Sociología histórica de Norbert Elias. Perspectivas analíticas, límites y pertinencia para una sociología histórica de las derechas chilenas

A sociologia histórica de Norbert Elias. Perspectivas analíticas, limites e relevância para uma sociologia histórica dos direitas chilenas

The historical sociology of Norbert Elias. Analytical perspectives, limits and relevance for a historical sociology of chilean right-wing

 

 

Fabián Bustamante Olguín

Doctorando en Sociología

Universidad Alberto Hurtado / Universidad de Chile

fgbustamanteo@gmail.com

 

Resumen: Este artículo está dividido en dos partes: la primera parte analiza la teoría sociológica de Norbert Elias a partir de dos obras: El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas y Sociología fundamental, con el propósito de profundizar en su modo de hacer sociología en su interés no solo de derribar los límites disciplinares, sino también de mixturar dos disciplinas (sociología e historia) para explicar el cambio social en la historia. En la segunda parte se intenta insertar, de manera exploratoria, la sociología histórica de Elías al estudio de las derechas chilenas.

Palabras clave: Sociología histórica; Norbert Elías; proceso de civilización; figuración; derechas chilenas.

 

Resumo: Este artigo está dividido em duas partes: a primeira parte analisa a teoria sociológica de Norbert Elias a partir de duas obras: O processo civilizador e Sociologia Fundamental, com o objetivo de aprofundar sua maneira de fazer a sociología do seu interesse não só para derrubar fronteiras disciplinares, mas também mixturar duas disciplinas (Sociologia e História) para explicar a mudança social na história. Na segunda parte tentamos aplicar, de forma exploratória, a sociología histórica de Elias na pesquisa das direitas chilenas.

Palavras-chave: Sociologia histórica; Norbert Elías; o proceso civilizador; figuração; direitas chilenas.

 

Abstract: This article is divided into two parts: the first part analyzes the sociological theory of Norbert Elias from two works: The Civilizing process and Fundamental Sociology, with the purpose of deepening their way of doing sociology in their interest not only to break down disciplinary boundaries, but also to mix two disciplines (sociology and history) to explain social change in history. In the second part, we try to insert, in an exploratory way, the sociological history of Elias to the study of Chilean right-wing.

Keywords: Historical sociology; Norbert Elías; civilizing process; figuration; Chilean right-wing.

Fecha de recepción: 26 de enero de 2019.

Fecha de aceptación: 6 de julio de 2019.

 

 

Exordio: reflexiones sobre la sociología histórica

Se podría decir que la síntesis original efectuada por Elias, a nuestro juicio, lo ubica como uno de los pioneros en lo que se conoce como sociología histórica, incluso mucho antes de su desarrollo, en las década de los cincuenta y sesenta en los Estados Unidos, por parte de algunos sociólogos de diferentes tradiciones teóricas: S.N Eisenstadt (funcionalista); Reinhard Bendix (weberiano); Charles Tilly (durkheimiano); Stein Rokkan (parsoniano) o Immanuel Wallerstein (marxista). También pueden destacarse: Santos Juliá y Ramón Ramos (España), Ludolfo Paramio (Italia), Theda Skocpol, Phillips Abrams y Michael Mann (Estados Unidos), entre otros, quienes han intentado aproximarse desde la sociología a la historia (Beriain y Iturralde 2004, 943). En la década de los sesenta, con los trabajos de Immanuel Wallerstein y Perry Anderson, la sociología histórica comienza a tomar legitimidad como disciplina (Paramio 1986).

Dentro de los sociólogos señalados, por otro lado, el trabajo de la norteamericana Theda Skocpol (1984), quien en su obra Los Estados y las revoluciones sociales, sobre tres revoluciones sociales, la francesa, la rusa y la china, marcó un antes y un después en la sociología histórica, impactando también a los historiadores sociales. El trabajo de Skocpol significó –al igual que su maestro Barrington Moore-, una variedad de la historia comparada, pero hecha por sociólogos, con la ventaja de la conceptualización y teoría (Hernández 2014). En cierto modo estos estudios –como el de Skocpol- se orientaron en análisis políticos marcados por el desarrollo de una sociología histórica comparativa, caracterizada por realizar generalizaciones haciendo hincapié en las exploraciones históricas.

Otro punto de vista analítico en la sociología histórica es de tinte episódica, una modalidad minoritaria, defendida por el mencionado Phillips Abrams que aboga por una fusión entre sociología e historia, mediante una narrativización de la sociología; sin embargo esta posición no ha podido por el momento fijar sus objetivos en alguna investigación concreta (Beriain y Iturralde 2004, 943). 

El historiador francés Gérard Noiriel, por otro lado, designa como sociohistoria a una corriente de investigación que se ha desarrollado durante los últimos quince años, combinando los principios fundadores de la historia y de la sociología. Este autor francés evoca a la dimensión histórica de los trabajos de los sociólogos clásicos como Durkheim, Max Weber, Norbert Elias y Pierre Bourdieu, y aquellos historiadores que han contribuido al conocimiento del mundo social, en particular a los participantes de la escuela historiográfica de Annales, en Francia (Noiriel 2011). Aunque también podría agregar a la historiografía social marxista (conocida como la Escuela Marxista Británica) y su magnífico descubrimiento de las “caras de la multitud”, que contribuyó a nuevas interpretaciones sobre los procesos históricos en los trabajos de Eric Hobsbawm, George Rudé o Edward Thompson (Martínez Dorado 1995, 5).

Por cierto, para el autor francés, Elias reviste un interés excepcional para el sociohistoriador, puesto que él dirigió su mirada a la historia para comprender los trastornos del mundo en que pasó su juventud, e intentar responder, ¿por qué un mundo civilizado, como el europeo en ese entonces, pudo sumergirse en la barbarie totalitaria? (Noiriel 2011. 23). A todo esto, El proceso de la civilización (Zivilisationsprozess) se escribió en plena guerra civil europea (1914-1945) dominado por dos contiendas bélicas mundiales.    

De todas formas hay que advertir que la clasificación de autores y de tendencias en la sociología histórica es algo intrincado. Cada uno de los sociólogos citados presenta distintos matices. Pero lo interesante de todos ellos es su “sensibilidad de revivir –como señala Skocpol-preocupaciones históricas de gran tradición dentro de la sociología” (Skocpol 1991).   

Con todo, la sociología histórica no estuvo exenta de dificultades, sobre todo por la negativa de presentarla como especialidad o subcampo dentro de la sociología (Beriain y Iturralde 2004, 943). Ello –a mi juicio- porque la intersección de ambas disciplinas, en algunos momentos, conlleva a un “diálogo de sordos”, como señalaba el historiador francés, Fernand Braudel (Burke 2000, 12-4).

Digamos que esta intersección ha generado diversas posiciones y amplias controversias. Una de ellas es la postura que sostiene la distinción entre ambas disciplinas, pese a que estudian lo mismo, pero presentan diferencias metodológicas y epistemológicas. Al respecto rescato la crítica que inició el sociólogo inglés –antes historiador- John Goldthorpe en 1994 en British Journal of Sociology, que podría resumirse en cuatros puntos: 1) la sociología y la historia no son lo mismo; 2) que una importante diferencia entre ambas es la naturaleza de sus datos; 3) la sociología tiene la ventaja sobre la historia de no estar constreñida por la existencia o no de vestigios (relics). A diferencia del historiador, el sociólogo puede fabricar datos según su propio diseño de los problemas que plantea en una investigación, mientras que para el historiador sin vestigios no hay historia. El sociólogo construye los datos, el historiador los descubre (Castillo 2003, 57-8; Ariño Villaroya 1995, 15). Esta perspectiva de Goldthorpe es criticada, porque si bien el sociólogo tiene la ventaja de fabricar los datos a su antojo o necesidad de olvidarse de la práctica concreta de la investigación, que pasaría, como se pregunta, Juan José Castillo: “Y si no le dejan preguntar o fabricar? ¿Y su diseño cuesta unos dineros que ninguna agencia estatal ni autonómica está dispuesta a financiar?” (Castillo 2003, 59).

Desde otro punto de vista, hay autores que proponen un nexo total entre sociología e historia como Phillips Abrams, Anthony Giddens y el historiador Peter Burke. En esta línea podríamos situar a Norbert Elías, nuestro autor, para quien la sociología es ante todo una empresa histórica, de estudio de los procesos en el largo plazo. Por el contrario, otros adoptan una posición intermedia entre los extremos de la separación sustancial y la plena fusión. Es decir, reconocimiento de la autonomía recíproca de las disciplinas, entendiendo que no son lo mismo, y deberían complementarse. Entre los autores que están por esta posición se encuentra la señala Theda Skocpol, Santos Juliá, Charles Tilly, Ludolfo Paramio y Michael Mann.

De alguna manera la sociología histórica es resultante del proceso de hibridación que las ciencias sociales han venido experimentando en los últimos años. Si analizamos el caso latinoamericano, hay autores como el sociólogo chileno Tomás Moulián y los argentinos Waldo Ansaldi y Verónica Giordano, que han abordado el acontecer histórico latinoamericano y de sus países basados en marcos teóricos venidos desde la sociológica[1]. En su apología a la sociología histórica resaltan el concepto de hibridación disciplinaria para entender comparativamente la compleja historia de nuestro continente, a partir de la aplicación de conceptos a situaciones históricas concretas en distintos países latinoamericanos (Ansaldi y Giordano 2016).   

Es importante destacar, a partir de todo lo anterior, que, ya en el período de entreguerras en Europa, Elias visibilizó primeramente los problemas que arrastraba la fronterización entre sociología y otras disciplinas (psicología, historia, etcétera). Su paradigma es ante todo multidimensional porque, como veremos más adelante, subraya en las interdependencias del “proceso de la civilización”. 

Sin perjuicio de ello, en este escrito pretendemos responder a la siguiente interrogante: ¿en qué medida la teoría sociológica de Norbert Elias podría abrir campo de trabajo para la sociología, a partir de su recorrido procesual a largo plazo? ¿Cómo podría esta forma de hacer sociología contribuir al estudio de las derechas chilenas en el siglo XX?[2]

Así entonces, este artículo está dividido en dos partes: la primera analiza la teoría sociológica de Norbert Elias a partir de dos obras: El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas (2016 [1939])[3] y la segunda, Sociología fundamental (2008 [1970]), con el propósito de profundizar en su modo de hacer sociología (que rechaza las convenciones y asunciones teóricas adoptadas por las ciencias sociales y la sociología), con el fin de derribar los límites disciplinares y, además de mixturar la sociología con la historia para explicar el cambio social en la historia. En la segunda parte, se intenta aplicar, de manera exploratoria, la teoría de Elías al estudio de las derechas chilenas.

 

Reparo a la sociología predominante: el concepto de figuración como superación de la dicotomía individuo/sociedad

Ya hemos señalado con anterioridad que a Norbert Elias se le encasilla dentro de la sociología histórica, y también que El proceso de la civilización, es su opus magnum. Desde esta última obra varían todos los conceptos que posteriormente analizará y reforzará a lo largo de sus trabajos posteriores (por ejemplo cuando aborda los problemas fundamentales de la teoría sociológica en Sociología fundamental).

En la introducción a El proceso de la civilización, Elias perfila el hilo conductor de su investigación criticando la sociología de Parsons, que opone individuo-sociedad recogiendo “la idea, ya desarrollada por Durkheim, de que en la relación entre «individuo» y «sociedad», se trata de una «imbricación recíproca», de una «interpenetración» entre individuo y sistema social” (Elias 2016, 37). En la perspectiva de Elias, el análisis universal y el sistemismo homeostático de Parsons son dos puntos críticos dentro de su sociología. En efecto, el análisis de las variables-pauta (pattern variables) se limita a una combinatoria de conceptos atemporales que reduce, y no puede dar razón de la riqueza de la evidencia histórica. Por otra parte, el sistemismo homeostático tiene el defecto de concebir las distintas sociedades como totalidades estáticas congeladas en un equilibrio funcional para el que el cambio social solo puede ser una rareza o una excepción (Elias 2016, 36-8). En ambos puntos se presupone una ontología estática, es decir, la realidad está entendida como una composición fija; las palabras y conceptos utilizados tienden a convertirse espontáneamente en sustancias, en cosas visibles y tangibles, cuestión que denota un reduccionismo evidente al considerar como equivalentes los conceptos e ideas a los hechos reales que refieren. El resultado de esta perspectiva parsoniana –a juicio de Elias- es la degeneración de los todos problemas sociológicos en dicotomías injustificadas (individuo/sociedad).

Todo ello ocurre como consecuencia del abandono de la sociología al análisis histórico, “de cómo pasan las sociedades en su desarrollo de una fase a otra ha desaparecido del círculo de intereses de los teóricos más destacados de la sociología (Elias 2008, 181). Los sociólogos, en efecto, se han concentrado en el presente, desconociendo los fenómenos históricos de gran alcance y los procesos de larga duración, cuestión que sería una de las deficiencias de la disciplina. Lo que –a mi juicio- efectúa Elias, a partir de esta crítica, es reorientar teórica y metodológicamente la sociología, para explicar la sociedad moderna desde su génesis y tomar en cuenta los procesos de largo alcance que han llevado a la situación actual. La variación ontológica debe dirigirse desde el estatitismo al procesual o histórico, puesto que él entiende que la realidad social se nos muestra como un proceso que se desarrolla históricamente, y el propósito de la sociología es adoptar un modelo adecuado para hacerla inteligible. La sociología debe prescindir de su concepción ahistórica e iniciar un abordaje histórico-empírico para la comprensión de las sociedades modernas. Desde el punto de vista de Elias recurrir al análisis histórico es un estrategia de investigación posible para superar este problema de la sociología, dado que ayuda a situar las interrelaciones que se producen y como estas dan lugar a conceptos o realidades concretas. La introducción de un análisis interdisciplinario, haciendo confluir sociología e historia, lo convierte en uno de los iniciadores de la sociología histórica.

Así entonces, emerge una alternativa sociológica a la sociología hegemónica: una sociología “evolutiva”, que recibe la etiqueta de composición en El proceso de la civilización y posteriormente el de figuración en Sociología Fundamental. También aparece el concepto de configuración en su obra La sociedad cortesana, aunque estas etiquetas tienen distintas traducciones apuntan a lo mismo. En este escrito utilizaremos el concepto de figuración[4].

Este concepto permite al sociólogo alemán “flexibilizar la presión social que nos lleva a pensar “individuo y sociedad como si fuese dos figuras distintas y antagónicas” (Elias 2008, 154). Esta superación de la dicotomía, en efecto, permite el acceso a un modo de comprensión de la sociedad como un tejido móvil y cambiante de interdependencias que vinculan entre sí a los seres humanos (Elias 2016, 70).

Así, entonces, el aspecto central de la figuración es la interdependencia (Elias 2016, 70-1) que se encuentra en un movimiento continuo que puede experimentar cambios de tipos sincrónicos o diacrónicos. Estos últimos cambios de carácter sincrónico en las figuraciones no acontecen de manera planeada ni prevista por parte de los individuos.

En este enfoque procesual de Elias no tiene cabida pensar a los individuos aislados, sino siempre en figuraciones. Este es “el centro del problema teorético de la sociología” (Elias 2008, 159). La interdependencia, en efecto, no supone la existencia de dependencias recíprocas equilibradas e iguales entre las personas. Estas no gozan de una autonomía total sino que están en función de las conexiones que desarrollen siempre en un grado de autonomía relativa. Por lo tanto el sujeto se encuentra en una compleja red de interdependencias en cuyo seno se encuentra con un margen de acción limitado por la propia figuración. 

Así, este carácter relacional de lo social en la perspectiva de Norbert Elías tiene consecuencias para otro concepto: el poder. Según este autor el poder se suele utilizar en la sociología como un “objeto aislado en estado de reposo” (Elias 2008, 137). Bajo su perspectiva teórica, poder sería es una relación asimétrica que se establece entre quien domina y es dominado en la que tanto uno como otro tienen poder sobre el prójimo aunque en diferente medida (es decir, el poder es aparente porque siempre está en relación a un otro). Aquél que acumula mayores oportunidades de poder incrementa su margen de acción teniendo siempre presente que se encuentra bajo los dictados de la figuración que integra las relaciones de interdependencia que en ella le ligan a otras personas. El propósito de la sociología sería el análisis de estas figuraciones; integradas por personas, sus intercambios y las relaciones que allí se desarrollan. Para Elias, el individuo no puede seguir siendo analizado como un sujeto sin relaciones con nadie o en sí mismo (Elias 2008,137). A este respecto, los sociólogos, a juicio de Elias, trabajan con lo que él denomina como homo clausus, es decir, un sujeto independiente de los demás (Elias 2008, 144; Elias 2016, 58). Frente a ello, Elias proyecta un homines aperti (hombre abierto), en una pluralidad de situaciones envueltas en un proceso abierto e interdependiente (Elias 2008, 149).

Por otra parte, los elementos que interrelacionan a los individuos en una figuración son las vinculaciones afectivas, vinculaciones profesionales y vinculaciones estatales. Esto refleja que los individuos son dependientes y están “dirigidos” hacia los demás. En efecto la definición de las vinculaciones afectivas aparece de manera “incompleta” en su libro Sociología fundamental, pero es entendida “como inclinación fundamental de la persona hacia los demás” o como “necesidad emocional profunda que siente un hombre de entablar relación con otros miembros de su especie” (Elias 2008, 162). A diferencia de ello, las vinculaciones profesionales y estatales aparecen definidas con mayor precisión. En el caso del primero es definido como “uniones de los hombres para la defensa colectiva de su vida y para la supervivencia de su grupo contra los ataques de otros grupos o, también, para el ataque en común a otros grupos por motivos muy diversos”. En el segundo caso, se refiere a los fenómenos de interdependencia que tienen lugar a la luz de la división del trabajo y a la especialización funcional que esta conlleva (Elias 2008,164-73). 

La noción de Elias de figuración no escapa a la crítica. Inicialmente cabe matizar su supuesta novedad. Elias observa en el concepto de figuración una promesa de síntesis y superación teórica gracias a los contenidos que le dan forma: procesualidad, poder e interdependencia. En la centralidad de esos contenidos radica -para él- su novedad. Sin embargo, corrientes como el interaccionismo simbólico de George Mead ya habían argüido contra el funcionalismo que la realidad social no debía ser entendida como algo estático o independiente sino como un proceso.

Asimismo otro problema que presenta el concepto de figuración es su comprobación empírica. Para ello el autor alemán utiliza la analogía del concepto con los juegos, la danza o, en ejemplos concretos, como los habitantes de un pueblo o el profesor en clase con sus alumnos (Elias 2008, 156). Sin embargo, a nuestro juicio, el concepto aparece difuso, sin una constatación empírica sustentable, por lo que tiene un carácter más bien descriptivo que explicativo. Sobre el punto se podría decir que Elias nunca realizó investigación de campo, cuestión que podría ser un óbice en su trabajo. En este aspecto, la utilización metafórica del juego como herramienta conceptual en su Sociología fundamental, podría eventualmente restarle al concepto de figuración. Sin embargo –en su defensa- el interés de Elias con estas metáforas es introducir la capacidad de “imaginación sociológica” (Elias 2008, 86) para clarificar las tareas de la disciplina, con el propósito de superar aquella sociología “estática”, que abandonó los “problemas evolutivo-sociales, de la sociogénesis y psicogénesis (Elias 2016, 53). El modelo de juego pretende explicar las relaciones de poder y dependencia entre los individuos, relaciones que son relaciones estructuradas, reguladas y cambiantes (y del cual siempre permanece el “equilibrio fluctuante” de poder (Elias 2008, 87), con el propósito de develar los descuidos que incurre la teoría sociológica enfatizando en las dinámicas, tensiones e interdependencias entre los individuos (Elias 2008, 85-120).

Digamos, por último, sin perjuicio de estas limitaciones, el punto axial de este concepto es que la estructura social se constituye como un entramado que al mismo tiempo interrelaciona a los individuos, de una manera procesual y en absoluta interdependencia.  Por ello, Elias concibe –a nuestro juicio- una ontología procesual, a diferencia de aquella de Parsons.   

 

El uso de la historia para la indagación del cambio social: sociogénesis y psicogénesis del “proceso de la civilización”

Se podría decir, como ya hemos visto en páginas anteriores, en la elaboración del esquema de análisis del concepto de figuración, la historia juega un papel importante[5].  Desde ya una sociología de carácter procesual posibilita comprender que las transformaciones no pueden explicarse como algo invariable, como hechos aislados, sino como una configuración relacional con otros (Elias 2016, 340-1).

El señalado concepto de figuración se aplica de forma diacrónica para explicar el vínculo entre los individuos que dan forma a una sociedad. Estas interacciones apuntan hacia diferentes formas y niveles de organización social. En efecto, esto último tiene que ver con un ahistoricismo sustantivo del estructural-funcionalismo parsoniano, en tanto que no dispone de conceptos adecuados que atiendan a la mutabilidad y al carácter procesual de la historia.

En El proceso de la civilización, Elias se interesa en los procesos y transformaciones a largo plazo civilizatorio del cual la sociedad occidental se sienta orgullosa: grado alcanzado por su técnica, sus modales, el desarrollo de sus conocimientos científicos, su concepción del mundo y muchas otras cosas en las sociedades occidentales (Elias 2016, 83). Desde ya el interés de Elias es entender en la larga duración por qué se llegó a la barbarie nacionalsocialista en Alemania. Para ello las preguntas de investigación del sociólogo alemán conducen a sí han existido cambios o no en la estructura conductual y emocional en los seres humanos a lo largo de los siglos; y si esos cambios están vinculados con cambios estructurales, a nivel “macro”, que experimenta la sociedad occidental a lo largo de los siglos, y, por último, si esos cambios apuntan hacia una misma dirección con el curso del tiempo.

De este modo, Elias plantea la tesis según la cual la transformación de las estructuras de las personalidades, las identidades y las estructuras psíquicas de las sociedades europeas, a partir del siglo XVI, son producto de la dirección de una paulatina consolidación y diferenciación de sus controles emotivos y de sus experiencias, de manera que la violencia que se pueda gestar de todo tipo da lugar a formas más complejas y generalizadas de control social.

Las bases de esta tesis parten de la idea que la separación entre sociología y psicología es inexistente. Para ello asume la perspectiva de Sigmund Freud en su obra El malestar en la cultura (1930), quien sostiene la tesis según la cual la represión de los instintos o impulsos primarios generaría comportamiento civilizado (sublimación freudiana). Así, Elias, caracteriza el “proceso civilizatorio” como un avance progresivo del autocontrol. Tal proceso, en efecto, explicado por Elias, apunta a la emergencia de modelos de conducta tanto sociales como psicológicos, ambos interrelacionados.

A partir de esta visión es que El proceso de la civilización lleve como subtítulo sociogénesis y psicogénesis de la sociedad, es decir, en la cual el autor alemán intenta mixturar los niveles “macro” y “micro”. En el primer caso, la sociogénesis, se construye en base a que después de la Edad Media la conducta sufrió una paulatina censura social, que derivó en la sociogénesis de los sentimientos de vergüenza y delicadeza y, como consecuencia, en una conducta civilizada. Tal conducta con el tiempo se interioriza gradualmente y los mecanismos de la civilización se trasladan de la coerción social al autocontrol, y la vergüenza se convierte en culpa, terminando en la psicogénesis.

Para profundizar sobre estas concepciones axiales en la obra del sociólogo alemán, cabe subrayar que sus investigaciones sociogenéticas abordan los cambios que de modo progresivo tienen lugar en el monopolio de la violencia por parte de instancias y organismos centrales (la influencia de Max Weber sobre este aspecto es notoria). Elias se propone con tales investigaciones dar cuenta del origen del Estado moderno elaborando para ello una argumentación general deudora de la obra de Max Weber. Para Elias, antes de que se emergieran los gobiernos centrales en la época moderna como resultado de las fuerzas centralizadoras, el panorama se caracterizaba por el predominio de fuerzas descentralizadoras, como fuerzas que tenían como factor principal el mecanismo de la feudalización, –según el autor- en las que dominaban diferentes señores territoriales diversas posesiones a consecuencia de su prestación a un señor superior. Lo interesante de estas fuerzas descentralizadoras es que corresponden a un tipo de economía natural a la que se le añade una baja división del trabajo así como los transportes y caminos deficientes para el comercio de los productos (Elias 2016, 239-40). Estas fuerzas descentralizadoras progresivamente serán neutralizadas producto de la activación de mecanismos del monopolio (Elias 2016, 302) y mecanismo real (Elias 2016, 347-78), los cuales crean las condiciones de posibilidad para el surgimiento de gobiernos centrales. De alguna manera estos mecanismos, señalados por Elias, develan los cambios que se producen desde una economía natural a una economía monetaria, el control de los impuestos, cambios en las técnicas de la guerra, ascenso de una burguesía y la construcción y el acortesamiento de los guerreros.

En virtud de esto último, la activación de estos mecanismos, en primer lugar, no transcurre de forma intencional en los individuos; en segundo lugar, constituyen los gobiernos centrales; y en tercer lugar, conduce a la conformación del Estado moderno como un aparato capaz de monopolizar el uso legítimo de la violencia y la gestión, distribución y cobro de los impuestos. Esta unidad política concentra en sí el monopolio fiscal y el monopolio de la violencia, monopolios que se sostienen recíprocamente sin ser ninguno previo al otro. Ambos monopolios son dirigidos por un aparato administrativo permanente que les confiere solidez, estabilidad y durabilidad. Solo con el control de este par de monopolios alcanzan las unidades políticas el rango de Estado. El afianzamiento del monopolio requiere de administradores conforme este se complejiza y su gestión excede las posibilidades de una única persona: el señor central o monopolista inicial ve crecer progresivamente su dependencia respecto a los administradores de su propio monopolio.

Lo importante de la sociedad cortesana en el proceso de la civilización radica en ese enfrentamiento por oportunidades de incremento de status, poder o prestigio, lo que a la postre supone para el cortesano someterse a las demandas de etiqueta y las buenas maneras que exigen que el cuerpo, las emociones y los deseos se hallen cada vez más sujetos a formas de autodisciplina.

Con sus investigaciones psicogenéticas, Elias ofrece una explicación a los cambios de larga duración que experimenta la estructura emocional y conductual de los seres humanos. Para ello se vale de libros de cortesía desde la Edad Media hasta el siglo XIX. Elias, con ese material, pretende demostrar metodológicamente el cambio en el comportamiento humano de las sociedades occidentales siendo la difundida obra de Erasmo de Rotterdam De civilitate morum puerilium (1530), un indicativo del punto de partida del concepto de civilité en el siglo XVI, que pasó a ser una palabra de moda y terminó por consolidarse en el vocabulario común (Elias 2016, 131-137). Gracias a ello reconstruye la historia y evolución de las buenas maneras: analiza los códigos de comportamiento que las regulan indagando acerca de las justificaciones para tal o cual conducta. Comparativamente, Elias analiza las sociedades guerreras y las sociedades civilizadas. En cuanto a la primera, el individuo se caracterizaba por su belicosidad, es decir, podía ejercitar la violencia siempre que tuviera el poder y la fuerza necesarios para ello; podía dar rienda suelta a sus inclinaciones en muchas direcciones que después se han hecho impracticables a causa de las prohibiciones sociales. Sin embargo, el individuo en la Edad Media experimentaba un mayor miedo por realizar actos de placer inmediato. Sin duda alguna –por ejemplo- las representaciones medievales del infierno permiten dar una idea de ese miedo intenso medieval. En cuanto a la segunda, el monopolio de la violencia ejerce un control de las emociones (un elemento novedoso de su tesis introducir las emociones dentro de las teoría de los Estados y del poder). En ese sentido la monopolización de la violencia física disminuye el miedo que el individuo inspira al individuo, pero al mismo tiempo posibilita otro miedo, esto es, posibilitar que se den ciertas manifestaciones de alegría o afectos (Elias 2016, 541). En estas sociedades civilizadas, por tanto, cada individuo debe resolver internamente lo que le está sucediendo para aumentar la civilización, pero la violencia, en todo caso, no desparece, solo queda reducida a ciertos enclaves temporales–espaciales o épocas de excepción en la vida cotidiana (Elias 2016, 294-5).

Dicho esto, Elias utiliza los manuales de comportamiento como fuentes de información. En ellos devela un cambio en las conductas de los individuos, en sus prácticas sociales, que van incorporando novedades en un primer momento en grupos reducidos y distinguidos. Estos cambios en la larga duración de la estructura emocional y conductual del hombre occidental reciben el nombre de “proceso de la civilización. De ahí que, Elias concluya que tal proceso aboca a un tipo humano progresivamente contenido y controlado en su comportamiento y afectividad resultado del tránsito paulatino desde coacciones sociales hasta el autocontrol, dos conceptos claves en su teoría civilizatoria.

Las coacciones sociales (Fremszwange), por un lado, Elias alude a un tipo de comportamiento y emotividad delimitada por un conjunto de coacciones que remiten a la presencia coactivo-intimidatoria del prójimo. Estas coacciones pueden presentarse en forma de violencia, castigo, destierro o degradación, pero sea cual fuere su modalidad, se trata de coacciones procedentes del exterior. Si esas coacciones obedecen a motivos sociales, entonces la intensidad del control afectivo se asocia a la posición social ocupada. Este control -que se puede ver en las publicaciones sobre las buenas maneras que indican lo que debe y no debe hacerse-, esta justificado de acuerdo a un argumento de índole social: no puede ejecutarse un comportamiento que no sea cortés o prudente (Elias 2016, 198). Se adivina así una idea de respeto y consideración hacia la posición social que ocupa el otro (ejemplificado en la modelación cortesana del lenguaje) (Elias 2016, 192-7).

El autocontrol (Selbstzwange), por otro lado, refiere a un tipo de comportamiento y emotividad delimitados por un conjunto de coacciones que proceden de la propia persona; el autocontrol de los impulsos biológicos tales como tirarse pedos, escupir, limpiarse la nariz, etcétera (Elias 2016, 163, 236-49). Estas coacciones se activan de modo automático y llevan aparejadas un incremento de la autoconciencia del control sobre la conducta y los afectos, un incremento de la distancia reflexiva sobre el comportamiento y las emociones y una disminución de la espontaneidad conductual y expresiva. Las coacciones que en el mundo de las coacciones sociales remitían a lo exterior se han interiorizado con el autocontrol hasta convertirse en una suerte de segunda naturaleza para las personas. Lo interesante de este proceso en Elias es que la transición de una coacción social a un autocontrol permite ser considerado como una “persona decente”, una “persona de bien”, “civilizada”. El proceso de interiorización de una conducta “civilizada” es –a nuestro juicio- una tesis significativa en su obra.

Sin embargo el tránsito señalado no se explica por sí mismo como un movimiento sin dirección. Elias presenta las denominadas leyes estructurales del proceso civilizatorio, que conectan el nivel “micro” del comportamiento y la afectividad humanos con el nivel “macro” de las estructuras a gran escala. Tales leyes son: a) el aumento de la especialización funcional, b) el aumento de la diferenciación social, c) el aumento de la interdependencia y d) la construcción de monopolios de violencia (Elias 2016, 615).

Es interesante constatar que las dos primeras leyes se hallan estrechamente conectadas con la división funcional de la sociedad. La sociedad (moderna) es cada vez más específica e interdependiente como consecuencia de la progresiva diferenciación de sus funciones. Esta diferenciación conduce a una especialización funcional en los cuales habrán de producirse vínculos materiales y morales con otras personas. A mayor complejización de la sociedad, mayor la dependencia entre las personas, y mayor es la afección entre ellas, y, simultáneamente, afectan también a un mayor número. En Norbert Elias, la especialización de funciones se sanciona mediante normas cuya transgresión origina nuevos castigos y condenas (tanto tácitas como explícitas). Por lo tanto, las inclinaciones particulares se reconducen a las circunstancias socialmente establecidas mediante la interdependencia, lo cual hace que la conducta se torne previsible y reflexiva. 

Hay otro aspecto que cabe resaltar. La construcción del monopolio de violencia por parte de la aparición del Estado, en su dimensión sociogenética, incrementa una racionalidad aplicada sobre los aspectos decisivos de la existencia. Se consigue que la variabilidad del comportamiento y las emociones quede sometida a la regulación estatal abriendo espacios pacificados en los que el uso normalizado y particular de la violencia vaya extinguiéndose de forma paulatina. Estas cuatro leyes son definitivas para la comprensión del tránsito desde la coacción social hasta el autocontrol; definitivas para la constitución de una conducta y emocionalidad civilizadas. La llegada del autocontrol comporta una economía afectiva. Elias entiende por economía afectiva como los “esquemas por los cuales se modela la vida afectiva del individuo a través de una tradición que se ha hecho institucional” (Elias 2016, 112). La economía afectiva autocontrolada —y por extensión civilizada— presente dos rasgos: se trata de una economía afectiva modelada por la vergüenza, el desagrado y el pudor, amén de ser una economía que distingue entre conductas públicas y secretas, distinción que se materializa física y espacialmente y también de tener una traducción psíquica en los individuos.

Se podría adicionalmente sostener que el “proceso de la civilización” es el resultado evolutivo de la interrelación y combinación de una multiplicidad inabarcable de acciones individuales. Como destaca el autor alemán, es un producto no configuración

do, es decir, no surgido de la reflexión racional de los individuos, aunque no por eso debe ser caótica o sin dirección (de hecho es ordenada). En consecuencia, el proceso no tiene ni principio ni fin. No existe un “punto cero civilizatorio” (Elias 2016, 248-9).

El creciente autocontrol de los impulsos para una conducta civilizada (distanciada, calculada y controlada) tiene su referencia en la sociedad francesa. En virtud de esto último es que el primer capítulo de El proceso de la civilización explica las diferencias entre civilización y cultura en dos países distintos: Francia y Alemania. Para Elias, el concepto francés e inglés de “civilización” refiere a hechos políticos o económicos, religiosos o técnicos, morales o sociales, mientras que el concepto alemán de “cultura” se vincula a hechos espirituales, artísticos y religiosos, lo que –según su perspectiva- muestra una línea divisoria entre los hechos de este tipo y los de carácter político, económico y social (Elias 2016, 84).

En relación a las críticas que se realiza a este concepto es su acentuado eurocentrismo (Goody 2011). Es claro que, como ya lo veíamos, está asociado a Europa, y en particular a la clase alta de Francia. Sin embargo, una interrogante sería: ¿qué ocurre en el caso de otras culturas no occidentales? ¿O con aquellos pueblos de modernidad periférica como América Latina? ¿Son incivilizadas? Ante estas preguntas, a nuestro juicio y siguiendo la óptica de Elias, la civilización es un formato, por lo que no está asociado a una particularidad (en este caso Europa); es un término neutral (Elias 2016, 577). Lo “civilizado” podría estar presente en otros espacios extra europeos, debido a que es una calculabilidad del comportamiento. Esto es: el contenido de lo civilizado estará siempre definido por las particularidades culturales.  

No está demás decir que Elias entiende la “civilización” como un proceso que está siempre en movimiento hacia adelante (Elias 2016, 9), por lo que no presenta momentos de regresión. Se revela entonces una dicotomía evidente entre civilización versus barbarie. La civilización sería una superación de todo aquel comportamiento barbárico a través de la paulatina coacción externa e interna en una sociedad determinada, que tiene su modelo en la sociedad cortesana francesa. Sobre el punto podría abrirse la posibilidad de observar este proceso civilizatorio (al menos en el mundo occidental) en constante tensión con la descivilización. Hay una simultaneidad aparente en esta teoría civilizatoria ignorada por el propio autor. En el prólogo de la tercera edición a El proceso de la Civilización, Gina Zabludovsky dejo expuesta aquella tesis de autores europeos sobre la entrada a un proceso descivilizatorio en la actualidad (Elias 2016, 22-3). A nuestro juicio, descivilización puede implicar: 1) una cierta laxitud del autocontrol, que se viene experimentando a través de los siglos, 2) o que la “civilización” aún no se ha desplegado en todos los espacios. Se tensión este punto cuando se hace referencia al desencadenamiento de la violencia, similares a la violencia ocurrida en la Edad Media (por ejemplo conflictos contemporáneos en Irlanda del Norte o genocidios tan brutales como el de El Salvador en 1983 o Ruanda 1994). En ese sentido resulta interesante señalar que la laxitud no necesariamente implica un regreso a las costumbres poco higiénicas de antaño (como ejemplifica Elias en su obra como arrojar un esputo o sonarse con la ropa); de hecho, se podría decir que los nazis, en esa línea, serían “civilizados” en ese aspecto, pese a la barbarie que cometieron en los campos de concentración (utilización de la piel de los prisioneros judíos para la fabricación de jabón u otros tipo de experimentos abyectos).

Otro tema importante del concepto de civilización es cómo se construye en diferentes países, en particular Francia y Alemania, ligado a sus específicas figuraciones. Por ejemplo, en el ámbito germanoparlante, el concepto de “civilización” significa algo muy útil, pero con un valor de segundo grado, esto es, algo que afecta únicamente a la exterioridad de los seres humanos, solamente a la superficie de la existencia. En ese sentido, la palabra con la que los alemanes se interpretan a sí mismos – sostiene Elias- es cultura; una palabra que expresa con orgullo la contribución y esencia propia (Elias 2016, 84).

Otro dato relevante que hay que considerar es que el modelo representativo de civilización en Elias es la “sociedad cortesana y del Estado Absolutista (siglo XVII); además se trata de un fenómeno transversal-interclasista-internacional, donde los usos y modos civilizados se extienden al conjunto de la sociedad imponiéndose por emulación que serían –según lo sostenido en el texto- de tres maneras entre: 1) las clases o estamentos sociales (burgueses o nobles), 2) entre las naciones europeas, que compiten entre sí en cuanto a la moderación y atemperación de sus costumbres tradicionales (el ejemplo de Francia e Inglaterra versus Alemania), 3) entre naciones y pueblos europeos y naciones y pueblos colonizados, 4) naciones y pueblos no europeos de “modernidad periférica” entre sí (Elias 2016, 557).

En relación al punto dos, Elias ejemplifica este planteamiento con el idioma francés (que se difunde desde la corte en la capa superior de la burguesía alemana). Elias señala: “Todas las «honettes gens», todas las gentes de «considération» lo hablan. Hablar francés es el rasgo estamental de todas las capas superiores de la sociedad. «No hay nada más plebeyo que escribir cartas en alemán», escribe en 1730 la novia de Gottsched a su prometido” (Elias 2016, 90). En ese sentido lo no civilizado es considerado como barbarie. Así, por ejemplo, cita Elias al observador francés Mauvillon que consideraba que “todo lo que ve en Alemania es rudo y atrasado” (Elias 2016, 91).

Otra línea argumental que alude Elias es como los círculos burgueses alemanes, a partir de su enriquecimiento, van distanciándose de los modos de comportamiento del rey de Prusia. Ello es destacable puesto que la burguesía habla un lenguaje distinto al del rey. Los ideales y el gusto de la juventud burguesa, así como los modelos que siguen en su comportamiento, son casi los contrarios a los del monarca (Elias 2016, 96).

Se podría decir, en resumen, que Elias entiende la civilización como un complejo proceso de coacciones de interdependencia que origina una transformación paulatina del comportamiento a través de los siglos hasta llegar a la pauta o modelo aceptable en una sociedad civilizada. De alguna manera el interés de Elias es analizar cómo estos mecanismos han inhibido la violencia en ciertas sociedades particulares.

 

Oportunidades analíticas de las tesis de Elias para una sociología histórica de las derechas chilenas en el siglo XX

De acuerdo a lo explicado en páginas anteriores, los conceptos de figuración, sociogénesis, psicogénesis y civilización revisten interés para el sociólogo que tenga sensibilidad por el análisis a largo plazo de los procesos. En ese sentido, para el estudio de las derechas chilenas, es importante puesto que ha sido el sector político que ha dominado desde el proceso de independencia hasta nuestros días. Los grandes personajes de la vida política y económica provienen de este sector (Fischer 2017). Como hemos visto, uno de los temas que le preocupa a Norbert Elias es la violencia, o mejor dicho, la contestación o inhibición de la violencia. Si seguimos esta línea argumental diremos que en la derecha, vista como una clase dominante, se presenta este tópico infaltable para su estudio.

Ya veíamos con anterioridad con Elias el autocontrol de los impulsos desde la Edad Media hasta nuestros días, que limitan un comportamiento que, desde el punto de vista civilizatorio, sería visto como nefasto. En ese sentido, según lo visto, el proceso de civilización ha sido efectivamente un proceso donde esos comportamientos han sido reprimidos. Pero en el siglo XX –incluso a nuestros días- hemos visto cómo la derecha chilena ha utilizado esa manera “descivilizada” en momentos de ascenso de los sectores populares y las fuerzas de izquierda. De hecho cuando se colocó en discusión el concepto de derecho de propiedad, a partir del proyecto de modificación del artículo 10 n°10 de la Constitución de 1925 (concerniente a la función social de la propiedad) en 1965, ello causó miedo en la clase dominante, pues se derrumbaría uno de los pilares fundamentales dentro de la concepción conservadora. La propiedad se convirtió en la “frontera de la democracia”, por lo que su modificación haría que la derecha –y también por su propio descenso electoral en 1965 que terminó con sus dos partidos tradicionales, Conservador y Liberal-, viera en la opción decisionista (Schmitt 1985), la única salida ante un momento histórico adverso. Todo ello, por cierto, terminó en el golpe de Estado de 1973  y la consecuente dictadura militar. 

Este acontecimiento trágico en la historia de nuestro país reviste nuestro interés, puesto que los sectores de la derecha chilena, que se opusieron al gobierno de Salvador Allende, consideraron a la izquierda chilena como la personificación de todo lo nefasto de la sociedad (libertinaje, pornografía, etcétera), al punto que una expresión peyorativa que utilizaban para referirse a los partidario de la Unidad Popular era “upeliento”. Esta dicotomía evidente refleja que la derecha representaba lo “civilizado”, la “moderación”, el “orden”, en definitiva, el “bien”[6]. Ante ello el “bien” debe acabar con el “mal”, ya que no podían coexistir. Desde esta perspectiva, también dicotómica de la política, se justificó la represión, tortura y muerte de miles de chilenos (en nombre de la civilización cristiana occidental).

Otro elemento a destacar de la teoría de Elias es el concepto de figuración, que podría ser usado para comprender el movimiento que implica lo individual y lo social entre las diversas derechas chilenas durante el período de la década del 20 al 70, visibilizando las interdependencias, entramados y juegos de los distintos aspectos, por ejemplo, cultural o ideológicos de las diversidad derechas (económica, católica, liberal, militar, etcétera), esto implica la visualización de ciertas prácticas culturales, espacios, que generan interdependencias conformando un “nosotros”, a diferencia de otras cadenas de interdependencia vinculadas a otras figuraciones de izquierda. Lo fundamental al respecto es que el concepto permite analizar a la derecha no como algo estático, sino dinámico y relacional. Hay una red de individuos que la componen en constante interdependencia entre las derechas como también con sus “enemigos políticos” (la izquierda). No está demás puntualizar que esta figuración solo puede ser analizada en un sentido evolutivo. En ese sentido entender a la derecha en el siglo XX se debe profundizar en sus figuraciones.   

Otro elemento importante en la perspectiva de Elias, sobre el proceso de civilización, a mi juicio, sería la noción de “clase” que subyace. Al respecto, la civilización refiere a modelos refinados de comportamiento que claramente podrían considerarse como elementos de hegemonía cultural. Todo lo cual permitiría, por ejemplo, una propuesta teórica y metodológica para el estudio desde –desde un punto de vista de las élites- de un sector de la derecha. Una interrogante sería para este caso: ¿cómo ciertos comportamientos de las elites son replicados a través del proceso de emulación? En ese sentido, como hemos señalado en otro escrito, el concepto de la cultura de la decencia (Martínez y Palacios 1996), que refiere a unos determinados valores morales entre los pobres, sería una expresión de esa emulación señalada, en tanto diferenciación entre los pobres (imaginaria), pero sin que ello posibilite movilidad social ascendente. Esta moral tiene una conexión con aquella moral de la elite chilena basada en el esfuerzo individual para obtener mayores posibilidades de ascenso social. Tal decencia en las clases populares, basada en esta lógica del esfuerzo personal, emprendimiento, abre una posibilidad para la denominada “derecha social”, que impulsa el actual senador por Renovación Nacional y ex alcalde de Puente Alto, José Manuel Ossandón[7].

Otro punto a considerar en la teoría de Elias (no advertido por él -si mencionado por Clara Zabludovsky-, en tanto que consideraba la civilización como un proceso hacia adelante) sería este doble proceso que transcurre en el proceso civilizatorio que es la descivilización. En los tiempos actuales nos encontraríamos con coyunturas políticas neopopulistas de ultraderecha marcadas por este aspecto. Por ejemplo los movimientos antiaborto, movimientos fundamentalistas religiosos, el ascenso de expresiones neopopulistas de extrema derecha (Donald Trump o Jair Bolsonaro), que estarían vinculadas a la poca sensibilidad o consideración con el otro (en Elias representarían la barbarie). Sin embargo, la pregunta que cabría formularse sería ¿por qué podría considerarse descivilizatorio ofender a la comunidad gay o proferir insultos racistas en público en circunstancias que –antaño- no era considerado así? La teoría de Elías podría utilizarse en cuanto a la aversión que ocurre en la opinión pública o en las redes sociales (que emulan a los manuales de conducta) estos discursos violentos de la ultraderecha a la aversión. Pese a que estos discursos violentos pueden eventualmente ocurrir, todo indica que en las sociedades modernas lo “civilizado” sería lo dominante.

 

Conclusiones

A modo de conclusión, diremos que las posibilidades de hacer una “sociología histórica” podrían resultar un tanto pleonástico, a la manera de Elias, debido a que la sociología – ya lo decíamos- es ante toda una tarea histórica. Sin embargo, los sociólogos no pueden prescindir fácilmente del análisis histórico, sobre todo si pretendemos estudiar las transformaciones histórico-genéticas en la estructura social y psicogenéticas en el comportamiento y sus figuraciones. En cierto modo –agregamos- las deficiencias propias de la historia, en abandonar la teorización del acontecer humano en el tiempo, y por otro, el abandono de la historia para enfocarse en el presente sigue siendo un desafío para la sociología en la actualidad.

Lo que hemos propuesto con el estudio de Norbert Elias es la plausibilidad del análisis interdisciplinario, apoyándose en la noción de figuración, y en una teoría relacional del poder, lo cual hace imposible separar el aspecto “micro” de lo “macro”, en el análisis sociológico de larga duración. Tal como decíamos, figuración podría darnos una posibilidad para analizar el entramado de las diferentes derechas; ver como se relacionan entre ellas, y así superando el concepto de derecha como algo estático, abriendo posibilidades epistemológicas a una ontología procesual con Norbert Elias.

 

 

Referencias

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Paramio, Ludolfo. 1986. “Defensa e ilustración de la Sociología Histórica”. Zona Abierta, Nº 38, enero-marzo:1-18.

 

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Skocpol, Theda. 1984. Los Estados y las revoluciones sociales. Un análisis comparativo de Francia, Rusia y China. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

 

Skocpol, Theda. 1991. “Temas emergentes y estrategias recurrentes en Sociología Histórica”, Historia Social, 10, UNED, primavera-verano, 1991, pp.101-134.

 

 



[1] Sobre el punto existe una tradición de pensamiento sociológico que estrechó lazos entre la sociología y la historia. En las décadas de 1960 y 1970 se publicaron libros emblemáticos: Dependencia y desarrollo en América Latina de Fernando Henríquez Cardozo y Enzo Faletto (1969), Las clases sociales en América Latina. Problemas de conceptualización, coordinado por Raúl Benítez Zenteno (1973); Consideraciones sociológicas sobre el desarrollo económico de América Latina de José Medina Echeverría (1964); Poder y clases sociales en el desarrollo de América Latina de Jorge Graciarena (1967), entre otros. Pese a estas obras importantes, la institucionalización de la sociología histórica en América Latina ha sido errática. Véase, al respecto Ansaldi, Waldo y Verónica Giordano (2016). América Latina: La construcción del orden. Tomo I, Buenos Aires: Ariel. 

[2] En este artículo hablaremos de derechas en plural para develar la pluralidad interna de este espectro político, a pesar de que confluyan –también- una serie de elementos aglutinadores (por ejemplo el anticomunismo). La pluralidad de la derecha, en efecto, permite que muchas veces se enfrenten en innumerables coyunturas políticas.  Un ejemplo de ello fue la extrema derecha católica y la derecha institucional durante el período de 1964 a 1973. Al respecto, véase Bustamante Olguín, Fabián (2014). “La construcción del enemigo en usos lingüísticos del integrismo católico en la justificación del golpe de Estado en Chile. El caso de las revistas Fiducia y Tizona, 1965-1973”. En: Revista Persona y Sociedad, Volumen XXVIII, Nº1, enero-abril 2014, Santiago: 57-83.

[3] El proceso de la civilización figura entre los diez libros más importantes en el trabajo de los sociólogos tal y como declararon en una encuesta a los miembros de la International Sociological Association (ISA) con motivo del XIV Congreso de Sociología en Canadá en 1998. Véase, Lamo de Espinosa, Emilio. 2018. De nuevo la sociedad reflexiva: escritos de teoría y estructura. Madrid: CIS: 46-48.

[4] Según Ramón Ramos, el concepto de figuración refiere al lenguaje musical alemán, pero que por una mala traducción al español derivó en el concepto de composición y configuración. Para este sociólogo español el concepto más adecuado es el de composición, aparecido –como ya se ha dicho- en El proceso de la civilización. Sin embargo, figuración es el más conocido y extendido que dio paso a lo que se conoce como sociología figuracional. Véase Ramos, Ramón. 2014. “Del aprendiz de brujo a la escalada reflexiva: el problema de la historia en la sociología de Norbert Elias”. Reis 65/94: 27-53.   

[5] Según el historiador Jurgen Kocka, lo especial de la teoría de Elias es que fue un modelo en el que se pueden tematizar fenómenos culturales y procesos psíquicos en un lugar central sin necesidad de aislarlos. Véase, Kocka, Jurgen (1994). “Norbert Elias desde el punto de vista de un historiador”. Reis 65: 93-101. 

[6] Toda la prensa de derecha (El Mercurio) y revistas como Portada, podrían utilizarse análogamente como los “manuales de conducta” de la elite de derecha frente al “desorden” y “barbarie” que representaba la Unidad Popular. Por cierto, no queremos dejar escapar el siguiente anuncio de propaganda del diputado por el Partido Nacional, Sergio Onofre Jarpa, en esos años: “Los marxistas habían desatado la barbarie. Ellos encarnaban todos los vicios que derrumbaban cualquier civilización: impudicia, flojera, desorden, despilfarro, destrucción, voracidad, odio, inseguridad”. El Mercurio, 3/2/1973.

[7] Al respecto, véase Bustamante Olguín, Fabián. 2020. “La "cultura de la decencia" como oportunidad política para la derecha social en los barrios populares de Santiago en el siglo XXI”. En Sanhueza, Germán (coord.). El Chile del hoy y del mañana. Una mirada interdisciplinaria a los desafíos del país del siglo XXI (en prensa).

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