Cuerpos específicos en tránsito por México. Sobre migraciones, espacio, tiempo, cuerpos sexuados y roles de género

Francesca Gargallo Celentani

Autónoma, Autónoma, México



Resumen

Voy a hablarles como lo que soy, una narradora que ama la historia y ha estudiado filosofía, una feminista que da valor a la narración en voz de mujeres para la comprensión de la realidad, una poeta que considera la épica como una de las formas más eficientes de valoración (ética y estética) colectiva del comportamiento humano.

5519. 2020 ; 8(15)

Keywords: Palabras clave feminismo .

Escuchar en el tiempo y el espacio

Voy a hablarles como lo que soy, una narradora que ama la historia y ha estudiado filosofía, una feminista que da valor a la narración en voz de mujeres para la comprensión de la realidad, una poeta que considera la épica como una de las formas más eficientes de valoración (ética y estética) colectiva del comportamiento humano.

Por motivos literarios he escuchado cientos de relatos de mujeres; hoy me centraré en 48 de ellos, recogidos de 2015 a 2019, en México, Honduras y Guatemala, de mujeres que me han hablado en primera persona de su experiencia como migrantes o, más bien, como nómadas modernas de un territorio, el americano o Abya Yala, cuyas fronteras son todas de origen colonial.

También he dialogado con personas de disciplinas diversas acerca del tiempo, el espacio, la organización social y la justicia en relación con el fenómeno migratorio y la comprensión de la condición humana en nuestro tiempo de vida. Hablé con ellas de las historias de las migrantes porque me empujan a repensar ciertas afirmaciones sobre la labilidad del tiempo y del espacio que desde la geografía, la historia y la economía hemos avanzado a raíz de la invención de Internet en 1969[1].

La idea de que el internet acorta o cancela los recorridos ha producido una imagen del mundo como “aldea global” completamente ineficaz para comprender las experiencias y emociones de quien se desplaza con riesgo de muerte sobre territorios que las fronteras ensanchan. El geógrafo italiano Franco Farinelli dice explícitamente que el internet ha desaparecido el espacio y la concepción del tiempo que se fundamenta en la relación espacio-tiempo propia de los recuerdos y las ubicaciones emocionales[2]. Ahora bien, la aldea global es de enorme provecho para las economías exportadoras y para la geopolítica del saqueo de los recursos naturales y de la fuerza laboral, pero es una completa mentira para quien no puede tomar un avión y desembarcar en cualquier aeropuerto del mundo. La industria del turismo participa en la elaboración de esta visión trastocada del espacio, pues ha avalado que cualquier rincón del mundo es asequible para quien posee dinero, un tipo de pasaportes y el hábito o costumbre de someterse al control internacional. Para esta industria, que participa activamente en la globalización del capitalismo, quien se desplaza no debe hacerse demasiadas preguntas sobre el ambiente, la solidaridad política, el impacto negativo de transformar poblaciones de trabajadores del sector primario en sirvientes de los excursionistas y, en particular, debe evitar el contacto con otro tipo de viajeros, esas personas que migran por necesidades económicas o de seguridad respecto a la propia preferencia sexual, por críticas situaciones de guerra o de criminalidad o por la devastación ambiental de su entorno. En efecto, las migrantes no gozan de los privilegios de quien se desplaza con la seguridad de una documentación privilegiada. Ni atestiguan el acortamiento del tiempo y el espacio.

Tiempo y espacio son experiencias humanas, corporales, que en las concretas prácticas de las migrantes no pueden reducirse a ninguna abstracción y cuyo conocimiento no remite a la “simultaneidad cibernética” ni a la virtualidad del movimiento. Los pasos tienen un ritmo que sostiene formas de narración y que se relaciona con el tiempo.

Las grandes olas de migraciones asiáticas, africanas, americanas y europeas de principios del siglo XXI nos deben recordar que los tiempos de los trayectos sobre la tierra son brutalmente concretos e implican esfuerzos, fatigas, riesgos, encuentros con la muerte. No existen rutas cortas y que no sean peligrosas[3]. Muere la gente que emprende migraciones desde el Cuerno de África, África Subsahariana y África del Norte, tanto como las personas que atraviesan el Caribe, que migran de la América andina a las planicies de Argentina y Brasil, y en la muy concurrida ruta de América Central que confluye en la ruta de la frontera de México con Estados Unidos, una de las más violentas en relación al flujo migratorio registrado. El inhóspito desierto de Sonora, las bajas temperaturas invernales y bandas de secuestradores son los mayores peligros del lado mexicano. Del lado estadounidense, el peligro es público, de los agentes represivos del Estado, y privado, ya que las tierras son mayoritariamente de particulares y algunos de ellos dan abrigo a civiles armados, pertenecientes a grupos de extrema derecha “nacionalista”, como los Minuteman de Texas[4].

Las migraciones pueden durar meses y años, tienen carácter de invasión o de fugas, arrastran a niños, niñas, ancianos, mujeres, hombres. Por las fronteras no se pasa solo en busca de mejores condiciones laborales. El 12 de octubre de 2018 salió la primera caravana de personas en busca de refugio político, sexual, económico y contra la violencia desde Honduras. Su viaje a pie era rápido, el grupo se desplazaba a la velocidad de entre 25 y 35 kilómetros por día. Eso cuando no enfrentaban policías migratorias, accidentes climáticos, bandas de asaltantes y grupos de la delincuencia organizada, bloqueos por parte de la ciudadanía reaccionaria de los países receptores, cárceles y campos de concentración disfrazados de refugios.

El transporte motorizado es más veloz, pero dispersa las caravanas. La disgregación del grupo pone en riesgo particularmente a las mujeres y las niñas y niños, que se vuelven fáciles presas de los tratantes de personas, y las personas con discapacidades físicas. No obstante, es mediante buses, camiones, en ocasiones tractores u autos particulares que las caravanas logran adelantar los tiempos de marcha. La primera llegó a la única ciudad santuario de México, la capital, entre el 4 y el 5 de noviembre, después de recorrer 1160 kilómetros. Tres mil personas salieron en la madrugada del día 10 de noviembre con cariolas, mochilas, bolsos y niños de la mano para enfrentar los 2 800 kilómetros que los separaba de Tijuana, Baja California. Tres horas 22 minutos en avión, 42 horas en autobús, 31 en auto y unas jornadas indefinidas para las migrantes que viajan a pie.

Narraciones de mujeres migrantes

Las historias que me han contado las mujeres que recorren los caminos de México son epopeyas que narran hechos heroicos frente al cansancio, las amenazas, los riesgos, el desamparo y el sentido de libertad que ofrece adentrarse en territorios desconocidos. Describen historias de personajes femeninos comparables con Gilgamesh, Hannon o Marco Polo. Son exiliadas políticas como Dante Alighieri. Son perseguidas que como Trotsky han denunciado las atrocidades que se comenten en sus países contra los derechos humanos. Son jovencitas que van en busca de sus madres como el personaje de El Libro Corazón de Edmundo De Amicis. Inician el viaje estando embarazadas, son ancianas perseguidas por haber exigido justicia contra el asesinato o desaparición de algún familiar[5], anhelan una mejor condición económica, viajan por deseos de conocer mundo, pretenden estudiar, les han devastado el medioambiente, quieren sentirse seguras.

Las mujeres migrantes son personas de carne y hueso, con culturas, sueños y miedos específicos que atraviesan sus cuerpos. Cuando cruzan a pie el corredor Huehuetenango-La Mesilla-Comitán, una ruta altamente transitada entre Guatemala y México, enfrentan extorsiones o son robadas, abusadas sexualmente, desaparecidas o cooptadas por las redes de trata. Ahí muchas madres brindan sus cuerpos para proteger a sus hijas e hijos[6].

Según los relatos que he escuchado, las migrantes que transitan por México básicamente se dividen en dos grupos (que se subdividen en muchos más): 1) las que migran en la clandestinidad, solas o en pequeños grupos, evitando cuidadosamente el contacto con cualquier institución que las pueda identificar en el camino y remitir a una autoridad judiciaria; y 2) las refugiadas que tienen algún tipo de registro porque solicitan asilo al llegar a la frontera o porque han iniciado un trámite migratorio, han pedido asilo o han sido detenidas por agentes de algún estado que las ha recluido o les ha ofrecido una medida alternativa, remitiéndolas a casas de acogida formales. Estas casas ofrecen condiciones de apoyo emocional y sicosocial; después de una primera etapa de depresión, algunas mujeres ahí pasan a reorganizar el plan de su propia migración, reflexionan sobre la posibilidad de un retorno asistido o se forman para la empleabilidad.

Dos jóvenes colombianas que llegaron a una casa de acogida en un barrio obrero de la Ciudad de México, el de Vallejo, me contaron que una hondureña se ofreció en su lugar porque se había inyectado anticonceptivos al inicio del viaje y quiso evitarles el riesgo de un embarazo no deseado. Las tres fueron abusadas, pero el acto de esa entonces desconocida cambió la percepción de las dos colombianas acerca de las mujeres. Las tres han buscado juntas refugio en la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento para la Mujer Migrante y Refugiada, conocida como Cafemín, que las monjas josefinas dirigen en la Ciudad de México. Cafemín tiene vínculos con instituciones del gobierno mexicanos, en particular el DIF (Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia), porque acoge menores migrantes no acompañadas/os, y el Instituto Nacional de Migración, a través de la Dirección General de Protección al Migrante y Vinculación. No se trata, pues, de una casa de paso, sino de mediana estancia, que funciona desde hace ocho años y que se vincula con escuelas de barrio y programas de formación técnica para que la estadía de las migrantes tenga una trascendencia para su “empoderamiento”[7]. La heroína hondureña llegó mientras estábamos hablando; las tres casi no se separaban y planeaban regresar en algún momento a la clandestinidad para llegar a Nueva York juntas. La colombiana más joven me dijo que ella solo quería olvidar. “Cuando ande en las calles de Nueva York voy a vestirme muy bien, quiero ser como todas, no quiero tener pasado, no quiero recordar ni Colombia ni este viaje, solo me acordaré de lo bueno”. Reniega del tiempo y el espacio vivido para entrar a otra dimensión espacio-temporal, en la cual existe solo el futuro, una modernidad lineal y globalizada. De denunciar la violación, ni hablar[8].

Migraciones, historias e incógnitas existenciales

Las historias de las migrantes pueden alimentar la literatura contemporánea de mujeres, cambiar los arquetipos de la feminidad y ofrecernos otros paradigmas para la comprensión del fenómeno migratorio actual. Con sus historias en la mente, me permito interpretar a mi manera la Tira de la Peregrinación del Códice Boturini, elaborada en la primera mitad del siglo XVI (entre 1530 y 1541), que narra la migración de un pueblo chichimeca (eso es, del norte), -la gente de Aztlán, los aztecas- hasta convertirse en mexicas o habitantes de México. Si la humanidad sorteará la catástrofe ecológica que nos incumbe, algún día analizaremos las historias de las migrantes actuales como yo hoy miro al códice que me muestra a los aztecas llegando al centro de México, protagonistas de una larga trashumancia durante la cual se adaptaron a cambiantes actividades productivas, por carestía, por deseo, por cambios ecológicos, por motivos espirituales. Entonces, como hoy yo lo hago, la humanidad volverá a preguntarse en qué medida la movilidad encierra una incógnita existencial ¿Por qué se mueve un pueblo, una familia, una persona joven o anciana? ¿Qué apremia a los específicos cuerpos de las mujeres para que sientan la necesidad de cruzar las fronteras nacionales? ¿Huyen, son curiosas, tienen miedo, están hartas de su condición, asumen que las mujeres de los pueblos pobres pueden exportar sus conocimientos y fuerza de trabajo a cambio de un salario de explotación que, sin embargo, permite a sus familiares mejorar su condición en el país de origen?

El fenómeno migratorio y el problema de las fronteras cerradas

El fenómeno migratorio, aunque sea bajo el nombre de nomadismo, aparece en todos los textos de arqueología que he leído a lo largo de mi vida, donde se le describe como motor de cambios tecnológicos, sociales, políticos o de normas sexo-genéricas. Desde la perspectiva de una feminista del siglo XXI puede que algunos éxodos y migraciones revistan un carácter destructivo y otros positivos, a partir de deseos y perspectivas políticas contemporáneas. Por ejemplo, para mi perspectiva de una deseada historia de paz, son destructivos los avances de los protoindoeuropeos o kurganes de cerca del 2500 a.e.c., estudiados por Marija Gimbutas (1956), que junto con la cerámica encordada y la domesticación del caballo introdujeron en Europa la guerra para el robo de la producción agrícola y la esclavitud, o el de los europeos en América, que provocaron el colapso de la población y la destrucción de todas las civilizaciones locales en el siglo XVI (McCaa 1955). Veo benéficas otras migraciones, como las de las poblaciones anatólicas que implantaron la agricultura en Medio Oriente y Europa hace unos 8000 años (Valdiosera et al. 2018) ¿Pero puede aplicarse mi juicio moral a las trashumancias del pasado? El imperio romano colapsó por las migraciones germánicas, Mesoamérica por la migración española. Sobre estos hechos no pueden erigirse juicios universales.

Hoy, la migración sigue revistiendo caracteres muy diferentes. Guerras, persecuciones religiosas e ideológicas, robos de tierra, destrucción medioambiental y políticas de exterminio han movido a millones de personas de países a otros. Además el sistema capitalista, tanto en su pasada fase industrial, como en su actual fase depredadora de los recursos naturales, ha provocado que enteros grupos humanos abandonen sus lugares tradicionales de asentamiento 1) forzados por violencias localizadas cuyo fin es vaciar el territorio para implantar el extractivismo y otras prácticas neoliberales y 2) para dirigirse hacia donde los convocan las necesidades de la acumulación de capital (Cfr. Hobsbawm 1977). Seguramente, la incorporación forzada al trabajo industrial incrementó la urbanización en los siglos XIX y XX, así como hoy las selvas tropicales del Petén, de los Chimalapas, del Darién y de la Amazonía, depositarias de la mayor diversidad biológica de América, atraviesan por un gravísimo deterioro ecológico, se estrechan y convierten en sabanas, corriendo el riesgo de desertificación y de expulsar a sus poblaciones originarias, debido al progresivo flujo migratorio de mestizos y blancos, provocado por la explosión demográfica y el correlativo empuje de la frontera ganadera en Centroamérica, Brasil, Perú, Ecuador y Venezuela (Cfr. Ribeiro 1999; De Vos 1996).

Las migraciones humanas se iniciaron con la expansión del Homo Erectus hace 800 000 años y hoy no se han terminado. Son tan recurrentes en la historia de la humanidad que podríamos considerar la migración una característica histórico-ontológica de lo humano (apelando el ser migrante, o zoon metanástes, a otra política o relación social que la del hogar y el poblado propia del zoon politikon). Pueblos nómadas y pueblos asentados configuran una humanidad más amplia que la que pregona la hegemonía de los estados nacionales modernos. No existe un “problema” migrante ahí donde no se confina a grupos humanos. La migración es un fenómeno social, una actitud consciente y recurrente, el problema son los estados, sus políticas de fronteras cerradas y las jerarquías entre estrados nacionales. La violencia que sufren las personas migrantes es producto de la exigencia de visados para cruzar entre países y continentes. Este requisito responde a inversiones y manipulaciones capitalistas, a la artificialidad de la valoración del trabajo según los lugares donde se realiza y a la construcción de imaginarios monetarizados mediante complejas pedagogías que amoldan los deseos de poblaciones agrícolas y tradicionales. Éstas llegan a creer que es más importante tener acceso a poco dinero contante, confundiéndolo con la riqueza, que a la propiedad de la tierra y los instrumentos para un sustento digno.

La violencia en el proceso migrante responde a las necesidades de expansión y venta de la industria armamentista. Con cada frontera militarizada, vende armas a gobiernos represivos a los que pide convertirse en fronteras ajenas a la frontera principal, por ejemplo al actual gobierno de Guatemala, y aviva conflictos que arrojan millones de personas al desplazamiento.[9] La sofisticación de los sistemas de vigilancia hace circular las ganancias ligadas al comercio del miedo. Definitivamente el miedo al otro, a la enfermedad del otro, al fin del bienestar que el otro arrastra, a la violencia que se hace suponer es inherente a la cultura del otro, son miedos que venden sistemas de seguridad y compran votos para políticos xenófobos.

Xenofobia y feminismo liberal

El sociólogo conservador estadounidense Samuel Hungtington formuló en 1993 una “teoría del choque de civilizaciones” y sostuvo que el avance de la democracia ha sucedido solo en la civilización occidental (que según él coincide con la expansión territorial de las patriarcales iglesias católica y protestantes históricas), mientras la acometida espacial de las otras civilizaciones (a través de la migración de personas latinoamericanas, hinduistas, musulmanas, ortodoxas, chinas, japonesas, africanas y budistas) sobre el territorio de la primera produce inestabilidad y conflictos (Hungtington 1993; 1996).

Desde entonces la xenofobia de un país de migrantes como Estados Unidos, que se siente occidental por el poder de su clase dirigente blanca y anglosajona, ha encontrado una explicación “científica”. La hostilidad de los descendientes de una ola de migrantes que perduró del siglo XIX hasta la década de 1930 (solo el 0.7% de las y los estadounidenses se reconocen indígenas)[10] contra los migrantes que desde la década de 1970 proceden principalmente de Asia y de su frontera sur responde a una tradición colonial de rechazo hacia los pueblos no blancos ni protestantes, que se ha repetido a lo largo de la historia de los Estados Unidos independientes.[11]

Sin embargo, una frontera abierta no resuelve por sí sola las relaciones que los individuos establecen con las comunidades de origen y destino. Los modelos de crecimiento capitalista cíclicamente alimentan y persiguen los flujos migratorios. Las mujeres pobres que migran hoy son indispensables a las mujeres que en los países de destino buscan su inserción en el mundo liberal para descargar sobre ellas los cuidados femeninos que las retenían en las familias patriarcales con un hombre proveedor. Es evidente que las migraciones actuales enfrentan los dos tipos de feminismo que Nancy Fraser, Tithi Bhattacharya y Cinzia Arruzza identifican como incompatibles en sus Notas para un manifiesto feminista: el feminismo liberal, “sirviente del capitalismo” , que persigue la “dominación con igualdad de oportunidades mientras arde el planeta” y el feminismo que quiere poner fin a la dominación patriarcal, que organiza huelgas desde 2016 y busca reformular “la justicia de género en forma anticapitalista de modo que nos encaminemos más allá de la actual carnicería en pos de una nueva sociedad” (Arruzza, Fraser y Bhattacharya 2018).

Para Bhattacharya, Arruzza e Fraser, el feminismo liberal es parte del problema de la meritocracia y la jerarquización social, por lo tanto debe ser superado. En la segunda de las once tesis de su Manifiesto sostienen que el feminismo liberal se centra en “romper el techo de cristal” para el control del poder porque apunta a que unas pocas privilegiadas asciendan en la escala empresarial o en los rangos de las fuerzas armadas. Su concepción de la igualdad descansa en el mercado y en su “libertad” de elección, pues es individualista y clasista, incapaz de entender las necesidades de una comunidad o de una mayoría de mujeres. Además afecta directamente la justicia laboral entre países y abona a la discriminación de las migrantes. Las cito textualmente:

El objetivo del feminismo liberal es la meritocracia, no la igualdad. En lugar de abolir la jerarquización social, su objetivo es feminizarla, asegurando que las mujeres en la cima puedan alcanzar la paridad con los hombres de su propia clase. Por definición, sus beneficiarias serán aquellas que ya poseen considerables ventajas sociales, culturales y económicas. El feminismo liberal, compatible con la creciente desigualdad de riqueza e ingresos, proporciona un brillo progresista al neoliberalismo, ocultando sus políticas regresivas con una quimera de emancipación; aliado con la islamofobia en Europa y las finanzas globales en Estados Unidos, permite a las mujeres profesionales y directivas “lanzarse”, porque pueden apoyarse en mujeres mal pagadas, migrantes y de clase trabajadora a las que subcontratan para los cuidados y el trabajo doméstico (Ibídem, 128).

El discurso xenófobo clásico de que los y las trabajadoras migrantes le quitan el trabajo a la gente nacida en Estados Unidos es desmentido por la re-feminización de los trabajos de cuidado y reposición, debido al lugar que ocupan las mujeres migrantes en la relación con las liberales que compiten por la igualdad con los hombres. Según el Centro de Investigación Pew de Washington, la llegada y la participación laboral de las migrantes con y sin documentos se ha incrementado constantemente desde 1990. Pero solo son mayoría en trabajos específicos: tienden camas en los hoteles, se emplean en los hogares privados, en el cuidado infantil y otros servicios personales, en la agricultura de recolección, en el área de belleza y apariencia personal, en lavandería, en la fabricación de alimentos y la industria textil, trabajos considerados de escasa capacitación y de salarios bajos[12]. Estatus y expectativas de romper con las normas de género que ubican a las mujeres en los trabajos peor remunerados hacen que las estadounidenses no aspiren a esos empleos, que se convierten en un ghetto laboral para las migrantes.

Trashumancia

A pesar de que los atentados del 11 de septiembre de 2001 cimentaron el miedo a los extranjeros, en particular islámicos, desatando una fuerte criminalización de la migración no autorizada, Estados Unidos sigue concentrando la mayor cantidad de personas migrantes del mundo, muy por encima de la Unión Europea, Canadá, Rusia, Ucrania, Arabia Saudita y la India. Igualmente, sigue generando la mayor cantidad de remesas a nivel global (Herrera Lima 2012).

La cuarta parte de los migrantes que entran anualmente al territorio estadounidense lo hace cruzando el territorio mexicano. Si la mayoría sigue siendo mexicana, un número siempre mayor proviene de Centroamérica, el Caribe, Sur América; en menor medida, hay personas provenientes de Asia Central y próximo oriente, Europa del este y africanos que llegan por vía marítima a las costas de Brasil y emprenden el viaje a pie desde América del Sur, cruzando el tapón del Darién (entre Colombia y Panamá), uno de los pasos más peligrosos de América debido a las condiciones geográficas y a la presencia de traficantes de personas, narcóticos y armas.

La militarización de la vigilancia en las zonas de paso, la proliferación de legislaciones locales antiinmigrantes y las construcciones de muros divisorios no han logrado que decrezca el flujo de la más reciente ola migratoria. Desde 2001, 16 millones de personas han cruzado las fronteras de México con Estados Unidos.

En los 1 960 189 kilómetros cuadrados de un territorio mayoritariamente montañoso, que va de la selva húmeda en el sur a los desiertos del norte y que posee la frontera terrestre más larga y directa entre un país expulsor y un país receptor de personas en migración, corriendo del Océano Pacífico al Golfo de México por 3185 kilómetros, las personas que se mueven por México desarrollan diversas estrategias de sobrevivencia: aprenden oficios, se esconden, solicitan asilo, trabajan, sufren asaltos a manos de bandas delincuenciales, se adaptan a la vida urbana, estudian, se casan, mueren, desaparecen.

Las mujeres que migran con un grupo familiar que incluye a los miembros masculinos corren riesgos de sufrir un incremento en la frecuencia y la intensidad de las violencias intrafamiliares. Las jóvenes están expuestas a quedar embarazadas, sea por violación, sea porque están acostumbradas a obedecer mandatos y sus coetáneos las convencen que de tener un hijo/a en territorio mexicano se les va a otorgar de inmediato el derecho a la nacionalidad por ser madres/padres de un ciudadano de nacimiento.

El poder de negociación de las mujeres acompañadas de hombres disminuye ante las crisis e inseguridades del camino. No pueden escapar porque temen perderse de la familia, a la vez que se encuentran en un país donde la violencia contra las mujeres es naturalizada, las denuncias de maltrato de género no reciben atención de las autoridades y, si el núcleo familiar recibe papeles para asilarse, el permiso de trabajo es generalmente dado a los hombres, limitando aún más sus anhelos de independencia.

Subrayar estas especificidades en la condición de las mujeres que viajan solas y de aquellas que lo hacen con hombres, desmiente que los hombres de las familias las “protegen”. Las migrantes que no residen con sus parejas corren menos riesgos de sufrir violencia doméstica, aunque estén expuestas al sexismo, la misoginia, la desigualdad y la violencia como todas las demás mujeres, migrantes o residentes. El feminicidio es la principal amenaza que enfrentan en México, sobre todo en los estados de mayor violencia delincuencial y trata de mujeres. A pesar de ello, el mayor riesgo de agresión física lo sigue constituyendo la pareja.

Mujeres y hombres en tránsito tienen muchas características en común con los 126 millones de mexicanas/os. Entre las personas de Honduras que migran hay garífunas y lencas perseguidos desde el golpe de estado de 2009 por defender sus territorios, de Guatemala muchas y muchos son mayas, así como el 21.5% de las personas en México pertenece a uno de los 68 pueblos originarios (El Economista 2018) cuyos territorios están siendo amenazados por la minería, los megaproyectos hídricos, geotérmicos e industriales, la construcción de autopistas de paga y la sequía que se deriva de la erosión de los suelos por la tala de los bosques, la delincuencia organizada alrededor de la explotación de los recursos naturales y el cambio climático.

Las vías de tren de carga tradicionales han sido dejadas en el abandono, pero la red carretera se ha agrandado y diversificado desde 2004. Los gobiernos neoliberales, desde 1988, han ofrecido impunidad, permitiendo que se multiplicaran, a grupos delincuenciales que utilizan a su conveniencia.

Históricamente, México albergó civilizaciones destruidas por la migración militar española de los siglos XVI-XVIII, cuyos descendientes indígenas y mestizos constituyen la mayoría de la población. Por su gran número de habitantes no ha sido un país de migraciones económicas masivas durante su vida republicana independiente, como Estados Unidos, Argentina o Brasil. Más bien ha dado refugio a comunidades y personas que huían de las más diversas persecuciones políticas, los liberales franceses, alemanes e italianos de principios del siglo XIX, Trotsky y los perseguidos del estalinismo, los perdedores de la Guerra Civil española y, en las décadas de 1970 y 80, a pesar de llevar a cabo una guerra represiva (conocida como “Guerra Sucia”) contra su propia población, a los hombres y mujeres que huían de la represión golpista de Chile, Uruguay y Argentina y de las guerras contra los movimientos de liberación nacional en Centroamérica. Asimismo, a pesar de que desde la época de la Revolución Mexicana se ufane de ser un país mestizo, no deja de tener manifestaciones culturales profundamente racistas, que se explicitan en apreciaciones estéticas sobre las personas. Ser “güero”, es decir, blanco, en México es una condición de belleza, deseada, que abre puertas a la hora de pedir trabajo y en la prestación de servicios públicos. Por ejemplo, puede facilitar la obtención de una visa o una solicitud de asilo.

Amarela Varela Huerta sostiene que México es el territorio más peligroso del mundo para migrantes en tránsito. Cada año entre 200 000 y 430 000 personas lo cruzan con la intención de establecerse en los Estados Unidos. De su paso no existen estadísticas verificables, solo se reporta un flujo promedio de eventos migratorios más o menos constante desde 1995 que redunda en un alto número de desapariciones, secuestros y asesinatos (Varela Huerta 2016)[13].

Un mundo laboral discriminado

El número de personas mexicanas que cada año cruzan la frontera con Estados Unidos va disminuyendo desde 2007, aunque crezca el número de mujeres demandantes de asilo por violencia. Paralelamente, las mujeres que transitan por México constituyen el 22% de los migrantes que lo hacen[14]. Los sistemas de género de sus zonas de origen, con sus normas acerca del deber ser femenino, proveen al capital una mano de obra gratuita o mal pagada. Discriminaciones educativas tradicionales, que tienden a no hacer atractivas para las mujeres las carreras científicas y tecnológicas, las alejan de la competencia para las plazas mejor pagadas en la mutante realidad del capitalismo cognitivo, mientras la insistencia formativa en sus cualidades de cuidadoras las empujan hacia un mundo laboral que las circunscribe al ámbito de los trabajos domésticos y de servicios personales para personas ancianas, niñas y niños, y con alguna condición de discapacidad. ¿Es tan fuerte el mandato que obedecen de proporcionar bienestar a sus familias que logra empujar a decenas de miles de migrantes a cruzar un escenario semejante al de una emboscada sangrienta con apenas el 15-20% de probabilidades de llegar a entrar y residir en Estados Unidos?[15] Seguramente, la obediencia a los diversos sistemas normativos sexo-genéricos produce motivos particulares para el abandono del territorio natal.

Madres mexicanas y centroamericanas me han relatado el doloroso momento en que se separaron de sus hijos, por lo general dejándolos a sus propias madres o hermanas mayores, para intentar alcanzar los Estados Unidos. Su móvil es ofrecer servicios de cuidado a los hijos de otras mujeres, a cambio del dinero con que financiar los estudios de sus vástagos. Gina[16], una madre de 36 años de la zona 4 de Ciudad Guatemala, en 2016 me dijo al cruzar por la Ciudad de México: “Mire, yo quiero que mi cipota estudie como sus dos hermanos. El padre no se lo pagaría, por eso me puse en marcha mientras es pequeña, quiero ahorrar para ella”. Gina está segura de que cualquier título de estudio garantizará a su hija un trabajo mejor pagado que los que ella realiza por no haber terminado la escuela secundaria.

Solidaridades entre mujeres y nudos en las relaciones

Expresiones de identidad-solidaridad de género son frecuentes entre las adolescentes que se han sentido amenazadas por los hombres con poder de sus comunidades de origen: en los últimos cuarenta años, éstos han pasado de ser caciques rurales y miembros de las fuerzas armadas, a ser integrantes de bandas delincuenciales de barrios urbanos (las “maras”). El hartazgo que la presencia de estos hombres provoca se incrementa por las medidas que las madres de las jóvenes implementan para salvaguardar su seguridad. Por lo general, implican una reducida libertad de movimiento, es decir, un mayor control sobre sus cuerpos y sus sexualidades mediante el encierro doméstico y las salidas acompañadas. El deseo de fugarse de la vigilancia materna aparece en los relatos de muchas jóvenes migrantes en un nivel apenas menor que el de ganar dinero y huir del peligro.

Las mujeres mexicanas que se solidarizan con las migrantes en tránsito entienden este fenómeno de regresión de su libertad de movimiento a condiciones anteriores a las vividas por sus madres mucho más que las feministas estadounidenses y canadienses que, a su vez, hacen trabajo solidario de acompañamiento en los centros de acogida de sus países.

Las mexicanas han visto crecer la violencia feminicida en su país desde 1993 y por años han experimentado miedo e impotencia a la hora de exigir seguridad, dignidad y derecho a la integridad y a la libertad. Los homicidios de mujeres se realizan con dolo misógino, de 2015 a la fecha han crecido en un 150% y el uso de armas de fuego es cada vez más frecuentes (Mendoza 2019). En muchas ocasiones la violencia es utilizada con el fin de reproducir y mantener un nivel de subordinación de niñas y mujeres. Opera como una restricción territorial para controlar los movimientos y restringir los espacios de vida de las mujeres. Impone la sumisión como forma de educación de género y se percibe aun en las casas de acogidas de migrantes que se desplazan en familia o en grupos mixtos. Podría decirse que solo las niñas resisten y pelean los espacios de expresión, juego y libertad con los compañeros de edad; con la adolescencia y la aparición de los primeros enamoramientos, la sumisión se consuma. El “amor” se entiende como un comportamiento normado por reglas de posesión, celos y control que los hombres utilizan para garantizarse servicios y favores que les acreditan un estatuto en su sociedad precaria e inestable.

La historia del feminismo mexicano ha reportado relaciones, conflictivas en ocasiones, pero constantes, entre mujeres de diversos sectores sociales. Todas han reaccionado al crecimiento de la violencia en una coordinación de actos que van de la denuncia a las manifestaciones y huelgas de brazos caídos y de consumo. Una nueva ola feminista de masa se ha tomado las calles en 2016, exigiendo “¡Nos Queremos Vivas!” y “¡Ni una Asesinada Más!” Utilizan estrategias colectivas de denuncia y visibilización del acoso, de las prácticas tradicionales de violencia intrafamiliar que ya no hay que silenciar, del derecho al aborto como libertad y control sobre el propio cuerpo. Son mujeres de diversos sectores sociales que elaboran estrategias de autodefensa, se unen a otros movimientos antisistémicos, acompañan y se reconocen en las migrantes y reflexionan sobre cómo su trabajo no remunerado, a la vez que es indispensable para la buena vida en colectivo, ha sido apropiado por el sistema capitalista.

Aun así el encuentro y diálogo entre mujeres migrantes mexicanas, mujeres expulsadas de sus pueblos por el recrudecimiento de la violencia, mujeres migrantes centroamericanas y feministas no es muy común y cotidiano. Se trata de encuentros personales de solidaridad, que fluyen con un cierto grado de comprensión, pero no de una estrategia política.

Del lado estadounidense, la situación se tensa aún más. Muchas feministas de tendencia liberal, radical y, aun, anarquista de Estados Unidos consideran que la escasa libertad de las jóvenes migrantes en sus países de origen se debe a alguna forma tradicional de comportamiento de género y no a la creciente inseguridad de sus calles, propiciada por la impunidad que sus estados ofrecen a los hombres que delinquen contra la integridad de las mujeres. Les cuesta entender a los movimientos colectivos y, a la vez, fragmentados de las mujeres de países donde la pertenencia a los sectores urbanos blanco-mestizos o rurales e indígenas apunta a la discriminación hasta en las expresiones de solidaridad y las tomas de decisiones políticas.

Las mujeres centroamericanas y mexicanas han construido lentamente la idea de que la violencia contra las mujeres no es una tradición cultural, es un crimen. Como tal no tiene justificaciones religiosas ni puede ser aceptada en nombre de la integridad de la familia. No hay dualidad cosmogónica ni complementariedad que justifica un golpe. Esta “deculturalización” de la violencia revela su finalidad, la de someter a las mujeres a la obediencia y el trabajo forzado. Llegar a ella ha sido un lento trabajo de descolonización, ya que implicó separar los mandatos del cristianismo de la tradición ancestral, la ley de las mujeres de la ley del estado. Involucró diversas formas de cuidado entre mujeres, incluyendo la organización comunitaria tradicional de algunos pueblos, la formación de pequeños grupos radicalizados en los barrios urbanos marginales, la interpelación de las leyes y el cuestionamiento del sistema judicial.

El derecho al ejercicio de una sexualidad autónoma atañe la libertad colectiva y personal de las mujeres de los pueblos originarios. Las mayas zapatistas, en diciembre de 1993, reivindicaron nada menos que el derecho de casarse con quien ellas decidieran y solo si lo deseaban[17]. El valor de las lesbianas indígenas y de los hombres homosexuales de las comunidades rurales ha permitido que muchas naciones originarias recuperaran representaciones y prácticas de la homosexualidad que fueron sepultadas por miedo a la represión de origen colonial. Sin embargo, el movimiento feminista blanco euro-estadounidense y de los sectores universitarios latinoamericanos, aún con sus diferencias de acción y pensamiento, está tan profundamente influenciado por el sicoanálisis, el valor predominante del individuo y la economía de mercado que no comprende (o no tiene interés en comprender) las muy amplias reivindicaciones sociales de movimientos de mujeres que buscan su buena vida entre sí y se intersecan, hibridan y confunden. Su exigencia de una maternidad libre y voluntaria, por ejemplo, tiene que ver con el derecho a la integridad, la lucha contra el hambre, por la despenalización del aborto y el derecho a no ser esterilizadas contra su voluntad y la defensa del territorio de pertenencia. Así el reconocimiento del trabajo de las mujeres en las fiestas comunitarias se relaciona con la igualdad con los hombres en la correspondencia del valor de sus demandas, no con las tareas que llevan a cabo.

En 2017, durante un corto viaje a Tegucigalpa, me encontré con una joven de 28 años que acababa de ser madre después de haber sido expulsada, tres años antes, de Estados Unidos. Me dijo que tener una hija en Honduras le provocaba mucha angustia porque la quería libre, pero que para las mujeres de su país el ejercicio de la libertad significaba poner en riesgo de vida. Esa joven madre se había acercado a finales de 2015 al Centro de Estudios de la Mujer (CEM-H) para recibir algún tipo de capacitación. Cuando hablamos, se consideraba feminista; había participado en talleres y quería convertirse en una facilitadora comunitaria en economía feminista para la socialización de las tareas de cuidado. Compartía con otras mujeres que participaban en los talleres del CEM-H que tener centros de cuidados comunitarios en los pueblos y los barrios es de gran utilidad para las mujeres. A diferencia de ellas, sin embargo, no quería ser una heroína como Berta Cáceres[18], porque temía morir y dejar sola a su hija y, sorprendentemente, agregó “en Oakland las gringas no nos entendían”. Cuando le pedí que me explicara qué me quería decir, fue explícita. Había trabajado desde su llegada en un almacén de comestibles de donde le pedían que saliera cada vez que se corría la voz que la policía iba a realizar una redada. Sentía que no tenía ningún derecho y mucha decepción, no había migrado para seguir sintiendo miedo. Un día escuchó en la calle a un grupo de mujeres que identificó como hondureñas, se les acercó y ellas la llevaron a la sede de la organización Mujeres Unidas y Activas (MUA), fundada años antes por migrantes guatemaltecas. Fue unas cuantas veces, aunque casi todas las que ahí se reunían eran trabajadoras domésticas y habían aprendido a negociar sus derechos y salarios con patronas con las que tenían un trato directo. Ella era una trabajadora que nunca había hablado con el dueño de la bodega, habiendo sido empleada por uno de sus subordinados, un hombre mayor cuyo cargo desconocía. Un domingo fue a la sede de MUA; unas estadounidenses llegaron con música y se le acercaron para charlar. Se identificaron como feministas y le hablaron de la libertad de las mujeres. Ella les dijo que de no ser una mujer libre no estaría ahí. Sorprendidas, las estadounidenses empezaron a interrogarla sobre su sexualidad, cosa que ella nunca había relacionado con la libertad, sino con la intimidad. Finalmente, se alejó de ellas y nunca volvió al MUA porque poco después la deportaron.

En Honduras la tasa de feminicidios alcanza las 5.8 mujeres asesinadas cada 100 000[19], que la libertad para una mujer que se dice feminista tenga más que ver con el derecho de expresarse y moverse libremente que con el ejercicio de su sexualidad me parece comprensible. No obstante, para las feministas estadounidenses es cuestionable que una mujer no defina su preferencia sexual porque no le ha prestado atención. Desde mi punto de vista, se trata de una actitud de superioridad moral que raya en una asignación social de los cuerpos de las mujeres migrantes a una subespecie política.

¿Qué sabemos las feministas de las migrantes?

¿Saben las feministas estadounidenses de sectores medios dialogar con las mujeres migrantes? ¿Sabemos hacerlo las feministas blancas solidarias de la Ciudad de México? ¿Qué supervisión y clasificación se impone a los cuerpos específicos de las migrantes a través de una mirada que no reconoce sus gestos políticos, su valentía y el hartazgo que sienten hacia la discriminación?

Las mujeres que se desplazan de manera irregular son mujeres pobres que gastan grandes cantidades de dinero y energías para llegar a negociar el precio de su fuerza laboral. Si para mí, que migré hace 40 años de Italia a México y resido legalmente en el país de adopción, con visa y pasaporte, el viaje de la Ciudad de México a Nueva York cuesta aproximadamente 300 dólares, para una migrante mexicana o centroamericana sin papeles puede significar la erogación de 5000 dólares. El viaje de una migrante es un proyecto colectivo, puesto que, entre otros factores, el dinero se lo han proporcionado decenas de donantes con intereses más o menos explícitos.

Ahí donde la libertad individual es sobrevalorada, la pobreza se convierte en una diferencia culturalmente menospreciada y la comunidad, en un lastre cultural. No obstante, la compleja e irreducible realidad de las migrantes evidencia los entrelazamientos entre sus culturas de origen, con sus concretas normas de género, y sus deseos de liberación que no son iguales a los de quien las mira, juzga y convierte en un estereotipo. La reapropiación de la propia feminidad, como elemento de la sujetivación de mujeres que se rebelan al control de sus cuerpos, pero que venden su fuerza de trabajo para resarcir a la comunidad que le ha financiado un viaje fuera de toda norma, es un proceso político. Como tal debe ser entendido; nadie puede concebir de antemano cómo debe ser libre una mujer.

Malestares, aprendizajes y procesos de liberación

Como feminista, me provocó un malestar físico que unas migrantes guatemaltecas me dijeran que sufrir una o más violaciones al cruzar México “son cosas que nos suceden por mujeres”. Sin embargo, por autoritaria y sabelotodo, no me molestó formular la pregunta acerca de si estaban conscientes del peligro ¡Como si pudieran no estarlo!

Las mujeres que migran saben que entre el 70 y el 80% de ellas han sido o serán violadas por parte de criminales, autoridades y sus propios compañeros de ruta; sin embargo, no manifiestan una preocupación mayor por el riesgo concreto de ser abusadas, enfrentan el hecho cómo pueden y, en ocasiones, para evitar que la violencia se repita. Karla Tinoco, describió en 2017 como Tracy, “una de las 45 mil mujeres centroamericanas que llegan cada año a México sin documentos migratorios”, al final de su recorrido “fue secuestrada por un ejército de narcos en Nuevo Laredo, Tamaulipas, y violada por uno de ellos que además amenazó de matarla si contaba a alguien que había abusado de ella” (Tinoco 2016). Tracy pasó cuatro días de terror durante los cuales hizo acopio de su fe católica y rezó, lo que no impidió que relatara la violencia sufrida y se dedicara a informar a las demás mujeres migrantes sobre los peligros de la vía del tren, cuando llegó a la Casa del Migrante de La Angostura. Posteriormente se puso en contacto con la XIII Caravana de Madres Centroamericanas de 2017 y se expresó contra la criminalización, persecución y desaparición de las mujeres migrantes.

Desde 2018, las mujeres centroamericanas son casi la mitad de los integrantes de las Caravanas que han salido de Honduras, Guatemala y El Salvador desde el mes de octubre de ese año. Son madres que viajan con sus hijos amenazados por la delincuencia y maestras, enfermeras y activistas políticas perseguidas por enfrentar la desestabilización de la democracia. Las indígenas fueron hostigadas por su lucha contra la minería o no pudieron defender su territorio de talamontes, paramilitares o megaproyectos de desarrollo que se realizaron a pesar de no haberse implementado una consulta como las que prevé el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabo OIT[20]. Saben que en México pueden encontrar entre las mujeres relaciones de solidaridad: conocen la historia de Las Patronas, el grupo de voluntarias de la comunidad La Patrona, en Veracruz, que desde 1994 ofrece comida a las y los migrantes; saben de la existencia del Instituto para las Mujeres en la Migración y algunas hasta consideran pedir la ayuda de Marta Sánchez Soler ya que preside el Movimiento Migrante Mesoamericano, conocen los nombres y las direcciones de diversos refugios a lo largo del camino, pero sobre todo confían en la fuerza de su número y la cohesión del grupo. Para ellas, conformar caravanas es una estrategia de autodefensa contra la creciente violencia contra las mujeres en sus países y, a la vez, una estrategia de solidaridad ante la consiguiente feminización de la migración. La mayoría de las mujeres en las caravanas no tiene pareja y viaja con sus hijas e hijos, con amigas y en ocasiones primas y hermanas, a sabiendas de que deben depositar su confianza en ellas y no en los hombres del grupo[21].

¿Todas somos otras? Intentando entendernos entre mujeres

Para terminar diré que las mujeres que he escuchado me han ofrecido pistas para entender por qué migran, pues todas tienen que ver con la relación entre cuerpo, movimiento y vida. Voy a enumerarlas: 1) la violencia delincuencial y política; 2) la crisis ecológica, 3) la diferencia salarial y de condiciones laborales por el mismo trabajo de una región a otra, 4) las guerras que conflagran sin que nadie las declare, 5) las ideologías acerca del valor de los conocimientos, 6) lo criminal que son las tradiciones patriarcales contra las mujeres, 7) la persecución de las sexualidades disidentes de la heteropatriarcalidad, 8) la mercantilización de los cuerpos, los procesos culturales y el entorno por parte de una industria del turismo que explota y desplaza a pueblos enteros (a las garífunas en Honduras se las persigue para que abandonen sus playas ancestrales con el fin de construir zonas vacacionales), 9) la acción de redes delincuenciales contra las poblaciones rurales para el control de zonas de minería clandestina, ganadería, siembras y talas ilegales, tráficos de personas y prácticas antiecológicas como el fracking. Por motivos muy parecidos he escuchado a dirigentes campesinas e indígenas declarar que no se moverían de sus territorios para defenderlos. “No nos moverán” parece ser la consigna de las más politizadas de las hondureñas. Nuevamente, la migración no puede explicarse sin atender los móviles existenciales de cada cuerpo lanzado al desplazamiento.


Notas.

fn1[1] El internet ha provocado, si se me permite dar una definición antropomorfa a una disciplina, una verdadera “crisis de identidad” a la geografía que es una ciencia que, desde Estrabón, describe y transcribe geométricamente la materialidad y realidad del espacio terrestre y lo relaciona con el tiempo para recorrerlo o alcanzarlo. Según el geógrafo francés Alain Musset, la geografía moderna fue kantiana y se sostenía en la idea de un espacio anterior al sujeto, cuyo valor es universal y categórico: “Para realizar su tarea de descripción del mundo ‘tal como es’, los geógrafos clásicos desarrollaron herramientas y métodos con el propósito de cancelar la distancia entre el objeto representado y el destinatario de la información. El geógrafo -y el historiador siguió los mismos derroteros- desempeñaba entonces el papel de un intermediario objetivo que debía limitar a lo máximo su participación en los procesos de interpretación de la realidad, es decir, una distancia intelectual, que combinada con una proximidad física, era el crisol de una cientificidad asumida y pregonada”, en la entrevista que le realiza Andrés Nuñez (2003) para la Revista de Geografía Norte Grande ¿Qué pasa con los cambios que Internet ha producido en la visión del mundo desde finales del siglo XX? Los enlaces rápidos, las conversaciones a distancia en tiempo real, la construcción de un lenguaje digital, no hablado, pero accesible a la comprensión de personas que interactúan en un espacio virtual, han subrayado que toda objetividad de quien observa es relativa, hasta llegar a cuestionar la realidad del espacio y del tiempo.

[2] Cfr. Las notas introductorias y los cinco videos de Franco Farinelli (La tabla; La perspectiva; La globalización; La lógica de la red; y El Globo) que abren la exposición Cartografías Contemporáneas, Caixaforum de Madrid, enero-febrero de 2013 y la entrevista que le hace Lluís Amiguet en La Vanguardia 2012.

[3] Ver la información que arroja Missing Migrant Projet, la base de datos de la Organización Internacional de la Migración, sobre migrantes desaparecidos y muertos en el mundo: https://gmdac.iom.int/missing-migrants-project Particularmente interesantes son los mapas de desaparecidos, que se ponen al día cada 6 meses. Si bien Centroamérica está en el octavo lugar como zonas de incidentes en la migración, los y las centroamericanas son las cuartas víctimas de la misma, ya que los sufren en la frontera entre México y Estados Unidos, la tercera más peligrosa después del Mediterráneo y África del Norte: https://gmdac.iom.int/map-tracking-migrant-deaths-and-disappearances (consultado el 1 de octubre de 2019)

[4] No todos, por supuesto; han habido manifestaciones contra los vigilantes de estas milicias blancas racistas que declaran querer “detener una invasión” y que el “ingreso ilegal” de los migrantes equivale a una guerra. Cfr: Gargallo Celentani 2018.

[5] Cfr. Amnistía Internacional (2017). Desde cuando, en 1993, las madres de Ciudad Juárez han evidenciado y denunciado el fenómeno de odio y violencia extrema contra las mujeres por ser mujeres, en México las defensoras de los derechos humanos de las mujeres han sido perseguidas, asesinadas y han debido buscar asilo en otros países. Si la violencia contra las mujeres y las niñas en México se ha vuelto endémica, las mujeres defensoras de derechos humanos enfrentan un doble riesgo al realizar su trabajo: por defender los derechos humanos y por ser mujeres. A los altos niveles de violencia, que inhiben su participación en la vida pública, se suman los cuestionamientos a la actuación política y social de las mujeres en defensa de su colectividad. El acoso y la difamación pública contra las defensoras suelen ser el inicio de una serie de violencias psicológicas, físicas y sexuales, entre ellas amenazas contra sus hijos e hijas, detenciones arbitrarias, amenazas de muerte y violación, hostigamiento y diversos actos de vigilancia e intimidación. Solo en México, de 2012 a 2017, se han registrado 280 agresiones contra defensoras de derechos humanos, 15 ejecuciones extrajudiciales y al menos cuatro víctimas de desaparición forzada. De las 1.037 personas perseguidas por su trabajo en el campo de los derechos humanos, el 27% fueron mujeres. Las defensoras comunitarias y las ambientalistas son igualmente perseguidas y sufren estigmatización, obstáculos para su participación en los procesos de toma de decisiones, marginación, violencia de género y asesinato por parte de empresas, autoridades gubernamentales, servicios de seguridad privados y, en ocasiones, por parte de integrantes de sus propias familias, comunidades y movimientos sociales.

[6] La migración es un componente esencial en la historia de la humanidad, por lo tanto ha alimentado volúmenes de cuentos, crónicas y relatos. Escribir la historia cotidiana de las personas que transitan por México para alcanzar la frontera con Estados Unidos o para pedir asilo en el país interesa a periodistas y sociólogos, así como a escritoras y escritores que se sienten atraídos por la narración como testimonio y forma de comprensión, como epopeya y como elaboración de intrigas y desenlaces. En 2019, María Isabel Sánchez y Karla Santamaría coordinaron la publicación colectiva y autogestiva de Rostros en la oscuridad: migrantes, con relatos elaborados a partir de testimonios orales de migrantes mexicanos y en tránsito, mujeres y hombres, por 30 estudiantes-escritores.

[7] No cuestiono aquí los términos que usan las monjas, los y las trabajadoras voluntarias y las mujeres acogidas de Cafemín y otras instituciones de apoyo a las mujeres, aunque el término “empoderamiento” para mí remite de inmediato a un perspectiva capitalista, sistémica, patriarcal, de encauzar la fuerza de las mujeres a la búsqueda de un “poder” individual, fácil de manipular desde una lógica del trabajo para el salario y el consumo.

[8] Como en todos los países de tránsito y destino, en México las migrantes no denuncian las violaciones por miedo a ser apresadas por las autoridades y expulsadas. Sin embargo, en la decisión de no denunciar intervienen otros factores como la vergüenza, la rabia y la baja valoración moral que experimenta una mujer violada en ámbitos sociales mixtos. Denunciar una violación durante la migración (no al llegar o regresar a casa) puede quebrar las estrategias de resistencia de la mujer, quitándole tiempo para realizar una “fuga hacia adelante” y haciéndola sentir avergonzada ante los y las compañeras que no se quejan. Muchas migrantes afirman que no quieren “darle demasiada importancia”. Además implica perder un tiempo valioso si no hay una ganancia política en ello. Si no hay un trabajo de sanación entre mujeres, “dejar atrás” la mala experiencia se vuelve una estrategia de sobrevivencia. Cfr. Estado del Arte, investigación “Violencia contra las mujeres en contextos de migración”, San Cristóbal, julio de 2016. Documento de Voces Mesoamericanas Acción con los Pueblos Migrantes A.C. (San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México), del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova A.C. (Tapachula, Chiapas, México), y del Equipo de Estudios Comunitarios de Acción Psicosocial –ECAP– (Guatemala), con el apoyo del International Development Research Centre –IRDC–, de Canadá.

[9] La violencia fronteriza se alimenta del contrabando de armas y de la industria militar, sea cuando esta se beneficia directamente de las ventas para las guerras de fronteras y las guerras de destrucción por expansión de la injerencia de países sobre territorios externos a Europa y Estados Unidos; sea cuando militariza el lugar físico de los confines entre los países receptores de migrantes y los países expulsores después de haber gastado ingentes recursos en demostrar e instalar en las fantasías de la población que ciertos tráficos, como el de drogas y el de personas con cuerpos específicos (no blancos, no ricos) ponen en riesgo la seguridad de los países receptores. La industria o complejo de industrias militar utiliza la xenofobia y aviva los conflictos así como suministra equipos para la represión, fomenta la guerra al narcotráfico, apunta a la existencia de una violencia delincuencial específica al cierre del comercio de ciertos productos (drogas).El ejemplo más evidente de esto es la construcción de Colombia y México como ejemplos de estados represivos y fallidos por la potencia que en ellos han adquiridos narcotraficantes, sicarios, tratantes de personas y paramilitares. Por ello Trump logra sus apoyos al proponer la construcción de muros en la frontera méxico-estadounidense. El 5 de febrero de 2018, Albinson Linares en su artículo para el New York Times relaciona desapariciones, represión policiaca, delincuencia y venta de armas. Para Europa, cfr. Mark Akkerman (2018).

[10] Cfr. https://es.statista.com/estadisticas/600570/porcentaje-de-poblacion-de-estados-unidos--2060-por-raza-y-origen-hispano/

[11] Entre 1821 y 1933, aproximadamente unos 40 millones de europeos abandonaron sus países: más de 34 millones de inmigrantes fueron a Estados Unidos; más de 7 a Argentina y Uruguay ; más de 5 a Canadá; 4 y medio a Brasil ; 3 y medio a Australia y Nueva Zelanda y poco menos de un millón a Cuba. Los irlandeses, los italianos, los judíos polacos, por ser pobres y no protestantes fueron ridiculizados, discriminados y criminalizados en Estados Unidos. Los encerraban como ganado, los revisaban agentes sanitarios que los lavaban a la fuerza y ponían en cuarentena a llegar sus barcos. Se les persiguió por delitos políticos con particular encono, como lo demuestra, entre otras, la historia de los anarquistas Sacco y Vanzetti. Sobre la represión política a los migrantes europeos, cfr. Howard Zinn (2011).

[12] Crucé datos de diversos estudios del Centro Hispánico Pew: “Población inmigrante no autorizada: Tendencias nacionales y estatales, 2010”, 1 de febrero de 2011, pág. 13, disponible en http://www.pewhispanic.org/files/reports/133.pdf ; Taylor, P. y otros, “Unauthorized Immigrants: Length of Residency, Patterns of Parenthood”, diciembre de 2011, disponible en: http://www.pewhispanic.org/files/2011/12/Unauthorized-Characteristics.pdf; “Immigration Rises on Washington’s Agenda, Not the Public’s”, 28 de enero de 2013, disponible en http://www.pewresearch.org/2013/01/28/immigration-rises-on-washingtons-agenda-notthe-publics/ . Más recientes, pero no diferenciados por genéro, los datos y las tendencias de : https://www.pewresearch.org/fact-tank/2019/06/12/5-facts-about-illegal-immigration-in-the-u-s/

[13] No se trata del territorio más mortífero, que sigue siendo el mar Mediterráneo, sino el territorio donde las personas migrantes sufren hoy más atentados que culminan en muerte, desaparición y tráfico.

[14] Se trata de un número aproximado. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en su Informe Anual de Actividades 2018, el 22% de las personas que transitan México con el fin de emigrar a Estados Unidos son mujeres: http://informe.cndh.org.mx/menu.aspx?id=30055. Según el Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI), cerca de 20,000 mujeres cruzan la frontera sur de manera irregular, de las cuales las autoridades mexicanas detienen y repatrian alrededor del 50%, mientras que el resto continúa hacia la frontera con Estados Unidos: http://imumi.org/index.php?option=com_content&view=article&id=20&Itemid=122

[15] El 50-55% de las personas migrantes en tránsito son retenidas por las autoridades migratorias mexicanas; el 25-30% por las autoridades migratorias estadounidenses en la frontera con México; solo el 15-20% logran entrar y residir en Estados Unidos, según Chávez, Berumen y Ramos Martínez (2011).

[16] Nombre ficticio, como todos los que usaré en este texto, a menos que no tenga permiso explícito de usar el nombre completo de la persona interesada. Gina ha llegado a la frontera norte, en Nogales, Sonora, y está a la espera de una visa de trabajo mexicana para luego solicitar una Tarjeta de Cruce Fronterizo para entrar temporalmente a Estados Unidos a buscar una empleadora. Esa tarjeta por lo general es entregada únicamente a personas originarias o residentes en las ciudades fronterizas, es sumamente improbable que una ciudadana guatemalteca la obtenga. Gina se ha esforzado a aprender a hablar con el acento del norte de México, aunque en ocasiones se equivoca y utiliza el “vos” con que los y las centroamericanas se dirigen a una persona de confianza.

[17] “…Séptimo.- Las mujeres tienen derecho a elegir su pareja y a no ser obligadas por la fuerza a contraer matrimonio. Octavo.- Ninguna mujer podrá ser golpeada o maltratada físicamente ni por familiares ni por extraños. Los delitos de intento de violación o violación serán castigados severamente…”. Ley revolucionaria de mujeres, 31 de diciembre de 1993. http://enlacezapatista.ezln.org.mx/1993/12/31/ley-revolucionaria-de-mujeres/ Sobre la construcción social de la sexualidad de las mujeres mayas a partir de sus experiencias y su orden de pensamiento, cfr.: Emma Delfina Chirix García 2008.

[18] Berta Cáceres Flores fue una feminista y activista del medio ambiente, perteneciente al pueblo lenca de Honduras. Cofundó el Concejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) para luchar por los derechos territoriales de los pueblos y ganó el Premio Medioambiental Goldman, el máximo reconocimiento mundial para activistas de medio ambiente. Fue asesinada el 3 de marzo de 2016 por mandato de empresarios de Desarrollo Energético S.A. a la que había impedido la construcción de una hidroeléctrica que afectaba el río Gualcarque, sagrado para las y los lencas.

[19] “CEPAL: Al menos 2.795 mujeres fueron víctimas de feminicidio en 23 países de América Latina y el Caribe en 2017”, 15 de noviembre de 2018, https://www.cepal.org/es/comunicados/cepal-al-menos-2795-mujeres-fueron-victimas-feminicidio-23-paises-america-latina-caribe

[20] Convenio núm. 169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales. Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Edición conmemorativa a los 25 años, OIT. Oficina regional para América Latina y el Caribe, Lima, 2014 https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/---americas/---ro-lima/documents/publication/wcms_345065.pdf El caso de la migración de los integrantes de pueblos indígenas merece un estudio más profundo que el realizable en una ponencia. Las fronteras americanas dividen el territorio de una misma nación entre estados debido a la utilización republicana de las antiguas fronteras entre virreinatos y capitanías coloniales, en ocasiones forzándolas en favor del país más grande. Los pueblos mayas se encuentran así divididos entre Honduras, Guatemala, Belize y México; las comunidades garífunas viven en Honduras, Nicaragua, Guatemala y Belize; la nación mapuche se niega a reconocer la frontera entre Argentina y Chile que pretende dividirla; los pueblos nómadas de la Amazonía se enfrentan a los límites que ponen a su paso entidades llamadas Perú, Ecuador, Brasil, Venezuela, Bolivia o Colombia; hay Quicapús de un lado y otro de México y Estados Unidos; las nacionalidades Awá, Shuar, Wounan, Pasto, Kofan, Siona y Secoya habitan entre Ecuador y Colombia; la Tikuna entre Colombia y Brasil; las Emberá y Kuna entre Colombia y Panamá; las Bribri, Cabécar, Këköldi, Ngobe y Naso entre Panamá y Costa Rica; la Quechua o Kichwa entre Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador y Perú. Estos Pueblos viven una situación de especial vulnerabilidad con respecto a su Derecho al Territorio, dado que los límites político-administrativos de los países no se corresponden con sus territorios ancestrales. Comúnmente se ven afectados por la presencia de militares y conflictos armados. Esta vulnerabilidad demanda la adopción de marcos jurídicos y administrativos específicos y armonizados entre países, que permitan la libre circulación de los pueblos y garanticen sus derechos colectivos. Es necesario que se garantice su derecho a utilizar los recursos naturales tradicionales (alimentarios y medicinales) independientemente de que se encuentren de un lado u otro de los límites administrativos actuales. Sin embargo, en nuestro continente, únicamente Venezuela reconoce los derechos de los Pueblos Indígenas a aquellos que provienen de países vecinos (ya sea por ser transfronterizos o por haber migrado en busca de una mejor situación o huyendo de la violencia desde Brasil, Colombia o Guyana). Tal es el caso de los Inga, Caribe y Makushi, quienes gozan de los mismos derechos que los indígenas que residen dentro de las fronteras del país.

[21] El 7, 8 y 9 de noviembre de 2018 me presenté voluntariamente en el estadio Jesús Martínez “Palillo” de la Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca, en la Ciudad de México, donde habían encontrado refugio más de 5000 migrantes de la inmensa caravana que se había originado el 13 de octubre en San Pedro Sula. El 86% de las personas que llegaron al centro deportivo eran de Honduras, el resto de Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Las niñas y niños eran numerosos y con dos amigas les ofrecimos un taller de cuento infantil. Habían adoptado el uso del origen nacional como apellido (Juan Salvatrucho, Melissa Catracha, Lorena Nica, etc.) y empezaron a elaborar una narración con protagonistas con los mismos apellidos, lo cual les llevaba a inventar cuentos donde todos tenían algún tipo de protagonismo y donde se hacía mucha referencia a las acciones comunes. Reseñaban experiencias físicas del viaje, como el cansancio y la espera. La estrategia de migrar colectivamente estaba permitiendo que, a diferencia de los menores que yo había conocido con anterioridad en albergues, los de la Caravana no se revelaran asustados e identificaran a sus madres como heroínas de una aventura. Casi no hacían referencia a roles de género en sus juegos y dibujos; las niñas interpelaban a los niños con mucha naturalidad. Sin embargo, el grupo se dispersó al tercer día porque sus madres reemprendieron el camino hacia la frontera norte sin permitirnos cerrar ninguna historia.

Referencias
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