciones, en su mayoría de materias primas. Ese apego al crecimiento nunca fue negado por los teóricos del nuevo desarrollismo brasileño ya que entiende que su “aspecto dominante” es la “transformación económica” y su resultado principal sería el “crecimiento” de las condiciones de vida de modo necesario, autónomo y automático (Bresser-Pereira, 2003: 32). Similares condiciones se repitieron en otros países (Boschi 2011; Gaitán y Boschi 2015). Es más, algunas de las críticas que desde la izquierda convencional se hacían a esos gobiernos estaban basadas en que no lograban un verdadero desarrollo (como ilustra De Paula 2005 con su “adiós al desarrollo” en Brasil).

Incluso en casos más extremos, como los de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa en Ecuador, se proponía incrementar los extractivismos para salir de ellos en un futuro (Ecuador 2009). La lógica que estaba allí era, una vez más, rostowniana, en tanto planteaban acumular capital a partir de la exportación de materias primas para intentar después una diversificación productiva y un “salto” en las etapas de desarrollo

Todas estas experiencias recientes son muy importantes al mostrar que tanto en variedades de desarrollo capitalista como las que esgrimían discursos en contra del capitalismo, mantuvieron el objetivo del crecimiento económico. Se discutía si se crecía bien o mal, si la tasa era suficiente o insuficiente, la participación del Estado o de los privados, o los modos de distribuir sus supuestos beneficios, entre variados elementos, pero no se cuestiona su necesidad.

 

 

 

 

Las raíces del desarrollo

El análisis de las secciones anteriores muestra que la adhesión al crecimiento económico está muy fuertemente arraigada. La aspiración y defensa del crecimiento se repite en muy distintas posturas ideológicas y por muy diferentes agrupamientos político partidarios. Ni siquiera los intentos más heterodoxos y rupturistas en el campo del desarrollo, como fueron alguno de los gobiernos progresistas, lograron romper con esa adhesión. Se generó una situación donde la relevancia del crecimiento no se pone en duda, sino que se debate cómo crecer y cómo distribuir los posibles beneficios. Esto expresa que ese componente es un elemento compartido por todas las variedades de desarrollo.

En el marco de análisis que distingue entre diversos niveles para una crítica al desarrollo, esos elementos compartidos en todas sus variedades corresponden al llamado nivel cero. Recordemos que el nivel 3 aborda las acciones específicas vinculadas al desarrollo, como pueden ser la aprobación de un proyecto minero o la construcción de viviendas, y el nivel 2 se refiere a los programas sectoriales, como pueden ser los de mitigación de la pobreza o de captación de inversión extranjera. En estos dos ámbitos operan muchos de los análisis clásicos en políticas económicas y sociales, incluyendo las evaluaciones sobre los efectos en promover el crecimiento económico o en mejorar las condiciones sociales. 

El nivel 1corresponde a las grandes perspectivas conceptuales que describen y organizan el desarrollo, que usualmente son descritas como modelo, ideología o cultura. Allí están ubicadas las bases conceptuales que describen variedades que se pueden agrupar por consideraciones económicas (por ejemplo, capitalistas y socialistas), políticas (neoliberal, conservador, progresista, socialista, etc.), o de otros modos. Podrían ser descritas como las grandes “familias” en el desarrollo (el reconocimiento de los niveles sigue a Gudynas 2017).

Lo que se evidencia con las experiencias latinoamericanas, así como en otros sitios, es que existen unos componentes previos, aún más profundos, que son compartidos por todas esas variedades de desarrollo descritas desde el nivel 1 y en todas sus derivaciones. El caso que aquí se analiza muestra que el apego al crecimiento económico está presente en todas ellas. Esto corresponde al llamado nivel cero descrito para las bases que son conceptuales, pero también sensibles de todas las ideas de desarrollo contemporáneas. Son las raíces conceptuales y afectivas de los entendimientos sobre el desarrollo. Allí se ubican, junto al crecimiento económico, otras concepciones como la pretensión de entender el desarrollo como un proceso lineal, universal y progresivo, la separación sociedad y Naturaleza, o la creencia en soluciones científico tecnológicas como certeras.

Es importante advertir que ese nivel no descansa en una racionalidad objetiva, sino que está embebido en afectividades y creencias, que son las que justamente blindan a sus componentes contra todas críticas y evidencias. Esto explica que el crecimiento se transforme en un “mito pegajoso”. Lo es en tanto permanece adherido una y otra vez a la idea de desarrollo a pesar de más de 50 años de cuestionamientos. Es además un mito en el sentido que representa narraciones fantasiosas, donde el crecimiento sería casi un héroe con poderes divinos, revestido de admiración, y que es asumido universalmente. No se pretende utilizar una definición precisa de mito, pero si dejar en claro que discurren por medio de ritos (como los actos celebratorios de ministros que festejan los aumentos del PBI), pero además se crean realidades para quienes los defiende y replican (tienen capacidades performativas por lo cual se actúa como si realmente todo país estuviera representado en las gráficas del PBI). Esto no puede sorprender porque el desarrollo, en sus concepciones básicas, opera como una religiosidad, como un acto de fe, que lo vuelve inmune a sus fracasos y se reproduce constantemente desde la práctica de sus feligreses.

 

Progreso y desarrollo en perspectiva histórica

Las raíces conceptuales y afectivas propias de ese nivel cero del desarrollo se conforma históricamente. No sería serio ni riguroso postular que elementos como el crecimiento económico ocurrió automáticamente después de la publicación de manuales como los de Lewis o Rostow, como si esas ideas fuesen tan poderosas y atractivas que bastaron esas publicaciones para convencer a casi todos y convertirse en una idea central del desarrollo en las décadas siguientes. La conformación de ese nivel cero no se construye en unos pocos años, sino que implica un largo proceso en moldear la cultura, las ideologías y hasta las sensibilidades.

Si bien la defensa del crecimiento se consolidó a mediados del siglo XX, eso fue posible porque las ideas del desarrollo se apoyaron y fusionaron, a su vez, en las concepciones del progreso, las que tenían una historia mucho más larga. Es más apropiado considerar que estamos ante un proceso histórico, lento y complejo, que puede resumirse, muy esquemáticamente, como una secuencia entre las concepciones del progreso al desarrollo y luego al crecimiento económico. Esta secuencia ocurrió por lo menos desde el siglo XVIII, y es por ello que pudo sumar a las elites políticas y económicas, e incluso recibió un amplio respaldo ciudadano, en tantos países.

A partir del siglo XVIII la idea del progreso poco a poco se convirtió en dominante, incorporando y organizándose con otros conceptos clave como los de libertad o soberanía, y a su vez, apoyándose en el saber científico (Nisbet 1996). Esto a su vez resultaba de diferentes cambios en Europa sobre cómo concebir el saber, la razón, la vida en sociedad y los vínculos con la Naturaleza (se encaminaba una “cultura” del crecimiento en sentido de Mokyr 2017).

En aquellas concepciones de progreso ya existían muchas superposiciones con el comercio y el mercado, que en muchos entendidos corresponde a lo que hoy concebimos como crecimiento económico, tal como se evidencia por ejemplo en Adam Smith, A.-R. Turgot o Thomas Malthus. En el siglo XIX todo eso reforzó mucho más, articulándose con ideas como las de evolución de las especies de plantas y animales, con las reformas de positivistas como Auguste Comte, o incluso con la crítica de K. Marx (véase Nisbet 1996).

Ellos y otros, cada uno a su manera, reivindicaban la necesidad de progresar de una situación que se consideraba inferior, más negativa, o moralmente cuestionable, para dar paso a otra tipificada como superior, mejor y moralmente deseada. En ese esquema encaja perfectamente la idea de crecimiento, ya que se lo interpretaba como si fuera el crecimiento de un organismo desde estadios infantiles a otros maduros. A su vez, el traslado de ese esquema a modelos como los de Rostow es comprensible.

Todas esas ideas alcanzaron a América Latina de variadas maneras, como podía ser la lectura directa de libros, o el intercambio mediado por europeos que llegaban al continente o latinoamericanos que estudiaban o visitaban Europa. Cuando se conformaron las nuevas repúblicas en el siglo XIX, en muchas de ellas la reivindicación por el progreso tuvo mucho respaldo (incluyendo el elocuente ejemplo del mensaje positivista de Comte en la bandera de Brasil como “orden y progreso”). La prédica del progreso fue abrazada por las elites latinoamericanas más allá de cómo se intentó aplicarla y de sus reales consecuencias (véase Burns 1990).

En el siglo XX, las ideas de progreso se superponían con las de desarrollo y crecimiento, ya que en su esencia estaban refiriéndose a una misma cuestión. Esto es muy claro en la obra de Lewis, pero tampoco puede olvidarse un antecedente previo con Colin Clark y sus “condiciones para el progreso económico” de 1940 (aunque traducida mucho más tarde al castellano). La situación en esos años se retrata con manuales como “Principios y problemas de Economía Moderna”, de William Koivisto, publicado originalmente en inglés en 1957, donde las ideas de progreso, desarrollo y crecimiento se intercambian constantemente. Ese texto fue publicado pocos años después (1964) en castellano por el Centro Regional de Ayuda Técnica de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) de Estados Unidos, y desde allí se difundió en todo el continente.

Esos y otros manuales eran posibles porque se entendía que el desarrollo era universal y por ello lo que se diseñaba en los centros académicos y políticos del norte industrializado debían servir para todos los países del sur global. Libros, manuales y guías se traducían y se diseminaban por toda América Latina, para ser usados por docentes, estudiantes, funcionarios de los gobiernos y empresas. Se configuraron poderosos mecanismos que consolidaron esas concepciones. El abordaje económico matemático y los indicadores numéricos, como el PBI, cobraron un enorme protagonismo, generaron un aura de conocimiento experto infalible y de certeza científica.

Similares condiciones se repiten desde otros ámbitos, desde las temáticas sociales a las artes. Lo que se consideraban como avances propios en realidad eran apenas una modernización imitativa. Esta situación se retrata muy bien en el diagnóstico de Octavio Ianni para el “Brasil Moderno” al señalar que es una idea que tiene algo de caricatura: “Primero, caricatura que resulta de la imitación apresurada de otras realidades o configuraciones históricas, frecuentemente implicadas en ideas, conceptos, explicaciones, teorías”, y segundo, porque eso se superpone sobre realidades nacionales que son múltiples, generando un “insólito caleidoscopio de realidades e imitaciones” (Ianni 1996, 46).

La idea de desarrollo y otras asociadas, si bien se fueron construyendo como un esfuerzo de secularización y supuesta objetividad científica, en realidad terminó convertida en una nueva religiosidad en el sentido de ser defendidas como actos de fe. De esta manera que se construyen los componentes en el nivel cero del desarrollo. La amalgama entre racionalidades y afectividades los hace casi inmune a la crítica y a las evidencias en contrario.

 

 

 

 

 

 

La confesión de la CEPAL

Después de este análisis es posible retomar la confesión de la CEPAL con mayor detalle ya que muestran esa adhesión al desarrollo y el crecimiento, y las dificultades enormes que existen para pensar alternativas más allá de ellos.

Es importante tener presente el contexto de las declaraciones de la secretaria ejecutiva de la Comisión, ya que inicios del año 2020 era evidente que todas las promesas del desarrollo no se cumplieron, y es más, se admitía que los años de alto crecimiento económico no habían servido para un cambio cualitativo en las condiciones de vida y bienestar de la mayoría. Esto ocurría tanto desde las corrientes políticas conservadoras, con el claro ejemplo del estallido social en Chile, a las progresistas, con el colapso de esos gobiernos en Bolivia o Venezuela. En un lapso que va de 2019 a inicios de 2020, era casi un secreto a voces que el programa del crecimiento latinoamericano había fracasado una vez más.

En la entrevista que se indica al inicio de este artículo, Alicia Bárcena afirmaba que lo que ella denomina como “modelo de desarrollo” se “agotó” por la ausencia de una política industrial y una de innovación, por el bajo crecimiento económico y por la desigualdad[2].  Más adelante describe a ese “modelo” como extractivista, insiste en que está agotado, y además agrega que la gente ya está cansada.

La confesión en sí no contiene muchas novedades, ya que en sus aspectos medulares es acertada, y su corresponde con la evidencia observada en las últimas décadas. En cambio, es notable que ante quién hizo ese reconocimiento, no reaccionaron ni los gobiernos, ni la prensa, ni los actores ciudadanos directamente vinculados a la temática del desarrollo. Para ser más claro: la máxima autoridad de la CEPAL está diciendo que fracasaron todas las estrategias que siguieron todos los gobiernos del continente, y ninguno de ellos le respondió. Es más, Bárcena también advirtió que el extractivismo, o sea la exportación de materias primas, está agotado porque “concentra riqueza en pocas manos y apenas tiene innovación tecnológica”. Esas palabras también son un cuestionamiento directo a las estrategias de todos los gobiernos, tanto conservadores como progresistas.

No puede obviarse que un organismo como la CEPAL, debía haber contribuido a evitar ese fracaso, y que, a su vez, tendría que haber asegurado otro tipo de desarrollo que efectivamente hubiese reducido la pobreza y la desigualdad. Dicho de otro modo, el reconocimiento del fracaso del programa del desarrollo basado en el crecimiento encierra otra confesión, y es que no existieron opciones alternativas, o en caso de haber estado disponibles, entonces fueron los gobiernos los culpables de la actual situación al no haberlas seguido. Cualquiera de estas posibilidades tiene muy graves connotaciones. Estos aspectos se analizan seguidamente[3].

En primer lugar, es revelador que semejante confesión pasara desapercibida. Habría que preguntarse si la secretaria ejecutiva de la CEPAL reconoce eso en público porque ya todos los saben, como ya se adelantó arriba. Si es así, como hay muchos responsables de un modo u otro, nadie se ofenderá ni exigirá asumir las responsabilidades por ese fracaso. Eso podría ser parte del aire de fatalismo en el continente sobre el desarrollo contemporáneo que una y otra vez aparece como incompleto o insuficiente.

En segundo lugar, se debe recordar que la CEPAL navegó bajo distintas tensiones y ambigüedades frente a los ensayos desarrollistas del siglo XXI. Nunca fue una promotora entusiasta de algunas de sus versiones, coma la bolivariana, pero contribuyó a legitimar los modos más moderados, como el de Brasil bajo Lula da Silva. No abandonó sus propias propuestas, como las que en los años noventa postulaban la “transformación productiva” o la inserción en la globalización comercial. Pero más allá de estas particularidades, la CEPAL se mantuvo fiel al credo del crecimiento económico como motor indispensable del desarrollo, y ponía su esperanza en ciertas regulaciones para educir la pobreza y la desigualdad.

El apoyo a los extractivismos es un tercer aspecto a considerar. La CEPAL los respaldó ya que, por un lado, supuestamente asegurarían el crecimiento económico, y por el otro entendía que tecnologías, compensaciones u otros instrumentos podían contener sus impactos negativos. De este modo, se aceptaron los extractivismos en sus regímenes conservadores clásicos o reajustados, o en las variantes progresistas. En línea con los discursos gubernamentales, se esperaba que se mejoraría la gestión tecnológica (más limpios), aumentaría el dinero recaudado (económicamente más beneficiosos), y que se apaciguara la protesta ciudadana (menos conflictivos). Al mismo tiempo, la CEPAL nunca fue una voz enérgica en denunciar sus severas consecuencias negativas, en especial las ambientales.

De esos modos, la CEPAL terminaba sumándose a los que concebían a los extractivismos como medios para la acumulación de capital que, unido a políticas autónomas en industria e innovación, podría permitir un “salto” en el desarrollo. Ese esquema, defendido sobre todo por los progresismos, en su esencia es un mecanismo propio de Rostow.

La CEPAL recién en 2020 reconoce que los extractivismos concentran la riqueza, apenas tienen innovación tecnológica y son parte de ese desarrollo que fracasó. Todos esos problemas, y junto a ellos, los impactos sociales y ambientales, han sido denunciados por organizaciones ciudadanas desde hace años, junto a algunos políticos y un puñado de académicos, sin que la CEPAL les brindara un reconocimiento adecuado.

Como cuarto aspecto se debe advertir que varias de estas posiciones, en cierto modo son contrarias a las más tempranas posturas cepalinas que cuestionaban un desarrollo encasillado en exportar materias primas. En cambio, en los últimos años, la comisión contribuyó a un nacionalismo de los recursos naturales que, sobre todo desde el discurso progresista, defendía los extractivismos como una muestra de soberanía; a su vez, pretendía un crecimiento endógeno como distinto a un crecimiento mediado por transnacionales. Se originaron muchas discusiones en cuestiones como la recaudación fiscal o la propiedad de las empresas en los extractivismos, y no en el tipo de desarrollo que estos implicaban. No se entendió que ese modo de apropiación de recursos naturales tiene impactos locales de todo tipo, pero que además generan condiciones que impiden una diversificación productiva.

La CEPAL en sus primeras propuestas, bajo Raúl Prebisch en la década de 1950 y parte de 1960, se volcó a defender la industrialización, la revisión de los términos de intercambio, e incluso un mercado común continental (por ejemplo, Prebisch 1963). No es que estuvieran en contra de grandes emprendimientos mineros o petroleros, ni siquiera cuestionaban la idea de desarrollo en sí misma, sino que consideraban como condición de atraso que estos sirvieran únicamente al papel de proveedores de materias primas hacia el mercado internacional.

Con el paso del tiempo, la CEPAL poco a poco se apartó de aquellos propósitos para atender otras prioridades en el desarrollo. Por ejemplo, las propuestas cepalinas de la década de 1990 de una “transformación productiva con equidad” sumaron un abanico tan enorme de metas que varias de ellas terminaron siendo contradictorias entre sí (CEPAL 1990). La adhesión a la globalización entorpecía la promoción de la industrialización, mientras que la insistencia en el crecimiento económico hacía imposible una sustentabilidad real. Su programa de “regionalismo abierto” agravaron esas tensiones conceptuales ya que insistían en dos senderos por momentos incompatibles: usar los acuerdos regionales continentales, pero para globalizarse todavía más (CEPAL 1994). De modo similar, intenta sumar aspectos ambientales, pero no está dispuesta a renunciar al crecimiento económico (CEPAL 1991). Todos esos programas de la década de 1990 se convirtieron en el antecedente inmediato a la discusión sobre el desarrollo en los años 2000.

La CEPAL sumó otros programas en los años siguientes, aunque no logró repetir el intento de conformar una nueva narrativa del desarrollo como sucedió en los 1990s. Sus documentos se asemejaron cada vez más a las clásicas formulaciones de Naciones Unidas, yendo de lo correcto a lo mesurado una y otra vez. Por ejemplo, en tiempos recientes parecería que la CEPAL se recuesta más sobre el debate global acerca del desarrollo que en la especificidad latinoamericana, como el que ejemplifica la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (CEPAL 2018). Nadie puede estar en contra de perseguir algunas de esas metas, como asegurar el agua potable o el saneamiento, pero esos esquemas no suplantan ni resuelven las especificidades latinoamericanas ante el desarrollo.

Este breve repaso permite comprender que la CEPAL tenga dificultades en lidiar con algunos aspectos de la coyuntura actual y se sienta más cómoda en el pasado reciente. No es menor que Bárcena apunta como causa al agotamiento del desarrollo al neoliberalismo de las décadas de 1980 y 1990. Es un razonamiento donde habría un desarrollo muy negativo que era propio de aquel pasado, pero habría una versión mejor a seguir en un futuro inmediato –esto muestra que están operando mecanismos de blindaje religioso al desarrollo. Tampoco puede pasar desapercibido que aquella condición neoliberal era la que intentaba superar la propuesta de la transformación productiva con equidad de la propia CEPAL.

Es como si se olvidara que en siglo XXI la región pasó por una fase de fenomenal crecimiento económico y en varios países se desmontaron unas cuantas de aquellas reformas de mercado. La tensión es más clara cuando se observa que la CEPAL publica muchos estudios de actualidad de enorme utilidad, como pueden ser los que analizan las relaciones comerciales con China, pero a la vez no logra generar ideas o críticas para repensar el desarrollo en sus expresiones más recientes, sino que sigue debatiendo con el neoliberalismo de hace más de dos décadas atrás.

Existe algunos otros antecedentes de cuestionamientos análogos, destacándose la advertencia de Celso Furtado al decir que el “desarrollo económico” entendido como la “idea de que los pueblos pobres podrán algún día disfrutar de las formas de vida de los actuales pueblos ricos” era en realidad un mito (Furtado 1975, 90). En aquellos años, Furtado proveyó una crítica que llegaba al nivel uno que correspondía a las variedades de desarrollo capitalista, y por momentos identificaba esas raíces que eran todavía más profundas. Pero no logró romper el cerco de esos cimientos ya que, si bien era escéptico sobre ese tipo de desarrollo económico, presentaba como alternativa el progreso de la ciencia y las necesidades básicas, con lo cual volvía a muchas de las ideas de la modernización.

Después de admitir que el desarrollo está agotado, Bárcena agregar que hace falta una “vuelta estructural del modelo”. Obviamente es un propósito compartible, pero la duda está en qué entienden por “estructural” y por cambio en la CEPAL de hoy. Una reversión en las estructuras que resultan en las exportaciones de materias primas implicaría, por un lado, una desvinculación selectiva de la globalización, y por el otro una integración regional dentro de América Latina, aunque bajo otras premisas para organizar una industrialización regionalizada. Estos y otros componentes no están contemplados en las propuestas de ajuste de la CEPAL. Es más, será necesaria una postura muy distinta frente a la globalización, a los mercados globales y a su institucionalidad, como los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio. En ese sentido tampoco avanzó la CEPAL. Es por este tipo de consideraciones que no está claro qué se entiende por “vuelta estructural” desde la CEPAL, y la evidencia disponible marcaría apenas una transición desde una variedad a otra variedad de desarrollo capitalista dependiente.

Buena parte de esta discusión sobre la confesión de la CEPAL fue publicada en un artículo periodístico, que a su vez desencadenó muchas reacciones, y entre ellas una respuesta pública de la Comisión (Camú 2020). En esa reacción, desde la CEPAL se cuestionan varias de mis observaciones, indicando, por ejemplo, que no conozco sus aportes más recientes. Pero en esa misma respuesta, la Comisión dice con toda sinceridad que su estrategia más reciente sigue apostando a crecer. En ese documento, se destaca que la visión estratégica” de la Comisión reúne “tres premisas básicas, a saber: crecer para igualar, igualar para crecer, y crecer e igualar con sostenibilidad ambiental.” El crecimiento no está en discusión y todo lo domina.

Esa reacción es una demostración cristalina de la adhesión al crecimiento, y la incapacidad para entender, aceptar o responder a las críticas al desarrollo que operan sobre sus conceptos fundamentales. Es insostenible la tesis simplista de un crecimiento económico que asegura el desarrollo, ya que casi todos los países pasaron recientemente por una fase de expansión, pero sin solucionar problemas como formalizar el empleo, mejorar la equidad o retomar la industrialización. Eso y otros componentes explican esa percepción del agotamiento en la propia idea de desarrollo. Se ha probado casi todos los tipos de estrategias, y el resultado final ha sido muy magro. Pero la CEPAL, sea en su confesión como en la réplica que publicó, una vez más apela al crecimiento.

 

Agotamiento y alternativas

En 2020, sobre el agotamiento de las estrategias de desarrollo ensayadas antes, se instaló la pandemia de Covid19. Estaban en marcha distintas crisis nacionales o regionales, como el estallido social en Chile, la sublevación popular e indígena en Ecuador, el derrumbe electoral de la coalición conservadora que gobernaba Argentina para ser reemplazada otra vez por el progresismo, la deriva autoritaria de la presidencia Duque en Colombia, o la extrema derecha controlando el gobierno en Brasil. Las expectativas de crecimiento económico eran bajas, el desempleo estaba subiendo, el precio internacional de varias materias primas había caído, y la pobreza otra vez aumentaba. Sobre esa situación tan comprometida se insertó la crisis sanitaria por el coronavirus, con múltiples secuelas económicas, sociales y políticas.

A pesar de esa situación tan extrema, una vez más las respuestas gubernamentales han sido apostar por más crecimiento económico para aliviar los problemas. Entre las medidas más visibles están el retorno de las flexibilizaciones para los extractivismos mineros en Perú y Ecuador, la liberación de transgénicos en Bolivia o el avance agrícola y minero en la Amazonia de Brasil. Como si nadie hubiese escuchado la confesión de la CEPAL, todos los gobiernos están repitiendo estrategias de desarrollo convencionales, y el mito del crecimiento está tan adherido al desarrollo, que se vuelven inseparables.

Hasta el momento, el sentido dominante en los centros con poder económico, político o académico, no contemplan aprovechar la crisis del coronavirus para una reorientación radical de la vida en sociedad y de las relaciones con la Naturaleza. Por el contrario, la crisis sanitaria está sirviendo para reforzar medidas de control y obediencia de la población, y en afianzar una variedad de capitalismo tal vez más digitalizado, pero capitalismo al fin.

Este escenario muestra que el crecimiento económico es un ingrediente esencial en cualquiera de los modos de concebir el desarrollo. Parecería que es impensable, e incluso inimaginable, una estrategia que no dependa del crecimiento de la economía. El debate que es aceptable y argumentable se encuentra en cómo lograr y organizar ese crecimiento económico. Solo se permiten las discusiones desde los niveles 1 a 3 al desarrollo, pero no sobre las ideas fundamentales que se encuentran en el nivel cero. Dicho de otro modo, el mito es tan vigoroso que solo se aceptan alternativas entre distintas variedades de desarrollo, pero no se conciben opciones más allá del desarrollo. Parecería que es propio de minorías o de ilusos pensar en alternativas más allá del crecimiento. Tampoco se considera con seriedad si esa obsesión con el crecimiento no sería una de las causas de la crisis social y ambiental.

La situación alrededor de la confesión de la CEPAL muestra la necesidad de abordar ese nivel básico que sirve de cimiento a las ideas de desarrollo. Cualquier intento de plantear alternativas sustantivas debe enfocarse en los elementos que anidan en ese nivel cero, no solamente el apego al crecimiento económico, sino también sobre componentes como la dualidad sociedad – Naturaleza o la pretensión universalista del desarrollo. Es urgente imaginar lo inimaginable: abandonar la obsesión con el crecimiento. Por lo tanto, la posibilidad de las alternativas requiere un paso previo que es poder pensarlas, atreverse a discutir lo indiscutible. No es posible presentar alternativas sustantivas o discutirlas con movimientos sociales si antes no se genera la actitud a aceptar, e incluso reclamar, opciones más allá del desarrollo.

En ese sentido, y siguiendo con el caso planteado por la CEPAL, es apropiado recordar la actitud que tenía Raúl Prebisch de poner en discusión lo que en su época no siempre parecía posible. ¿Qué sentiría Prebisch y sus seguidores al constatar que las materias primas siguen siendo los principales rubros de exportación de América Latina? ¿Cómo reaccionarían al observar la sucesión de planes de industrialización que no llegan a consolidarse? Aunque aquel estructuralismo inicial intentaba apartarse de la adicción del comercio basado en materias primas, de todos modos, hay que reconocer que era desarrollista a su manera. Pero más allá de eso, es importante advertir que se atrevían a cuestionar las ideas dadas como válidas en su tiempo. Es precisamente ese talante de crítica, esa disposición a buscar alternativas más allá de lo simple, lo que también se necesita en la actualidad.

No pueden trasplantarse las propuestas de Prebischa a la actualidad como un todo, aunque muchos de sus aportes siguen vigentes, y varios de los que fueron desechados merecerían ser resucitados. Tampoco puede olvidarse que el mismo Prebisch actualizó sus concepciones sobre el desarrollo, como lo hizo en 1981 en uno de sus últimos libros, “Capitalismo Periférico”.

Pero lo que sí se echa de menos son actitudes como las de Prebisch y su equipo en aquella CEPAL, avanzando en análisis críticos y rigurosos, independientes, pero a la vez comprometidos con América Latina, y enfocados en buscar alternativas. Decía Prebisch en 1963: “Es todavía muy fuerte en América Latina la propensión a importar ideologías, tan fuerte como la propensión de los centros a exportarlas”, y para ser más claro agregaba: “Ello es residuo manifiesto de los tiempos de crecimiento hacia afuera”. No rechaza el aporte desde otros ámbitos y regiones, pero insistía en que “nada nos exime de la obligación intelectual de analizar nuestros propios fenómenos y encontrar nuestra propia imagen en el empeño de transformar el orden de cosas existente” (Prebisch 1963, 20).

En muchos espacios se abandonaron las posturas críticas, los ensayos heterodoxos y atrevidos, para ser reemplazados por la moderación y la corrección. Se echa de menos no contar con grandes instituciones y grupos que compartieran visiones, aspiraciones y hasta sueños de una gran narrativa de cambio, el “empeño” en transformar el orden actual. Se necesitan actitudes de desobediencia a los expertos, por momentos también de intransigencia para poder horadar esos cimientos, y de ese modo, como decía Prebisch, “encontrar nuestro propio camino”.

 

 

 

Referencias

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[1] Si bien Schumpeter brinda algunas bases, también se debe advertir que en esas tempranas ideas el desenvolvimiento económico no era abordado en una perspectiva histórica, se defendía una idea de economía “circular”, donde los cambios considerados no eran aquellos impuestos desde el exterior, ni estaban restringidos al crecimiento debido al aumento de la población y la riqueza (Schumpeter, 1944, en especial su capítulo sobre el “fenómeno fundamental” del desenvolvimiento).

[2] Todas las citas en esta sección provienen de la entrevista citada arriba.

[3] Las ideas en esta sección fueron adelantadas en un artículo periodístico; El agotamiento del desarrollo, la confesión de la CEPAL, E. Gudynas, Rebelión, 15 febrero 2020, https://rebelion.org/el-agotamiento-del-desarrollo-la-confesion-de-la-cepal/

 

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