Perspectivas para la gran transformación. Respirando después del coronavirus[1]

Perspectivas para a grande transformação. Respiração após o coronavírus

Prospects for the great transformation. Breathing after the coronavirus

 

Alberto Acosta

Economista ecuatoriano.

Profesor universitario.

Ministro de Energía y Minas (2007),

presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008),

candidato a la Presidencia de la República (2012-2013).

Compañero de luchas de los movimientos sociales dentro y fuera de su país.

 

 

Resumen: El coronavirus nos aterrizó en el mundo real, la posibilidad de soñar y de plantear utopías no ha desaparecido. Bajo ese escenario abordar la gran transformación, en términos de Karl Polanyi (1944), es un ejercicio apuntalado en el optimismo de la voluntad. Y desde esa perspectiva abramos el debate desde el Sur global rescatando el Buen Vivir, en plural, y el decrecimiento desde el otro lado, es decir desde el Norte global. El decrecimiento y el Buen Vivir, para abordar esta aproximación debemos poner atención al visibilizar las críticas y las potencialidades, poniéndolas en un contexto amplio, ofreciendo todos los elementos posibles que orienten la reflexión, todo con un necesario horizonte postcapitalista. Esta discusión nos ofrece un aporte doble, nos da pistas de cómo puede ser ese otro mundo posible; digámoslo de entrada un mundo en donde quepan muchos mundos: el pluriverso, en donde todos los seres humanos y no humanos puedan vivir con dignidad.

 

Palabras clave: coronavirus; decrecimiento; Buen Vivir; criticas; transformación.

 

Resumo: O coronavírus desembarcou no mundo real, a possibilidade de sonhar e fazer utopias não desapareceu. Nesse cenário, abordar a grande transformação, em termos de Karl Polanyi, é um exercício sustentado pelo otimismo da vontade. E a partir dessa perspectiva, abrimos o debate do Sul global, resgatando o Bem Viver, no plural, e a diminuição do outro lado, ou seja, do Norte global. A diminuição e o Bom Viver, para abordar essa abordagem, devemos prestar atenção para tornar visíveis as críticas e as potencialidades, colocando-as em um contexto amplo, oferecendo todos os elementos possíveis que norteiam a reflexão, todos com um horizonte pós-capitalista necessário. Essa discussão nos oferece uma dupla contribuição, nos dá pistas de como esse outro mundo poderia ser possível; Vamos dizer desde o início um mundo onde muitos mundos se encaixam: o pluriverso, onde todos os seres humanos e não humanos podem viver com dignidade.

 

Palavras-chave: coronavírus; diminuição; Boa Vida; crítica; transformação.

 

Abstract: The coronavirus landed us in the real world, the possibility of dreaming and posing utopias has not disappeared. Under this scenario, addressing the great transformation, in terms of Karl Polanyi, is an exercise underpinned by the optimism of the will. And from that perspective we open the debate from the global South rescuing Good Living, in the plural, and the decrease from the other side, that is, from the global North. The decrease and the Good Living, to approach this approach we must pay attention to make visible the criticisms and the potentialities, putting them in a broad context, offering all the possible elements that guide the reflection, all with a necessary post-capitalist horizon. This discussion offers us a double contribution, it gives us clues of how that other world could be possible; Let's say it from the outset a world where many worlds fit: the pluriverse, where all human and non-human beings can live with dignity.

 

Key words: coronavirus; decrease; Good Living; criticism; transformation.

 

Fecha de recepción: 12 de mayo de 2020.

Fecha de aceptación: 29 de junio de 2020.

 

 

“La codicia y la envidia demandan un continuo e ilimitado crecimiento económico de naturaleza material, sin consideración por la conservación, y este tipo de crecimiento de ninguna manera puede adecuarse a un entorno finito.”

 

Ernst Friedrich Schumacher

"Lo pequeño es hermoso" (1973)

 

Elementos centrales de la perspectiva del decrecimiento

En la actualidad se multiplican los reclamos, sobre todo en los países industrializados europeos, por una economía que propicie no solo el crecimiento estacionario, sino inclusive el decrecimiento[2]. De plano que quede claro que decrecimiento no es sinónimo de recisión económica y crisis. La recesión económica global en marcha desde hace rato e inclusive el frenazo social y económico provocado por pandemia del coronavirus no tiene que ver con el decrecimiento en tanto propuesta programada para liberarnos del mandato de crecimiento económico permanente.

Las reflexiones sobre el decrecimiento de alguna forma encuentran un antecedente en los trabajos como los John Stuart Mill[3], que avizoró la necesidad de pensar en una economía estacionaria. Este economista inglés, en 1848, ya anticipó en sus reflexiones cuestiones potentes:

Mientras las inteligencias son groseras, necesitan estímulos groseros, y es preferible dejárselos. Entretanto, debe excusarse a los que no aceptan esta etapa muy primitiva del perfeccionamiento humano como el tipo definitivo del mismo, por ser más escépticos con respecto a la clase de progreso económico que excita las congratulaciones de los políticos ordinarios: el aumento puro y simple de la producción y de la acumulación. (...). No sé por qué haya motivo para congratularse de que personas que son ya más ricas de lo que nadie necesita ser, hayan doblado sus medios de consumir cosas que producen poco o ningún placer excepto como representativas de riqueza (...). Sólo en los países atrasados del mundo es todavía un asunto importante el aumento de la producción; en los que están más adelantados, lo que se necesita desde el punto de vista económico es una mejor distribución, para lo cual es un medio indispensable la restricción más severa de la población (...).

No puedo, pues, mirar al estado estacionario del capital y la riqueza con el disgusto que por el mismo manifiestan sin ambages los economistas de la vieja escuela. Me inclino a creer que, en conjunto, sería un adelanto muy considerable sobre nuestra situación actual. Confieso que no me agrada el ideal de vida que defienden aquellos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar, y que el pisotear, empujar, dar codazos y pisarle los talones al que va delante, que son característicos del tipo actual de vida social, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana; para mí no son otra cosa que síntomas desagradables de una de las fases del progreso industrial. (...) la mejor situación para la naturaleza humana es aquella en la cual, mientras nadie es pobre, nadie desea tampoco ser más rico ni tiene ningún motivo para temer ser rechazado por los esfuerzos de otros que quieren adelantarse.

Muchos años después, se incorporaron otro tipo de reflexiones sobre todo ecológicas y también sociales, sin marginar algunas, incluso económicas. Así, en línea con ese temprano planteamiento de Mill traigamos a colación otras ideas más actuales. Destacamos las reflexiones ecologistas de Herman Daly (1999), aquel economista que trabajó en el Banco Mundial, quien fue categórico al afirmar que la economía funciona como una máquina idiota; es decir como una máquina que metaboliza los recursos naturales, los procesa agotándolos y desecha contaminando y tiene que hacer cada vez más de lo mismo para poder funcionar. La lógica de acumulación del capitalismo por lo demás.

Desde esta doble aproximación tenemos dos límites claramente identificados: el límite ecológico (Daly) y el punto de saturación (Mill). Recordemos que otro economista inglés, John Maynard Keynes (Keynes 1930, 358), también planteó el tema del límite absoluto de saturación en términos de consumo. De estos límites se desprenden conclusiones fundamentales que alimentan el debate.  Lo que cuenta ahora es que esas ideas se expanden cada vez más. La lista de pensadores de prestigio que han trabajado y trabajan este tema es cada vez más larga.[4]

A la conclusión a la que se llega es que el crecimiento no puede ser el motor de la economía y menos aún su fin último. Urge, entonces, discutir de manera seria y responsable sobre el decrecimiento económico, inicialmente en el Norte Global (no basta el crecimiento estacionario), que necesariamente deberá venir de la mano del posextractivismo en el Sur Global. Es necesario asumir el decrecimiento como opción para abordar los temas económicos y al mismo tiempo para la transformación socio-ecológica.

En un primer momento, la perspectiva del decrecimiento fue generada desde el mundo académico, pero en los últimos años, diferentes movimientos también la hicieron suya. Generalmente, los movimientos no nacen como actores del decrecimiento, sino que con sus luchas y reivindicaciones van entrando al nivel político-conceptual de la perspectiva del decrecimiento de manera implícita y, cada vez más también explícita. Tenemos como ejemplo diversos movimientos de resistencia en contra de los megaproyectos y la agricultura industrial; o transformadores de las ciudades, proponiendo incluso su ruralización; o impulsores de la democracia energética, la soberanía alimentaria, los comunes, la justicia climática, etc. El decrecimiento cuestiona de raíz las estrategias enfocadas hacia la “economía verde”; tampoco convive de forma amigable con las respuestas eco-keynesianas, que consideran la necesidad del crecimiento económico dependiendo de una dimensión “cualitativa” o “selectiva”.

El decrecimiento en realidad es una propuesta doble. Por un lado, al no centrarse exclusivamente en el tradicional ámbito de la economía dominante, formula una perspectiva de cambio social integral, identificando como problema fundamental el imperativo del crecimiento económico capitalista. Por el otro, sugiere colocar en un contexto amplio e integral las diversas y múltiples experiencias concretas.

Sinteticemos algunos de los elementos fundacionales del decrecimiento[5]:

  • Lo que se critica fundamentalmente es la fijación casi lineal del manejo económico y las consiguientes respuestas políticas con el fin de conseguir “el desarrollo” o mantener o inclusive ampliar el bienestar, que implican en ambos casos que el “motor del crecimiento” debe mantenerse en funcionamiento y que cuando entra crisis, éste debe volver a arrancar para resolver los problemas.
  • Esa búsqueda desesperada para reactivar “el motor” de la economía conlleva, como se comprueba cada vez más, a un creciente deterioro ambiental. El colapso climático global, que viene de la mano de las pandemias, genera más y más destrucciones en ámbitos locales o regionales. Lo que a su vez limita las posibilidades de seguir apuntalando el crecimiento económico como la herramienta que permite resolver los problemas y las demandas de las sociedades.
  • En tiempos de crisis múltiple y sobre todo bajo las condiciones del capitalismo dominado por los mercados financieros, el crecimiento se convierte en un factor desestabilizador, basta ver como la financiarización distorsiona cada vez más estructuras y flujos económicos. Incluso el abastecimiento de recursos naturales, de cada vez más difícil acceso, está envuelto en la lógica especulativa.
  • De igual manera, el creciente consumo de bienes y la competencia desaforada, el despilfarro y el desperdicio crecientes, aumentan las desigualdades y las inequidades, lo que provoca frustraciones y nuevos desequilibrios de todo tipo.
  • La creciente presión en el ámbito laboral y la polarización social son otras consecuencias negativas del hecho de enfocar el manejo económico de manera exclusiva en el crecimiento. Basta ver lo que significa la creciente flexibilización laboral para sostener la competitividad.
  • Los impulsos del crecimiento traen consigo problemas a nivel político. Detrás de estos procesos de acumulación sin fin o alimentada por ellos emerge una escalada de violencia en múltiples formas, alentada, por ejemplo, con los extractivismos desaforados con los que se quiere asegurar recursos primarios a la “maquina idiota” de Daly, que ocasionan conflictos e incluso guerras por dichas materias primas: la voracidad por asegurar un acceso seguro conduce incluso a guerras o agresiones imperiales.
  • Otra causa para los problemas actuales atados a la lógica del crecimiento son las formas de subjetivación predominantes. Los enfoques de consumo y de orientación están profundamente arraigados y los cambios sociales también tienen una dimensión psicológico-social, cultural y de hábitos. El consumismo significa estatus, ofrece sentido, sin embargo, la felicidad no crece, al contrario, hay sufrimiento: estrés por el consumo, estrés en el tiempo libre, estrés por la falta de tiempo… Las crecientes cantidades de productos fabricados y vendidos terminan convirtiéndose en una carga, en mayor destrucción, en mayor desgracia.
  • Tal como lo anticipo Mill, no cabe duda de que ya existen muchas personas, sobre todo el Norte global, que tienen saturada su capacidad de satisfacer sus necesidades con cada vez más bienes materiales. Estas son cuestiones fundamentales.

Estas y otras reflexiones han planteado la urgencia de dar paso a una economía de crecimiento estacionario y, lo antes posible, del decrecimiento, sobre todo en el Norte global. En este punto cabe mencionar algunas posibles ambivalencias y complicaciones de la perspectiva del decrecimiento: el conflicto entre proyectos concretos y una visión social más integral, la desatención de temas de poder, así como cuestiones de organización del trabajo remunerado.

En la actualidad, uno de los más lúcidos pensadores latinoamericanos, Enrique Leff (2008), recomienda dar paso a una transición hacia otra forma de organización de la producción y la misma sociedad, asumiendo estos retos. Para lograrlo pregunta y propone:

¿Cómo desactivar el crecimiento de un proceso que tiene instaurado en su estructura originaria y en su código genético un motor que lo impulsa a crecer o morir? ¿Cómo llevar a cabo tal propósito sin generar como consecuencia una recesión económica con impactos socioambientales de alcance global y planetario? […] esto lleva a una estrategia de deconstrucción y reconstrucción, no a hacer estallar el sistema, sino a re-organizar la producción, a desengancharse de los engranajes de los mecanismos de mercado, a restaurar la materia desgranada para reciclarla y reordenarla en nuevos ciclos ecológicos. En este sentido la construcción de una racionalidad ambiental capaz de deconstruir la racionalidad económica, implica procesos de reapropiación de la naturaleza y reterritorialización de las culturas (2008).

La capacidad de la política para enfrentar estos retos y dirigir estos procesos es muy limitada. Insistamos, el decrecimiento no es sinónimo de recesión; tampoco es un tema que se agota en el campo económico. Se requiere una transición hacia otra forma de organización de la producción y la misma sociedad, asumiendo estos retos como una cuestión cada vez más presente en los países industrializados, los mayores responsables de la debacle ambiental global y de muchos de los graves conflictos que enfrenta la Humanidad. No nos olvidemos que estos países están, de muchas maneras, “maldesarrollados”(Tortosa 2011).

Un punto crucial: el decrecimiento en el Norte Global no implica que los países empobrecidos mantengan su situación de pobreza y miseria para que no se afecten los equilibrios ecológicos. Eso de ninguna manera. Es urgente desmontar el “modo imperial de vida” (Brand y Wissen 2017) -existente sobre todo en los países enriquecidos- que pone en riesgo el equilibrio ecológico mundial, exacerba las desigualdades sociales y ahonda los conflictos políticos.  En este empeño esos países tendrán que desandar gran parte del camino recorrido, dando marcha atrás en ese crecimiento que resulta irrepetible a nivel mundial. A la par deben asumir su corresponsabilidad para dar paso a una restauración global de los daños socioambientales provocados, en otras palabras, deben pagar su deuda ecológica e inclusive su deuda histórica. Lo que si debe ser motivo de atención en el Sur es no intentar repetir estilos de vida social y ecológicamente insostenibles.

 

El Buen Vivir, una alternativa al desarrollo

En un contexto de críticas y de construcciones alternativas -durante el tornasiglo- ganaron protagonismo los aportes de los pueblos indígenas. Sus valores, sus experiencias, sus prácticas, en definitiva, su cosmovisión, no son nuevas, estaban presentes -de una u otra manera- desde antes de la llegada de los conquistadores europeos y muchas sobrevivieron en el interminable período colonial republicano, pero eran invisibilizadas, marginadas o abiertamente combatidas. Estas cosmovisiones incluyen diversos cuestionamientos al “desarrollo”, tanto en lo práctico como en lo conceptual y, de hecho, confrontan con la economía del crecimiento desde varios ángulos.

El “desarrollo” -devenido en una creencia nunca cuestionada- simplemente se le redefinió destacando tal o cual característica. Y la gran mayoría de críticas nunca fue contra el “desarrollo”, sino contra los caminos a seguir para alcanzarlo.

En esa atolondrada carrera en búsqueda del “desarrollo” se perdió mucho, como son las culturas de las comunidades para que éstas devengan en mano de obra para asegurar la acumulación del capital, al tiempo que se amplía la masiva extracción de recursos naturales. No solo eso, la vida comunitaria, la ruralidad y la misma alegría de vivir sin prisa fueron miradas -y siguen siendo vistas- como ociosas y causantes de la pobreza y el “subdesarrollo”. O, en el mejor de los casos, siempre para mantener rodando la rueda de la acumulación del capital, a las comunidades, a la ruralidad y a la alegría de vivir se las asume como como actividades programables, En suma, todo se mercantiliza, inclusive el bienestar y la felicidad organizada de la gente.

A la postre tanto esfuerzo ha resultado inútil. Persisten plagas como la pobreza, la miseria, las inequidades, tan propias del “subdesarrollo”. Pero también -y simultáneamente- aquellos países que se asumen como “desarrollados” están presos en la trampa del “progreso”; basta ver las graves contradicciones, conflictos y dificultades que padecen, como lo es, para mencionar apenas una patología, insatisfacción creciente inclusive en los beneficiarios de una mayor acumulación material. Mientras que en esa acelerada carrera por el desarrollo se acelera la feroz destrucción de la Naturaleza. Y ahora vemos como muchas de las opciones presentadas como un camino certero al desarrollo entran en agudas crisis, basta tener en mente el tema del turismo[6].

Frente a estas inocultables realidades las propuestas post-desarrollistas emergieron en un momento de crisis generalizada del Estado-nación, oligárquico y de raigambre colonial, particularmente gracias a la creciente fuerza organizativa y programática de los movimientos indígenas y populares. Su irrupción en el reciente tornasiglo -en tanto vigorosos sujetos políticos- explica la emergencia del Buen Vivir en ese momento histórico[7]. En ese tiempo, en diversas partes del planeta, también empezaban a consolidarse los cuestionamientos y las alternativas ecologistas, muchas alineadas con la visión de las armonías con la Naturaleza, tan propias del Buen Vivir.

Cuando hablamos del Buen Vivir o sumak kawsay[8] proponemos, en primera línea, una reconstrucción desde la visión utópica de futuro de varios pueblos y nacionalidades indígenas del Abya-Yala (o Nuestra América). No minimizamos otros aportes de diversas partes del planeta. El Buen Vivir, en tanto cultura de vida, con diversos nombres y variedades, ha sido conocido y practicado en distintos períodos en las diferentes regiones de la Madre Tierra, como el ubuntu en África o el swaraj en la India, desde espacios que podríamos asumirlos como el mundo de la indigenidad, al decir de Aníbal Quijano. Igualmente se podría incorporar las potentes reflexiones del svadeshi, que recoge gran parte del pensamiento de Gandhi. Las propuestas de convivialidad de Ivan Illich[9] también podrían ser mencionadas. El Buen Vivir, cuya discusión se expande por el mundo cual círculos concéntricos provocados por una piedra que cae en un lago[10], integra (o debería hacerlo) también diferentes visiones humanistas y anti-utilitaristas provenientes de otras latitudes.

Además, para prevenir un concepto único e indiscutible, también sería mejor hablar de “buenos vivires” o “buenos convivires”, siguiendo a Xavier Albó. Es decir, buenos convivires de los seres humanos en comunidad, buenos convivires de las comunidades con otras, buenos convivires de individuos y comunidades en y con la Naturaleza.

Lo que cuenta es que, durante las últimas décadas, en América Latina afloraron propuestas de cambio profundas que se perfilan como posibles caminos para una transformación civilizatoria. Las movilizaciones y las rebeliones populares, especialmente desde el mundo indígena en Ecuador y Bolivia, asoman como la fragua de procesos históricos, culturales y sociales de larga data. Estas luchas de resistencia y de construcción de alternativas son la base de lo que podríamos entender como Buen Vivir, en Ecuador, o Vivir Bien, en Bolivia. En esos países andinos estas propuestas revolucionarias cobraron fuerza en sus debates constituyentes y se plasmaron en sus constituciones, aunque penosamente sin cristalizarse en políticas concretas…          

El Buen Vivir -esto es fundamental- constituye un paso cualitativo importante al superar el tradicional concepto de “desarrollo” y sus múltiples sinónimos, introduciendo una visión diferente, mucho más rica en contenidos y más compleja. Asumamos pues al Buen Vivir como una oportunidad para construir colectivamente nuevas formas de vida. No es un modelo y definitivamente no es un nuevo régimen de desarrollo. El Buen Vivir, en esencia, es un proceso de vida que proviene de la matriz comunitaria de pueblos que viven en armonía con la Naturaleza. Y desde esa sola perspectiva podemos derivar el enorme potencial que tienen estas ideas, valores, experiencias y prácticas del Buen Vivir para superar la a-normalidad del capitalismo y sus pandemias.

Punto clave. Los indígenas no son premodernos, ni son atrasados. Sus valores, experiencias y prácticas sintetizan una civilización viva, capaz de enfrentar una Modernidad siempre colonial. Con sus propuestas imaginan un futuro distinto, que nutre ya los debates globales. El Buen Vivir, entonces, busca recoger los principales valores, algunas experiencias y sobre todo prácticas existentes en los Andes y en la Amazonía, así como también en otros lugares del planeta.

Esta visión de los marginados por la historia -particularmente pueblos y nacionalidades indígenas- plantea una oportunidad para construir otro tipo de sociedad sustentada en una convivencia en diversidad entre los seres humanos y en armonía con la Naturaleza, desde el reconocimiento de los diversos valores culturales existentes en el mundo. Es decir, se trata de un buen convivir en comunidad y en la Naturaleza, sin negar para nada los aportes científicos y tecnológicos en tanto estén sintonizados con este planteamiento básico.

¿Será posible -y realista- intentar un ordenamiento social diferente dentro del capitalismo, sin caminar hacia su superación? Siendo imposible, no podemos esperar superar primero el capitalismo para recién entonces hacer realidad el Buen Vivir. Como se ha demostrado a lo largo de los siglos, en medio de una colonización permanente, los valores, las experiencias y las múltiples prácticas del Buen Vivir o sumak kawsay están presentes. Y justamente desde esos espacios, con experiencias diversas, se construyen las alternativas civilizatorias indispensables.

Entonces, para entender al Buen Vivir, que no puede ser simplistamente asociado al “bienestar occidental”, debemos recuperar la cosmovisión de los pueblos y nacionalidades indígenas. Pero antes hagamos algunas diferenciaciones y puntualizaciones para delimitar el campo de acción, teniendo en cuenta que el tema es y siempre será político.

Sin asumir al Estado como el único -o más importante- ámbito de acción estratégica, es crucial repensarlo desde lo plurinacional e intercultural, dimensiones a construirse desde lo comunitario. Este es un compromiso histórico. No se trata de modernizar al Estado actual incorporando burocráticamente lo indígena y lo afro, o favoreciendo espacios, como la educación intercultural bilingüe, solo para los indígenas... Otro Estado[11] exige asumir y procesar los códigos culturales de los pueblos y las nacionalidades indígenas, tanto como de los grupos populares tradicionalmente marginados. Es decir, debe abrirse un amplio debate al respecto para transitar hacia un Estado libre de las ataduras eurocéntricas. Y de este proceso, que exige repensar las estructuras e instituciones existentes, deben surgir institucionalidades que hagan realidad el ejercicio horizontal del poder.

Esa posibilidad también depende de cuán bien podamos entender y enfrentar los intereses que buscan mantener el statu quo capitalista con el fin de conservar su poder, intereses opuestos precisamente al Buen Vivir, en tanto alternativa al desarrollo. Así, es evidente que no se trata de hacer mejor lo realizado hasta ahora y esperar a que las cosas cambien, además, para bien. Lo que se busca es construir colectivamente nuevos pactos de convivencia social y ambiental, lo cual exige crear nuevos espacios de libertad y romper todos los cercos que impiden su vigencia. Tal proceso sin duda implica confrontar un sinfín de intereses actualmente dominantes.

La superación de todo tipo de desigualdades e inequidades es ineludible. El Buen Vivir no puede admitir una sociedad dividida en clases sociales. También es fundamental para su construcción la descolonización y la superación del racismo profundamente enraizado en muchas de nuestras sociedades, tanto como la despatriarcalización. Asimismo, la cuestión cultural y territorial requieren urgente atención.

En definitiva, la lucha es de tipo civilizatoria, implicando que existen decenas, quizás cientos de dimensiones que deben atenderse con igual esmero. Así, hoy más que nunca, en medio de las graves y múltiples dificultades globales que afrontamos -apenas facetas de la crisis civilizatoria que se cierne sobre la Humanidad- es imprescindible construir otras formas de vida, que no estén normadas por la acumulación del capital. El Buen Vivir -sin ser una propuesta única e indiscutible- sirve para eso, incluso por su valor político transformador y movilizador.

La búsqueda de nuevas formas de vida implica revitalizar la discusión política, ofuscada por la visión economicista y tecnicista sobre los fines y los medios. Al endiosar la actividad económica, particularmente al mercado, así como al productivismo y al consumismo, se han abandonado muchos instrumentos no económicos, indispensables para mejorar las condiciones de vida. Estas transiciones deberán entrañar, sin duda alguna, otras lógicas económicas y el aprovechamiento convivial de los avances tecnológicos.[12] Otra economía –por qué no mejor hablar de una post-economía[13]- deberá ser repensada desde la búsqueda y construcción de alternativas aplicadas con una visión holística y sistémica, plasmada desde la vigencia real los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza, con todas las limitaciones que conllevan estos derechos.

En clave de una nueva economía es evidente la necesidad de fortalecer y dignificar el trabajo, proscribiendo cualquier forma de precarización laboral. Sin embargo, esto está incompleto. El Buen Vivir brinda un espacio en donde las personas deben organizarse para recuperar y asumir el control de sus propias vidas.

En medio de esta vorágine de la Modernidad, se ha ido transformando el fenómeno del “ocio”. En vez de expresar libertad y autonomía, el “ocio” vilmente devino en un espacio mercantil de la vida misma. De ser una parte integral de la vida en muchas comunidades, un momento de creatividad y celebración de lo sagrado, el “ocio” pasó a ser un mero espacio de descanso para reponer la fuerza de trabajo y seguir produciendo, o simplemente se convirtió en una oportunidad de negocios. Por lo tanto, hay que ir más allá. Ya no se trata solo de defender la fuerza de trabajo y de recuperar el tiempo de trabajo excedente para los trabajadores, es decir de oponerse a la explotación de la fuerza de trabajo.

Quizás ha llegado la hora de hacer realidad las reflexiones de Paul Lafargue (1848), John Maynard Keynes (1930), Bertrand Russell (1932), Karl Goerg Zinn (1998), Niko Paech (2012), entre otros, quienes desde diversas lecturas sugieren reducir la jornada de trabajo (a 3 o 4 horas, por ejemplo). Este es un reto complejo, porque en sociedades atravesadas por el productivismo eso resulta una herejía.

Otro personaje que debe ser recordado, sin ser economista o algo por el estilo, es Oscar Wilde (1891). El avizoraba que cuando las máquinas se encarguen de hacer todo “el trabajo desagradable, miserable y aburrido”, los humanos podremos gozar de un “deleitoso tiempo de ocio para idear cosas maravillosas y placenteras para su disfrute propio y de todos los demás”. ¿Cómo lograr estas metas que parecen aceptables? ¿Cómo hacer que los avances tecnológicos contribuyan a mejorar las condiciones de vida de todos los habitantes del planeta y no simplemente a continuar en la alocada carrera que demanda la permanente acumulación de capital? ¿Cuándo se entenderá que no podemos aceptar que el sufrimiento de cualquier persona pueda considerarse aceptable en interés de la abstracción del progreso, que además oculta una profunda falacia?

En síntesis, individuos y comunidades deberán “ejercitar su capacidad de vivir diferente” (todos y todas en dignidad, en armonía con la Naturaleza, NdA), como plantea el economista alemán Niko Paech. Esto exige propuestas conviviales (Illich 2013) creadas desde abajo, por individuos y comunidades que presionen a que los gobernantes las incluyan en sus políticas. En esta línea caben las propuestas de Pierre Rabhi (2013), un agricultor, pensador y escritor francés de origen argelino, que invita a caminar hacia una sociedad de “la sobriedad feliz”.

En definitiva, la tarea es repensar el mundo del trabajo vinculándolo con otros mundos de los que nunca debió aislarse. De plano no se puede confundir el ocio con el tiempo libre del no-trabajo provocado por el desempleo o por una cuarentena. Y en ese empeño toca repensar también el ocio, no para normarlo, sino para liberarlo; no para hacer de él un negocio, sino para desmercantilizarlo ampliando su potencial comunitario, creativo y lúdico, diversificándolo desde la enorme pluriversidad cultural del mundo. Aquí afloran una multiplicidad de cuestiones. Hay tanto temas que deben ser repensados íntegramente. Muchos procesos tendrán que desmontarse sistemáticamente para construir otros aparatos productivos sintonizados con patrones de consumo que estén orientados a satisfacer las necesidades genuinas de la gente[14] y no aquellos productos de la “creatividad” derivada de las demandas del capital. Por ejemplo, ¿cuál es el espacio que le cabe al turismo en ese otro mundo?, es entonces una de las tantas preguntas indispensables.

Es hora de pensar en mundo donde quepan todos los mundos: el pluriverso (Kothari, Salleh, Escobar, Demaria, Acosta 2019); un mundo donde todos los seres humanos y no humanos puedan vivir con dignidad, en donde las personas pueden organizarse para recuperar y asumir el control de sus propias vidas, de su trabajo y de su ocio. Desde dicha visión, vinculada con la Madre Tierra, podría ser el espacio para impulsar los buenos convivires.

No nos olvidemos que los seres humanos, en tanto Naturaleza, no somos individuos aislados, somos comunidad social y natural; una comunidad que tiene que ser repensada y construida cada vez más de lo local: ¿seremos capaces de construir “el paraíso” en esos ámbitos y no buscarlo desesperada e inútilmente en regiones distantes, incluso con actividades mercantilizadas que prefiguren torpemente la felicidad? Eso nos conmina a dar un salto civilizatorio en donde el “ocio mercantil” y alienante sea reemplazado por el “ocio emancipador”. Es hora de replantearse la organización de la sociedad desde el ocio como un derecho[15], lo que implica inclusive la necesidad de redistribuir el trabajo tanto como la riqueza y los ingresos.

Aquí surge otro elemento: es indispensable abrir la puerta a la desmercantilización de la Naturaleza, que deberá estar siempre subordinada a las demandas de los seres humanos viviendo en armonía con la Naturaleza. En juego está, entonces, la defensa de la vida en contra de esquemas antropocéntricos de organización socioeconómica, destructores del planeta por la vía de la depredación y la degradación ambientales. De lo anterior se desprende que es urgente superar el divorcio entre la Naturaleza y el ser humano. Escribir ese cambio histórico es el mayor reto de la Humanidad si no se quiere arriesgar la existencia misma del ser humano. De eso se tratan los Derechos de la Naturaleza, incluidos en la Constitución de Ecuador (2008). Reconocer a la Naturaleza como sujeto de derechos asume una postura biocéntrica –que podría ampliarse a una posición carente de todo centro-, basada en una ética alternativa, al aceptar valores intrínsecos en el entorno. Todos los seres, aunque no sean idénticos, tienen un valor ontológico aun cuando no sean de utilidad para los humanos[16].

Resumamos. El Buen Vivir -en tanto filosofía de vida busca un proyecto liberador y tolerante, sin prejuicios ni dogmas. Estos proyecto -también en plural- demandan generar transiciones desde miles y miles de prácticas alternativas existentes en todo el mundo, orientadas por horizontes utópicos que propugnan una vida en armonía entre los miembros de la Humanidad y de estos con la Naturaleza, aprendiendo de formas de vida indígenas, plasmadas en los buenos convivires.

Sin minimizar las acciones a nivel nacional y global, todo indica que el gran impulso surgirá con acciones desde abajo, desde barrios y comunidades, reencontrándonos con la Madre Tierra. Una faena que no puede ser en ningún caso romantizada en tanto emerge desde la misma brutalidad del mundo capitalista. Se trata de una construcción y reconstrucción paciente y decidida, que empieza por desmontar varios fetiches -particularmente económicos, empezando por el imposible crecimiento en un mundo finito- y en propiciar cambios radicales, desde experiencias existentes o desde imaginarios a ser transformados en realidades. Y eso nos conmina a desbaratar las bases patriarcales y coloniales del capitalismo, con lo cual inexorablemente se desmoronará esta civilización de la desigualdad y la violencia.

Para desconsuelo de ciertas personas estas luchas diversas y heterogéneas rompen los moldes tradicionales de “la revolución”, pues no asoman en el horizonte las banderas desplegadas de las vanguardias de iluminados asaltando “el palacio de invierno”. Tampoco nos sirven aquellas lecturas -en esencia siervas de anquilosados paradigmas- que pretenden priorizar las luchas en marcha de acuerdo a viejos modelos transformados en dogmas, que en lugar de aclarar lo que sucede, lo nublan.

Y esa tarea demanda conjugar la democracia en todas sus formas.

 

A modo de prólogo de una transformación permanente

En esta senda de convergencias entre decrecimiento y Buen Vivir no hay espacio para opulentas formas de vida que se dan siempre a costa del estancamiento vital de otros y también de la destrucción de la Naturaleza. No se puede seguir sosteniendo un sistema en el que unas sociedades pueden externalizar permanentemente los efectos negativos generados por sus modos de vida depredadores sobre los empobrecidos de otras regiones del planeta. En palabras sencillas, unos pocos viven bien porque muchos viven mal, en realidad porque esos muchos tienen que vivir mal... Este “habitus de externalización” solo es posible en la medida que se mantiene “un mecanismo de explotación pluridimensional y globalizado”, sostenido en las “asimetrias de poder”, tal como desnuda esta lacerante realidad Stephan Lessenich.[17] Desmontar ese sistema resulta indispensable. Transformaciones globales, regionales y nacionales se perfilan como indispensables. El reto está planteado.

Sin abordar esa demanda por razones de espacios, concentrémonos en un par de puntos. Urge parar la vorágine del crecimiento económico e incluso decrecer, sobre todo en el Norte global. Mientras que el Sur hay que transitar hacia opciones post-desarrollistas, pues incluso quienes propiciaron con entusiasmo el desarrollo están cada vez más plagados de dudas; basta considerar que la misma Comisión Económica para América Latina (CEPAL), a través de su secretaria ejecutiva, a inicios del 2020, en una entrevista, reconoció que el desarrollo y el extractivismo están agotados.[18] Esta es, como atinadamente resume Eduardo Gudynas al analizar esta declaración, “una oportunidad notable para abordar otro tipo de alternativas que estén ubicadas más allá del desarrollo”, aunque él mismo duda que los encargados del poder entiendan lo que significa esta posibilidad[19].

Esto lleva incluso a replantearse en el Sur global el tema del crecimiento económico, considerando -por lo menos- que no todo crecimiento es “bueno” sino que depende de las realidades e historias sociales y ecológicas concretas de cada proceso en cada territorio, como recomendaba Manfred Max-Neef, quien fue muy claro al respecto. En una carta abierta al ministro de Economía de Chile, 4 de diciembre de 2001, escribió:

Si me dedico, por ejemplo, a depredar totalmente un recurso natural, mi economía crece mientras lo hago, pero a costa de terminar más pobres. En realidad, la gente no se percata de la aberración de la macroeconomía convencional que contabiliza la pérdida de patrimonio como aumento de ingreso. Detrás de toda cifra de crecimiento hay una historia humana y una historia natural. Si esas historias son positivas, bienvenido sea el crecimiento, porque es preferible crecer poco pero crecer bien, que crecer mucho pero mal.

En un inicial contexto de decrecimiento, el crecimiento económico podría limitarse a la ampliación de productos específicos que debería hacerse cuando haya que superar carencias específicas o cuando las sociedades afronten alguna contingencia; fuera de esos casos, el principio básico del decrecimiento -asegurando condiciones de vida digna a toda la población- se puede entender como la tendencia a un menor consumo y a una mayor duración de los objetos que se producen buscando reducir de forma controlada la producción económica destructora, pero potenciando simultáneamente mayores niveles de felicidad.

Tal decrecimiento implica no solo reducir físicamente el “metabolismo económico”.  La economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra y a las demandas de la Humanidad. Otras opciones de vida y de organización social fuera del utilitarismo y antropocentrismo de la Modernidad, son indispensables. Esto requiere otra racionalidad que deconstruya la actual lógica de producción, distribución, circulación y consumo. Hay que empezar a desengancharse de la perversidad del capitalismo mundial, sobre todo especulativo.

Y eso nos demanda construir otra economía. No se trata de buscar un equilibrio entre economía, sociedad y ecología; menos aun usando como eje articulador abierto o encubierto al capital. El ser humano y sus necesidades no solo que deben primar sobre el capital, sino que deben constituir el punto medular de otra economía que esté al servicio de la vida, procurando siempre la armonía con la Naturaleza, base fundamental para cualquier existencia. Esta combinación de aproximaciones es clave.

De todo lo anterior, a modo de síntesis, se puede concluir en la necesidad de considerar los siguientes aspectos:

  • Es evidente que el crecimiento económico no puede ser el objetivo de una economía propia de una civilización diferente a la capitalista. Es más, para algunos menesteres puede incluso resultar contraproducente. Se debe aceptar que el crecimiento económico permanente en un mundo finito es una locura. Hay que desarmar, entonces, tanto la economía como la sociedad del crecimiento. Adicionalmente, si ya se acepta que el crecimiento económico no es equivalente a desarrollo, con mayor razón eso debe ser válido para una decidida construcción del buen vivir o sumak kawsay, que representa una alternativa al desarrollo.
  • La desmercantilización de la Naturaleza, como parte de un reencuentro consciente con la Pachamama, es un asunto crucial. Sin rodeos, la economía debe subordinarse a la ecología. La desmercantilización de la Naturaleza vendrá de la mano de la desmaterialización de los procesos productivos, orientada a una producción más eficiente, capaz de utilizar menos recursos. Los objetivos económicos deben estar sometidos a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana y asegurando la calidad en la vida de todas las personas.
  • Si se habla de desmercantilización de la Naturaleza, esta acción se debe instrumentar también con los bienes comunes, entendidos como aquellos bienes que pertenecen, son de usufructo o son consumidos por un grupo más o menos extenso de individuos o por la sociedad en su conjunto. Estos bienes pueden ser sistemas naturales o sociales, palpables o intangibles, distintos entre sí, pero comunes al ser heredados o construidos colectivamente.
  • La descentralización es otro de los aspectos medulares de otra economía. En muchos ámbitos, como en el de la soberanía alimentaria o energética, incluyendo la salud, por ejemplo, se precisan respuestas-acciones más cercanas a la gente. Es decir, desde las propias comunidades, desde sus propios territorios (rurales y urbanos), habrá que encontrar las respuestas más adecuadas; respuestas que muchas veces ya están presentes desde hace mucho tiempo atrás y que no han sucumbido a los mandatos capitalistas. Está acción, como parte de un ejercicio de reterritorialización cultural, está orientada a recuperar el protagonismo y el control de las personas, es decir, de las comunidades, en la toma de decisiones, para fortalecer la participación y los procesos locales.
  • La distribución equitativa del ingreso y la redistribución de la riqueza (inclusive del trabajo, que también deberá ser objeto de un proceso de desmercantilización) es un paso fundamental para la construcción de otra economía, que propenda al buen vivir. Esto exige una profunda redistribución del poder, así como la construcción de sociedades fundamentadas en la igualdad y en equidades en plural. No solo está en juego la cuestión de la lucha de clases, es decir el enfrentamiento capital-trabajo. Está en juego la superación efectiva de las inequidades étnicas, sociales, económicas, políticas, de género e intergeneracionales
  • La democratización de la economía, de otra economía, completa lo anotado anteriormente. Es indispensable que la toma de decisiones en el ámbito económico, en todos los niveles, sea cada vez más participativa y deliberativa. Esto implica asegurar tanto los derechos de los productores como de los consumidores. Deben regir aquellos principios de organización social comunitaria que vayan más allá de lo económico crematístico y del utilitarismo convencional.

Estas son algunas bases para construir colectivamente otra civilización, que debe partir de un enorme esfuerzo cultural. La pregunta que surge en este momento es si la pandemia será un shock suficiente para que los poderosos acepten la necesidad de un golpe de timón. Muchas de las advertencias realizadas desde hace muchos años parecen convertirse en realidad. El crecimiento económico imparable se estrella con los límites biofísicos, sin que los avances tecnológicos puedan resolver estos complejos retos.

Las capacidades de respuesta de las mismas sociedades y por cierto de resiliencia de la Naturaleza parecen cada vez más limitadas mientras más avanzan las relaciones globalizantes, con una interconexión centrada en una imparable acumulación del capital, al tiempo que las interdepencias humanas son avasalladas por el productivismo, el consumismo, el individualismo…

En este complejo momento, cuando el viejo mundo se derrumba, hay voces que reclaman un golpe de timón. Se reclama por senderos de postdesarrollo, postextractivismo, decrecimiendo, convivialidad, buenos convivires… Parecería llegado el momento para esa gran transformación, en los términos planteados por Karl Polanyi.

Tiempo habrá para analizar lo sucedido durante la pandemia del coronavirus y las respuestas adoptadas. Lo que nos preocupa es saber cuánto de este impacto global será realmente interiorizado por las diversas sociedades y sus gobernantes. Es muy probable, como sucedió luego de la crisis financiera del 2008-2009, que los poderosos, inclusive en complicidad con sus víctimas, deseosas de superar su arresto domiciliario colectivo, vuelvan a las viejas andanzas.  El capital, con “hambres atrasadas”, acelerará el paso. Los Estados, en contubernio con los poderes económicos transnacionales, procurarán mejorar sus niveles de control y disciplinamiento social optando por nuevos esquemas tecnológico-represivos. Y muchísimas personas tratarán de adaptarse a estos cambios para seguir persiguiendo perversamente la promesa del progreso y del generalizado bienestar, sacrificando a millones de sus propios congéneres y por cierto a la Madre Tierra.

Contando con la memoria de estas complejas horas de cuarentena obligada y de dolor acumulado habrá que seguir cambiando el mundo, lo que demanda transformaciones en todos los ámbitos de la vida: salud y alimentación, campo y ciudad, producción y consumo, igualdad y libertad, trabajo y ocio… Reinventemos la vida desde una desaceleración comunitaria creativa, sobre bases de “confianza (que) no aspira a la certidumbre, sino a la posibilidad de compartir el sentido” (Garcés 2018).

 

 

 

Referencias

Acosta, Alberto y Ulrich Brand. 2017. Salidas del laberinto capitalista–Decrecimiento y Postextractivismo, Barcelona: ICARIA.

Brand, Ulrich y Markus Wissen. 2017. Imperiale Lebensweise - Zur Ausbeutung von Mensch und Natur in Zeiten des globalen Kapitalismus. München: Oekom Verlag.

Garcés, Marina. 2018. (epílogo) “La historia de una idea”. En El peligro de la historia única, de Chimamanda Ngozi Adichie.  Barcelona: Literatura Random House.

Illich, Ivan. 1973. La convivencialidad. Barcelona: Barral Editores, S.A.

Karl, Polanyi. 1944. La gran transformación– Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. México: Fondo de Cultura Económica.

Keynes, John Maynard. 1963. “Posibilidades económicas de nuestros nietos”, Economic Possibilities for our Grandchildren. En Essays in Persuasion, 358-373. New York: W. W. Norton & Co.

Lafargue, Paul. 2011 [1848]. El derecho a la pereza. Madrid: MAIA EDITORES.

Leff, Enrique. 2008. “Decrecimiento o deconstrucción de la economía”, revista virtual Peripecias (117), 8 de octubre.

Russel, Bertrand. 1932. Elogio de la ociosidad. Madrid: Universidad Complutense de Madrid. Disponible en http://webs.ucm.es/info/bas/utopia/html/russell.htm

Tortosa, José María. 2011. “Maldesarrollo y mal vivir – Pobreza y violencia escala mundial”. En serie Debate Constituyente, editado por Alberto Acosta y Esperanza Martínez. Quito: Abya–Yala.

Wilde, Oscar. 1891. The Soul of Man under Socialism. Disponible en https://www.marxists.org/reference/archive/wilde-oscar/soul-man/

Zinn, Karl George. 1998. “Machtfrage Vollbeschäftigung”, Sozialismus (3).



[1] Este texto se inspira en otros trabajos del autor, sobre todo en el libro que escribió con Ulrich Brand (2017); Salidas del laberinto capitalista – Decrecimiento y Postextractivismo, ICARIA, Barcelona.

[2] Para mayores detalles sobre decrecimiento se puede revisar, entre muchos otros aportes los de Serge Latouche (2009); Decrecimiento y posdesarrollo: el pensamiento creativo contra la economía del absurdo, Barcelona; Icaria; Niko Paech (2012); Befreiung vom Überfluss, Oekom Verlag, München; Tim Jackson (2017); Prosperity without growth: Foundations for the Economy of Tomorrow Routledge, London; Giacomo D'Alisa; Federico Demaria;  Giorgios Kallis – editores (2015); Decrecimiento. Vocabulario para una nueva era, ICARIA, Barcelona.

[3]John Stuart Mill (1848); Principles of Political Economy with Some of Their Applications to Social Philosophy, University of Toronto Press.

[4] Mencionemos a Nicholas Georgescu-Roegen, Kenneth Boulding, Herman Daly, Serrge Latouche, Tim Jackson, Niko Paech, Enrique Leff, José Manuel Naredo, Joan Martínez Alier entre otros. Incluso, Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, rompió lanzas en contra del crecimiento económico visto como sinónimo de desarrollo.

[5] Algunas de estas reflexiones forman parte del trabajo de Alberto Acosta y Ulrich Brand (2017); Salidas del laberinto capitalista – Decrecimiento y Postextractivismo, ICARIA, Barcelona, con ediciones publicadas en Argentina (2017), Ecuador (2017), Alemania (2018), Brasil 2018).

[6] Consultar en Alberto Acosta (2020); “El turismo en la senda del postdesarrollo. [Por ahora en la trampa del COVID-19]”. Disponible en http://www.albasud.org/noticia/es/1213/el-turismo-en-la-senda-del-postdesarrollo-por-ahora-en-la-trampa-del-covid-19

[7] Es indispensable insistir en que estas ideas surgen desde el mundo indígena. Un mundo donde no prima la cultura escrita lo que limita la recuperación de sus visiones. Sin embargo, aquí -a más de algunos documentos del movimiento indígena, sobre todo de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador: CONAIE (2013); Proyecto político para la construcción del Estado Plurinacionale Intercultural – Propuesta desde la visión de la CONAIE, Quito - mencionamos un par de aportes de indígenas que han sido importantes para la difusión de estas ideas, en el Ecuador: Carlos Viteri Gualinga (2000); “Visión indígena del desarrollo en la Amazonía”, Quito, (mimeo); en Bolivia Fernando Huanacuni Mamani (2010); Vivir Bien / Buen Vivir Filosofía, políticas, estrategias y experiencias regionales, Convenio Andrés Bello, Instituto Internacional de Investigación y CAOI, La Paz. Un aporte en donde se hace una interesante recopilación del pensamiento indígena sobre el tema es el de Antonio Luis Hidalgo–Capitán, Alejandro Guillén García – Nancy Deleg Guazha (2014); Antología del Pensamiento Indigenista Ecuatoriano sobre Sumak Kawsay, Universidad de Cuenca y Universidad de Huelva; en el que se recogen textos de Luis Macas, Nina Pacri, Blanca Chancoso, Arirura Kowii, Luis Maldonado, entre otras personas.

[8] Las expresiones más conocidas del Buen Vivir o Vivir Bien, remiten a conceptos existentes en lenguas indígenas de América Latina, tradicionalmente marginados, pero no desparecidos: sumak kawsay o allí kawsay (en kichwa), suma qamaña (en aymara), ñande reko o tekó porã (en guaraní), pénker pujústin (shuar), shiir waras (ashuar) entre otras. Existen nociones similares en otros pueblos indígenas, por ejemplo: mapuches de Chile, kyme mogen; kunas de Panamá, balu wala; miskitus en Nicaragua, laman laka; así como otros conceptos afines en la tradición maya de Guatemala y en Chiapas de México.

[9] Se recomienda consultar el pensamiento tan actual y por cierto potente de Iván IlIich (2015); Obras reunidas, Fondo de Cultura Económica, México.

[10] Existen, por cierto, muchas contribuciones sobre el Buen Vivir de quienes no necesariamente provienen del mundo indígena, recordamos los trabajos de Atawallpa Oviedo Freire (2011); Qué es el sumakawsay – Más allá del socialismo y capitalismo, Quito; Xavier Albo (2009); “Suma qamaña = el buen convivir”. Revista Obets, Alicante; Josef Estermann (2015); Más allá de Occidente – Apuntes filosóficos sobre interculturalidad, descolonización y el Vivir Bien andino, Abya-Yala, Quito; Eduardo Gudynas; “Buen Vivir: sobre secuestros, domesticaciones, rescates y alternativas”, en varios autores; Bifurcación del Buen Vivir y el sumak kawsay, Ediciones SUMAK, Quito, 2014; Francois Houtart (2011); “El concepto del sumak kawsay (Buen Vivir) y su correspondencia con el bien común de la  humanidad”, Revista Ecuador Debate Nº 84, CAAP, Quito; Omar Felip Giraldoe; Utopías en la era de la supervivencia – Una interpretación del Buen Vivir, Editorial ITACA, México 2014. Por igual hay que resaltar las importantes investigaciones sobre el origen del concepto Buen Vivir de David Cortez; uno de sus aportes más destacados y recientes es (2016); “Sumak Kawsay, Buen Vivir y Cambio Climático- Genealogías”, en Cambio climático. Lecciones de y para Ciudades de América Latina. Sylvie Nail (Ed.), 143-173, Universidad Externado de Colombia, Bogotá

[11] Consultar las reflexiones sobre este tema en el artículo de Alberto Acosta (2018); “Repensando nuevamente el Estado ¿Reconstruirlo u olvidarlo”, en varios autores; América Latina: Expansión capitalista, conflictos sociales y ecológicos, Universidad de Concepción, Chile. Una versión revisada de este artículo fue publicada en el libro de varios autores; Desarrollo, Sociedad, Alternativas; Pascual García, Jessica Ordoñez, Ronaldo Munck (editores), Glasnevi Publishin, Dublin. Disponible también en https://ecuadortoday.media/2019/01/04/repensando-nuevamente-el-estado-reconstruirlo-u-olvidarlo/

[12] Sin negar para nada la posible importancia de los veloces avances tecnológicos alcanzados, particularmente en las últimas décadas y que nos seguirán sorprendiendo día a día, hay que tener presente que no toda la Humanidad se beneficia de dichos logros. Hay, por ejemplo, segmentos enormes de la población mundial que no acceden por igual al mundo de la informática. Mientras que por otro lado la tecnología puede ser una herramienta de dominación como sucede con la creciente ampliación de los mecanismos de control de sociedades e individuos.

[13] Una tarea que demanda, por ejemplo, reubicar a la economía en su verdadero espacio dentro de las ciencias sociales desmontándole de su pedestal “imperial”; ciencias -también de herencia europea- que también deben ser cuestionadas. Ver, por ejemplo, Alberto Acosta (2015); “Las ciencias sociales en el laberinto de la economía”, Revista Latinoamericana POLIS 41, disponible en https://journals.openedition.org/polis/10917; Alberto Acosta, John Cajas-Guijarro (2018), “De las “ciencias económicas” a la posteconomía - Reflexiones sobre el sin-rumbo de la economía”, Revista Ecuador Debate 103, CAAO, Quito, disponible en rebelion.org/docs/242595.pdf

[14] Esta es una cuestión de fondo. Esta discusión sobre las necesidades humanas se puede ahondar desde las valiosas reflexiones de Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martin Hopenyhayn (1993); Desarrollo a Escala Humana. Montevideo, Editorial Nordan - Comunidad. Ellos propusieron una matriz que abarca nueve necesidades humanas básicas axiológicas: subsistencia, protección, afecto, comprensión, participación, creación, recreo, identidad y libertad; y, cuatro columnas con las necesidades existenciales: ser, tener, hacer y estar. Desde la lectura de esta matriz se propone construir indicadores subjetivos que permitan diagnosticar, planificar y evaluar la relación entre las filas y columnas. Pensar proyectos concretos desde esa lectura nos lleva a otras racionalidades, dignas de ser consideradas.

[15] Recomiendo la lectura del siguiente texto: Alberto Acosta (2020); “Por el derecho al ocio, no al trabajo - Un textito recuperado en medio de la pandemia del Covid-19”, 3 de mayo. Disponible en https://ecuadornoticias.org/hoy-mas-que-nunca-por-el-derecho-al-ocio-no-al-trabajo/

[16] La lista de trabajos sobre esta materia crece de forma acelerada. La Humanidad debe empezar ya trabajar en forma seria una Declaración Universal de los Derechos de la Naturaleza. Entre los muchos textos que se pueden mencionar sobre esta cuestión de la Naturaleza como sujeto de derechos, se recomienda el de Eduardo Gudynas (2016); Los Derechos de la Naturaleza - Respuestas y aportes desde la ecología política. Abya Yala, Quito. También se puede sugerir el libro con textos de varios autores y varias autoras: Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (editores) (2011); La Naturaleza con derechos – De la filosofía a la política, Serie Debate Constituyente, Abya Yala, Quito.

[17] Consultar el magnífico aporte de Stephan Lessenich (2019); La sociedad de la externalización, Herder, Barcelona.

[18] Ver la entrevista a Alicia Barcena secretaria ejecutiva de la CEPAL, que asume como agotado el modelo de desarrollo del subcontinente., en Diario el País de España, del 7.02. 2020, disponible en

 https://elpais.com/economia/2020/02/05/actualidad/1580921046_527634.html

[19] Ver Eduardo Gudynas; “El agotamiento del desarrollo: La confesión de la CEPAL” (14.02.2020), disponible en  http://economiasur.com/2020/02/el-agotamiento-del-desarrollo-la-confesion-de-la-cepal/

 

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